Ucrania

Rusia, la misión de un solo hombre

La guerra en Ucrania es el punto de partida de un nuevo orden mundial del que Rusia quiere trazar el primer boceto. Por ello conviene comprender las ideas, percepciones y sentimientos que impulsan la misión que Vladímir Putin ha diseñado para su país.

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Carla Lucena
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23
May
2022
Rusia

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Carla Lucena

Ningún país tiene asignada una misión en el mundo. Tampoco las religiones, las ideologías ni, mucho menos, los individuos. El tiempo de las cruzadas, de los mesías y de los imperios pertenece a un pasado tenebroso y violento que hoy deberíamos recordar cada mañana al abrir los ojos.

La misión legítima de un Estado es interior y consiste en proporcionar seguridad y prosperidad a sus ciudadanos sirviéndose lo mejor que pueda de los recursos con los que cuenta. Hacia el exterior, la misión es lograr que el entorno no obstaculice el progreso nacional ni desestabilice la convivencia interna, lo que se consigue en gran medida a través de la confianza y la cooperación con los vecinos en un orden internacional estable que asegure la paz.

Los enunciados anteriores, uno tras otro, exponen con intencionada simplicidad el punto de partida de unas líneas que pretenden indagar en la pregunta formulada por Ethic en su invitación a escribir: ¿cuál es la misión de Rusia en el mundo? La respuesta lleva de forma automática a un terreno firme, de la mano de indicadores como extensión, demografía, PIB, comercio, recursos naturales, presupuesto de defensa, presencia internacional, tecnología o nivel educativo. Pero sería un atajo y, sobre todo, una respuesta incompleta, ya que la pregunta se asienta en un terreno resbaladizo como la historia, el sistema político, la identidad o incluso los mitos y la psicología, tanto del pueblo ruso (si es que existe algo parecido a una psique colectiva) como de quien la dirige desde 2000: Vladímir Putin.

Es indudable que la misión de Rusia está hoy diseñada por su presidente y entenderla exige combinar lo factual con algo mucho más inasible. De hecho, el historiador estadounidense y experto en Europa central y oriental Timothy Snyder cree que la racionalidad occidental ha sido un obstáculo a la hora de entender las ideas de Putin y, por tanto, no hemos sabido anticipar el curso de Rusia. Según Snyder, «a Putin no le importan las cosas que creemos que deberían importarle a la gente. No le importa la economía rusa quizá ni siquiera la supervivencia del Estado ruso. Le importan otras cosas. Se preocupa por cómo va a ser recordado después de su muerte, por la imagen de una Rusia eterna».

Antes de adentrarse en la oscuridad metafísica del proyecto de Putin para Rusia conviene armarse de la racionalidad de los datos. Un vistazo a algunos de ellos permite concluir que Rusia es un país en declive económico y social desde hace más de una década. Con una economía sostenida en las energías fósiles y la industria de armamento, el PIB ruso en 2020 (1,4 billones de dólares) era casi la mitad del de 2013 (2,2 billones), según datos del Banco Mundial. En ese periodo, la renta per cápita se redujo un 37%. Esa debacle económica es consecuencia de las sanciones impuestas tras la anexión de Crimea en 2014 y el impacto de la pandemia en 2020. Pero ni siquiera en tiempos de altos precios del petróleo y el gas Rusia ha sido capaz de introducir elementos innovadores en su economía. En 2021, el 45% de los ingresos nacionales procedía del petróleo y el gas. El Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo prevé que la guerra de Ucrania y las sanciones contraigan el PIB ruso un 10%. Y eso sin contar con una interrupción de las exportaciones energéticas.

«Para Rusia y China, el sistema internacional es una anomalía histórica, un paréntesis que están dispuestas a cerrar»

Junto con la incapacidad de Rusia para modernizar su economía, quizá el dato más aciago del país sea su demografía, en caída constante desde 1993, pese a un leve repunte entre 2013 y 2015. La revista The Lancet advertía en 2020 que Rusia podría perder un 30% de sus 144 millones de habitantes a lo largo de este siglo. Solo el año pasado, la población rusa se redujo un 0,5% a causa de la pandemia. Aunque las cifras oficiales de muertes por la covid-19 son de 360.000, un estudio del Financial Times sobre el exceso de muertes respecto al periodo 2015-2019 eleva la cifra de fallecidos durante la pandemia a 1,2 millones, una de las más altas del mundo.

A una baja tasa de fertilidad y una esperanza de vida similar a la de algunos países pobres, se une la emigración constante de población joven y con un alto nivel de formación. Desde que Rusia invadió Ucrania, han abandonado el país más de 70.000 trabajadores del sector tecnológico. El colapso económico y el impacto social de la guerra entre los jóvenes no harán más que empeorar las cifras que constatan el declive ruso.

No obstante, ninguno de los datos anteriores es capaz de traspasar el caparazón del nacionalismo militarista de Putin. Con la oposición encarcelada y la sociedad civil reprimida y desmantelada, el presidente ha ido construyendo un proyecto nacional revisionista y agresivo, con un discurso cada vez más dogmático donde los mitos de la madre Rusia se mezclan con el resentimiento hacia un Occidente decadente.

