Medio Ambiente

Así daña la cocaína al planeta

Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), en 2020, Colombia concentró el 24% de los cultivos de coca a nivel nacional en zonas de reserva forestal y parques naturales, sumando alrededor de 35.000 hectáreas. El daño a los suelos, la desaparición de biodiversidad y el gasto de recursos se incluyen en su lista de impactos más graves.

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05
Jul
2022

La cocaína se ha impuesto como una de las drogas más consumidas de Europa y Estados Unidos en una extensa lista que lidera la marihuana. Abarca enormes extensiones de tierra fértil y miles de millones de euros fluyen en torno a ella: la clave reside en que este principio activo se produce a partir de la hoja de la planta de la coca, de la que predomina el cultivo de una de las 250 especies del género. Además, es la que más se adapta al clima y a los suelos suramericanos. Su consumo, que en origen se remontaba a la masticación de las hojas con un fin ritual entre los pueblos de la cuenca amazónica, ha colonizado el mundo con fines tan lúdicos como peligrosos. 

Sin embargo, más allá del profundo impacto en la salud pública, los efectos de la cocaína sobre el medio ambiente también son serios, aunque pasen desapercibidos. Tanto el procesado del clorhidrato de cocaína, la famosa farlopa, como el cultivo y el cuidado causa serios daños sobre el suelo y, en consecuencia, el entorno, agravando la erosión y disminuyendo la fertilidad de las áreas donde se produce.

El primero de los problemas que surgen en torno al cultivo de la coca es que, como se trata de una sustancia psicotrópica adictiva, implica un evidente negocio. De las más de 250 especies del mismo género, las preferidas por su adaptabilidad son la Erythroxylum coca Lam. y la Erythroxylum novogranatense H. Quizá pueda parecer tan sólo un apunte científico pero la predilección de ambas variedades ya supone un acto de agresión al medio ambiente, como sucede con la mayoría de cultivos humanos: una selección artificial, la nuestra, desplaza al resto de especies de coca, que forman parte de los ecosistemas naturales del área amazónica. Así lo alertan en un informe emitido por la International Drug Policy Consortium (IDPC) de 2018.

El cultivo de la coca implica el uso de pesticidas que afectan a la calidad de aguas superficiales y subterráneas, a la calidad del suelo y a su erosión

A este primer daño de carácter botánico hay que añadirle el carácter masivo en el que se producen los cultivos. Grandes extensiones de tierra, multitud de ellas selváticas, son taladas y adaptadas con productos químicos, maquinaria y trabajo manual para facilitar el cultivo de la planta. Solo en Colombia, país productor de coca por excelencia, según informó la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), 35.000 hectáreas áreas selváticas o incluso pertenecientes a parques naturales están siendo dedicadas a la producción de este estupefaciente. En cuanto a zonas de reserva forestal, estas extensiones suponen un 24% de la totalidad. El mismo organismo es tajante respecto a otros países, como es el caso de Perú, sobre el que denuncia una extensión de cerca de 62.000 hectáreas cultivadas, o las 30.000 que se cuentan en Bolivia.

Su cultivo, además, implica el uso de pesticidas que afectan a la calidad de aguas superficiales y subterráneas, a la calidad del suelo y a su erosión. Por otra parte, la absorción por parte del sustrato de fungicidas y fertilizantes químicos que aseguren la cosecha afecta gravemente a la calidad de la tierra, sin contar con su natural desgaste tras la siembra intensiva, como avisó, en 2004, el Boletín de Ecofondo de Bogotá; aunque cabe puntualizar que el impacto concreto de la coca es mucho más pequeño que el de otros cultivos como el arroz, la caña de azúcar, la papa o la yuca. Sin embargo, los daños podrían agravarse con el uso de fumigaciones aéreas, que aumentarían la contaminación de la vida animal y las poblaciones humanas de la región, incrementando el riesgo de padecer enfermedades mortales en áreas ya de por sí deprimidas económicamente, además de la desaparición de la biodiversidad de la zona.

Por otro lado, el impacto también proviene de los laboratorios in situ para sintetizar el principio activo y generar el producto final: el clorhidrato de cocaína. Para ello se utilizan sustancias químicas peligrosas (un ejemplo muy típico es el de hidrocarburos) y se producen deshechos de las reacciones que se vierten al suelo, a las aguas y a la atmósfera. Pero también hay que sumar el transporte –tanto de las sustancias como de los trabajadores–, que implica alteraciones del medio local, así como el uso generalizado de combustibles fósiles para conseguir este fin.

Incluso la propia lucha contra el narcotráfico pone en riesgo la salud del planeta: se llegó a considerar el uso de armas biológicas para acabar con las plantaciones y los conflictos entre cárteles. Teniendo en cuenta sus posibles consecuencias –agota la fertilidad de las tierras los cultivos y fuerza su rotación–, la destrucción medioambiental está servida.

Poner el cascabel al gato

¿Cómo acabar con el consumo de las drogas? Es una pregunta de múltiples respuestas, algunas de ellas de indiscutible certeza, pero difícil aplicación. Para acabar con la droga deberíamos, en primer lugar, dejar de ser adictos –al menos, en un grado de consumo suficiente como para generar un nicho de negocio más que lucrativo–. La cuestión es si realmente podemos hacerlo.

Desde el lector compulsivo a la persona que necesita tomarse una cerveza diaria (o varias), la que no sabe vivir sin ver a sus amigos o el consumidor habitual de determinadas horas de televisión, el hábito genera la virtud, pero también el defecto. Y casi siempre, la génesis de unas virtudes genera un nuevo contexto donde pueden surgir numerosos defectos a los que nos someteremos.

Casi todos somos adictos en algún grado a algo. Más allá de la mecánica conductual, que es educable, nuestro cerebro mamífero nos invita a la alteración constante de los neurotransmisores implicados en sus procesos. Incluso a la serotonina o a la adrenalina podemos volvernos adictos. O directamente lo somos.

Una propuesta de los países productores de coca consiste en que la explotación de las tierras recaiga en minifundistas, para contribuir al progreso de familias pobres

En conclusión, la erradicación del uso de drogas requiere mesura, racionalidad y un férreo autocontrol, fruto de una conciencia suficiente del problema y de nuestra manera de ser, las necesidades personales y el contexto. Lograr esta conjunción no es fácil. Por tanto, la idea de castigar al consumidor no sería muy adecuada. No, evidentemente, controlar qué consume la población a modo de inhibidor de la experiencia real.

Es importante tener en cuenta que la producción de drogas como la cocaína mueve el suficiente dinero como para representar un reto su control. De nuevo, su erradicación, hoy por hoy, resulta, como poco, inocente si tenemos en cuenta la humana inclinación hacia el consumo de sustancias o servicios que le dispersen de un modo de vida, en muchas ocasiones, alejadas de lo que quiere o, en el peor de los casos, de un modo de vida digno.

Sea como fuere, algunas de las principales propuestas que se barajan en los países productores de coca consisten en que la explotación de las tierras recaiga en manos de minifundistas, de manera que la riqueza generada ayude al progreso de familias campesinas pobres, la reducción por la fuerza de los cultivos y, como clave, evitar su extensión a costa de zonas selváticas. Desde el otro extremo, y en la lucha contra el narcotráfico, se encuentra la concienciación social desde periodos tempranos de la educación básica y la inclusión de adictos que favorezca la reducción de su consumo.

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