Opinión

El sexo como entretenimiento: goces, límites y culpas

La intimidad como espectáculo es capaz de captar la atención completa de la audiencia: ahí tenemos los ejemplos del ‘edredoning’ de ‘Gran Hermano’ o los revolcones en ‘La Isla de las Tentaciones’. Pero ¿qué ocurre cuando lo erótico deja de ser extraño y se somete al escrutinio del público?

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28
Jun
2022
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Pocos temas captan tanto la atención de la audiencia como el sexo por entretenimiento. Prueba de ello son los beneficios que genera la industria pornográfica, pero también en programas de televisión como Gran Hermano (y su famoso edredoning) o los revolcones de La Isla de las Tentaciones. La intimidad como espectáculo airea cualquier misterio: lo erótico deja de ser extraño y se somete al escrutinio del público, mitad excitado, mitad escandalizado.

El sexo por entretenimiento triunfa porque es el tabú autorizado. Pornografía y sexting son dos de sus manifestaciones: ambas expresiones eróticas, establecidas desde la libertad y el consentimiento, son válidas y gozosas. En el caso de la pornografía, independientemente de lo explícita que se muestre, esta conquista al espectador por varios motivos. Principalmente, porque es el escaparate de la transgresión y se ofrece sin esfuerzo. No hay lugar para la fatiga, el compromiso, el engaño o el azar, contingencias que, en cambio, pueden ser frecuentes durante el cortejo o el sexo real. La satisfacción resulta cómoda e inmediata. Tampoco hay que desmerecer la autenticidad de su contenido, pues lo que muestra son comportamientos eróticos no simulados.

Asimismo, cabe resaltar el impacto que dichas imágenes tienen para el propio individuo. El catálogo del sexo por entretenimiento remite a la voluptuosidad, al deseo, al onanismo. Y lo hace en un contexto donde el sujeto se muestra y se relaciona como un voyeur, si bien puede resultar bastante ingenuo defender que quien acude a la representación del placer lo hace exclusivamente por morbo y/o curiosidad. En contra de esta creencia, es importante matizar que la búsqueda de este contenido revela el anhelo del Otro. La pornografía no es una extensión del individualismo sino una expresión categórica del vínculo con los otros. Toda erótica es un diálogo y como tal, integra una relación de interdependencia y de reconocimiento recíproco.

A su vez, el interés por la vida sexual de los otros se rodea de expectativas, fantasías y comparaciones. ¿Y si la obligación última del sexo por entretenimiento fuera no solamente liberar una pulsión, sino que el sujeto fuera consciente de su propia biografía sexual, de su particular guion erótico? Esta es una pregunta compleja que ahonda en la función social que a día de hoy –y pese a sus detractores– puede tener el porno: más allá del deleite visual, la gente acude a él para saber quién es cómo ser sexuado, cómo agente de deseo.

«El castigo por la promiscuidad percibida se manifiesta en una serie de ataques personales, ridiculizaciones y desprecios por la actividad o preferencias eróticas de la víctima»

Algo similar ocurre con el sexting. Aunque es una práctica muy popular en las relaciones entre adultos, no todas las personas que lo practican obedecen a las mismas motivaciones. En general, quienes recurren a este comportamiento erótico lo hacen para mostrarse sexies, iniciar el contacto sexual, llamar la atención o para explorar nuevas formas de placer en un entorno seguro, ya sea en soledad o con la complicidad de una pareja.

En el sexting también interviene la voluptuosidad, el deseo y el onanismo, pero desde un plano más restrictivo y selectivo. Elegimos lo que mostramos y a qué público nos dirigimos. El pudor se deshace en los límites de la privacidad, atendiendo a una audiencia concreta y excluyendo, por tanto, otras miradas. Hay un patrimonio erótico que proteger. Por su parte, el sujeto presenta un papel más activo, erigiéndose como su particular pornógrafo.

A pesar de que la pornografía y el sexting son prácticas que gozan de gran popularidad entre la población adulta, persiste una percepción negativa sobre las personas que tienen estas preferencias eróticas. Personalmente, considero que parte de esa reacción social se relaciona con la promiscuidad percibida. Tradicionalmente, la promiscuidad se ha presentado como una desviación erótica, especialmente en el caso de las mujeres ( hablamos teoría del doble rasero sexual). La censura sigue operando en un mundo aparentemente liberado: la actividad y preferencia erótica de las personas continúa reglamentándose, ya no solo como una forma control social sino como un ejercicio de condescendencia y superioridad moral.

Posiblemente, esto resulta más evidente cuando, como resultado de una práctica de sexting no coercitiva, una persona acaba siendo víctima de la pornovenganza. El castigo por la promiscuidad percibida se manifiesta en una serie de ataques personales, ridiculizaciones y desprecios por la actividad o preferencias eróticas de la víctima. La penalización de la expresión sexual, la cual se basa en una defensa del sexo convencional, expone a la víctima como culpable, no reconocimiento su autonomía erótica y su derecho a la exploración.

Al respecto, conviene entender que, en la pornovenganza, la culpabilización de la víctima se fundamenta en dos aspectos. Primero, como el efecto de una desconexión moral, pues se justifica una acción como positiva cuando sabemos realmente que está mal: atribuir la responsabilidad del delito a la víctima o visualizar/distribuir el material cuando sabemos que se ha publicado sin consentimiento («No te puedes fiar de nadie», «Para evitar cualquier filtración o hackeo, lo debería haber borrado y no haber mantenido esas imágenes en su teléfono», «Si no quería que los demás lo vieran, que no se hubiera grabado», etc).

«La responsabilidad, la vergüenza y la desconfianza deben recaer en quien buscar explotar y no en quien ha sido explotado»

Segundo, como parte de un sesgo cognitivo, hablamos del error de atribución fundamental. Se trata de la tendencia que tienen los observadores de sobreestimar las características personales y motivaciones de la víctima y subestimar los factores situacionales y externos que impulsan el comportamiento delictivo. De modo que, cuando ocurre la pornovenganza, no es de extrañar que muchos testigos del delito culpabilicen a la víctima en lugar de focalizar la responsabilidad en quien comete el acto delictivo («No tenía permiso para hacer eso», «Ha vulnerado la intimidad de una persona», etc).

En tiempos donde la relación entre sexualidad y tecnología continúa siendo objeto de sospechas, urge recordar que el marco de lo apropiado, ético y razonable debe sustentarse en la libertad y el consentimiento, y no en la evaluación de los riesgos y una percepción normativa de la sexualidad. Por tanto, la responsabilidad, la vergüenza y la desconfianza deben recaer en quien buscar explotar y no en quien ha sido explotado.

Por ende, el problema nunca puede ser la exploración de la propia sexualidad, sino el consumo y la viralización de imágenes sin consentimiento, que supone un acto injusto e indigno. En la defensa de las relaciones sanas, positivas y responsables, todos deberíamos entender que aunque no seamos nosotros víctimas de la pornovenganza, tenemos razones más que suficientes para defender que nadie debería padecerla. 

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