El profesor de historia de Ucrania y especialista en la Unión Soviética en la Universidad de Harvard Serhii Plokhy señala que, para Putin, Rusia representa los verdaderos valores europeos conservadores. La idea de esencia está en el centro de lo que podría denominarse la doctrina Putin, desgranada en escritos tan perturbadores como el publicado en julio de 2021, Histórica unidad de rusos y ucranianos, disponible en la página web del Kremlin y donde se anticipaba la invasión de Ucrania.

Rusia, como cualquier otra gran potencia, ha desplegado a lo largo de su historia un sentido de misión fundamentado en la creencia de su excepcionalidad. El mismo carácter excepcional dirigió en el pasado al Imperio español, el otomano o el británico, también a China y, de manera clara y reciente, a Estados Unidos. Cabe recordar que la recién fallecida Madeleine Albright, secretaria de Estado con Bill Clinton durante los años del conocido como «momento unipolar», ha pasado a la historia como la forjadora del concepto de «nación indispensable», según el cual Estados Unidos es el único garante de la seguridad global y la libertad. Aunque de una manera diferente, también la Unión Europea se ha revestido de una misión: la de la democracia, el Estado de derecho, la integración y el multilateralismo.

Aceptar que los Estados se sostienen tanto en condicionantes materiales como en ideas, valores y propósitos, sean estos los que sean, es por tanto imprescindible para entender lo que está pasando en este instante en el territorio concreto de Ucrania y, más ampliamente, en Europa, en Occidente y en la totalidad del sistema internacional. Por ello, es preciso preguntarse por la visión que Rusia tiene tanto de sí misma como del mundo y asumir que esa visión será por tiempo indefinido la de Putin y que tendrá consecuencias sobre nosotros.

«Junto con la incapacidad de Rusia para modernizar su economía, quizá el dato más aciago del país sea su demografía, en caída constante desde 1993»

El 24 de febrero de 2022 se constató la sospecha de que Rusia lleva a cabo una misión gestada durante décadas y encaminada a la recuperación de un territorio y una hegemonía perdidas. El carácter revisionista de la misión que Putin ha asignado a Rusia en el siglo XXI supone un choque frontal con el mundo posmoderno que representa fenómenos como la construcción de la Unión Europea, el derecho internacional o la globalización. Ciertamente, este revisionismo del orden internacional no viene solo de Rusia; también China está decidida a cambiarlo y a ocupar el papel central que cree que le corresponde, empezando por su hegemonía en Asia. Tanto para Rusia como para China, el sistema internacional actual no es más que una anomalía histórica, un paréntesis que están dispuestas a cerrar.

De forma inesperada, ha sido Moscú quien lo ha cerrado violentamente con la invasión de Ucrania. Pese a la acumulación de tropas rusas en las fronteras ucranianas desde el verano de 2021, la amenaza de Rusia parecía secundaria respecto a lo que suponía China, entendida como el verdadero desafío a la estabilidad económica y política global. Ahora es previsible que el denominado sueño de China se vea afectado por la evolución de la guerra en Ucrania y, sobre todo, por la respuesta occidental, con independencia de que Putin probablemente llegará solo hasta donde le permitan Xi Jinping y la salvaguarda de los intereses chinos.

En algún momento se verán las limitaciones de la «amistad sin límites» entre Pekín y Moscú. Sobre todo porque la racionalidad de la misión de China contrasta profundamente con el comportamiento de Rusia. Ni el análisis apegado a la realpolitik ni la geopolítica tradicional ni la estrategia militar, desplegados hoy en artículos, debates y redes sociales, son capaces de explicar los verdaderos propósitos de la operación en Ucrania o el papel que Putin quiere para Rusia en el sistema internacional. Para el investigador del Centro Carnegie de Moscú Andrei Kolesnikov, «el historicismo del putinismo, con su enfoque ideológico del pasado y el blanqueo de las páginas más oscuras de la historia del país, solo conoce héroes, no víctimas. Como resultado, el culto a la victoria de Rusia en la Segunda Guerra Mundial se ha convertido no en una lección para evitar la guerra, sino en un culto a la propia guerra».

A la racionalidad heladora del famoso discurso de Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007, le siguieron con lógica aplastante la guerra de Georgia en 2008 y la anexión de Crimea y la guerra en el Donbás en 2014. Desde entonces, Putin ha ido incorporando a su doctrina crecientes dosis de mesianismo, al tiempo que su política interior se hacía más totalitaria y su política exterior se desplegaba más allá del espacio exsoviético, en Oriente Próximo, en África y en América Latina.

Todos, empezando por el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, sabemos que esta guerra es el punto de partida de un nuevo orden internacional y que Rusia quiere trazar el primer boceto. Necesitamos por ello comprender las ideas, percepciones y sentimientos que impulsan la misión de la Rusia de Putin, así como los instrumentos económicos, políticos y militares en los que se apoya un país que será por largo tiempo un vecino peligroso para Europa y un actor con poder desestabilizador en todo el mundo.


Áurea Moltó es directora de ‘Política Exterior’.

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