Educación

Harvard, la universidad que nació antes que Estados Unidos

Fundada en 1636 con apenas nueve alumnos, la Universidad de Harvard ha conseguido formar a 161 premios Nobel y es, en la actualidad, una de las ocho universidades de la prestigiosa ‘Ivy League’. Repasamos la historia de una academia que refleja la evolución del acceso al conocimiento en los últimos 400 años.

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08
Abr
2022
Harvard

Casualmente o no, la Universidad de Harvard, considerada por diversos rankings como la mejor del mundo, también se sitúa en cabeza dentro de la clasificación presupuestaria: 39.000 millones de dólares se gastaron en 2021 para algo más de 35.000 estudiantes. La revista Forbes la sitúa también la primera en la lista de las universidades que cuentan con más egresados actualmente multimillonarios. No es la única cifra: hasta 161 de sus egresados universitarios han ganado el Premio Nobel. Por sus aulas han pasado presidentes de los Estados Unidos, como Franklin D. Roosevelt, grandes empresarios como Bill Gates y toda clase de humanistas, entre los que se encuentran figuras tan dispares como T.S. Eliot o Henry David Thoreau.

Aunque fundada el 8 de septiembre de 1636 con el nombre de New College en el municipio de Cambridge, en el actual estado de Massachusetts, la universidad sería rebautizada posteriormente el 13 de marzo de 1639 en honor a John L. Harvard, su primer gran benefactor. Harvard no era ningún intelectual: era un sacerdote inglés puritano que murió sin descendencia, legando a la institución su escasa fortuna y una biblioteca –considerable para la época– de 400 volúmenes; hoy, la biblioteca ha crecido: cuenta con más de 18.900 volúmenes y una plantilla de más de 900 personas. El predicador, en realidad, era un hombre modesto que nunca había tenido la oportunidad de estudiar. Paradójicamente, su nombre ha acabado asociado casi cuatro siglos después a una de las universidades más prestigiosas del mundo.

Pero su historia no fue siempre brillante. Durante el siglo XVII, de hecho, la actividad en la universidad no era precisamente boyante: acababan de nacer las colonias británicas en América del Norte y el centro solo pudo acoger en su primer curso a apenas 9 alumnos. Harvard se ubicaba entonces en la periferia del conocimiento de la época, pero contaba con una ventaja ya que la mayor parte de los líderes de la colonia en Massachusetts habían estudiado en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, otorgando el mismo nombre a la ciudad que fundaron.

Hasta 1708, Harvard no tuvo un primer presidente que no fuera, al mismo tiempo, un sacerdote

El currículum de Harvard, por tanto, estaba diseñado para enseñar a pocos alumnos, pero con unas cualidades comparables al de Inglaterra, con los conocimientos científicos más avanzados para el momento –enriquecidos, además, por los descubrimientos que se hacían en el Nuevo Mundo– y un profundo estudio de la literatura. En un principio, la universidad estuvo salpicada, sin embargo, del fanatismo religioso propio de los puritanos que llegaban de Europa. Hasta 1708, así, Harvard no tuvo un primer presidente que no fuera, al mismo tiempo, un sacerdote.

La universidad nace casi un siglo y medio antes de que Estados Unidos logre la independencia de Inglaterra como un pequeño país compuesto por 13 colonias fundadas por fanáticos religiosos cuyos descendientes quieren pagar menos impuestos al rey Jorge. El despegue del país fue también el despegue de sus universidades, o viceversa, y mientras la futura potencia se expandió hacia el oeste, Harvard creció. En 1869, el centro cambia su historia para siempre gracias a Charles William Eliot, el hombre que más tiempo ha sido presidente de Harvard –nada menos que 40 años, hasta 1909–.

Eliot desvincula el currículum académico de la religión –quizás su mayor aportación– y reforma el sistema de enseñanza de la universidad, regenerándola de cara a la recuperación de todo el país tras la Guerra de Secesión (1861-1865) en la que la victoria del norte garantiza un humanismo inédito hasta entonces en Estados Unidos y una apuesta firme por la ciencia y la industrialización. Al mismo tiempo se marca un objetivo: formar a los líderes políticos del futuro. En ese momento, Harvard ya es la universidad más prestigiosa de su país. A principios del siglo XX, del mundo entero.

En 1825, los estudiantes de Harvard decidieron amotinarse tras la subida del precio de las matrículas de 20 a 25 dólares

Por el camino aparecieron sus hermanas pequeñas, las otras siete universidades de lo que hoy todavía conocemos como la Ivy League: Yale (1701), Pennsylvania (1740), Princeton (1746), Columbia (1754), Brown (1764), Darmouth (1796) y Cornell (1865). El nombre les viene por las competiciones deportivas que organizan entre ellas –que por cierto, C.W. Eliot odiaba–, pero se ha convertido en sinónimo de excelencia académica… y económica. 

Se calcula que el gasto total por estudiante, contando matrícula –51.900 dólares, aproximadamente–, gastos de manutención, seguro médico, transportes, etc., ronda 85.000 dólares, unos 77.400 euros. Por curso. Algo irónico si pensamos que en 1825 hubo un motín de alumnos porque la matrícula subió de 20 a 25 dólares, por muy de la época que fuesen. Aunque existe un sistema de becas que selecciona minuciosamente a los candidatos, sigue sin ser una cifra al alcance de cualquiera. Tampoco es raro: el presupuesto anual de Harvard es como el de la mitad de la universidades de España, todas juntas

A lo largo del siglo XX la historia de Harvard fue la de Estados Unidos, y los debates de sus años 20, hace ahora 100 años, nos resultarían vergonzosos, con el presidente Abbot L. Lowell prohibiendo que los estudiantes de raza negra compartiesen dormitorio con los blancos y tratando de limitar el número de matriculados judíos a un 15% del total. En los años 40, el presidente James B. Conant, que posteriormente sería embajador en Alemania Occidental en plena Guerra Fría, forzó cambios al obligar al equipo de lacrosse a admitir un jugador negro u ordenar un informe sobre el acceso a la educación superior de las clases medias bajas, defendiendo el conocimiento académico como un derecho de la ciudadanía y no como un privilegio de los ricos. En 1945 se admitió por primera vez a mujeres en la carrera de Medicina, formalizando poco a poco la ‘hermandad’ de Harvard con el Radcliffe College, la universidad femenina vecina dentro de Cambridge que, a efectos prácticos, funciona como una escuela preparatoria de la propia Harvard desde 1971 y con la se fusionó en 1999.

Como todo en nuestra época, y más en su país, Harvard también es un icono de la cultura popular, retratado en numerosas ficciones y documentales. Es el escenario de La red social, de David Fincher, la película de 2010 que cuenta la creación del imperio de Mark Zuckerberg precisamente desde sus aulas, pero también de las novelas de William Faulkner, que fue estudiante allí en los años 20 y 30 o el argumento de la serie Las chicas Gilmore -–en este caso, por comparación con Yale, donde la familia protagonista ha estudiado tradicionalmente, en un conflicto difícil de captar por el espectador no estadounidense–.

Desde las colonias en la época de las guerras de religión en Europa hasta la creación de las modernas redes sociales, la Universidad de Harvard refleja en gran parte la evolución de la idea de excelencia académica y de acceso al conocimiento en los últimos 400 años. Un concepto que ha pasado de servir para combatir el feudalismo y la superstición a servir a una élite determinada (blanca y protestante en su caso) y, desde allí, a volverse popular. Y, como siempre fue su objetivo, universal. 

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