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Ciudades sin rostro: ¿por qué todos los edificios empiezan a ser iguales?

Más de 10 millones de viviendas deberán rehabilitarse en España durante los próximos años. Pero hay un problema que todavía necesita ser resuelto: ¿cómo podemos reformarlas sin crear, accidentalmente, ciudades siniestramente iguales?

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22
Abr
2022
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Igual que las muescas en el tronco de un árbol, los edificios también son capaces de contar la historia de un lugar. Irónicamente, hay ciudades cuyo testimonio parece grotescamente evidente, como ocurre en las urbes rusas: hoy, desde lejos, el viejo paisaje moscovita se asemeja al de esqueleto. Los colosales edificios de apartamentos, agrupados hasta formar notables colonias, alcanzan en muchos puntos el mismo color desvaído que el de los restos de un cadáver. «Las colonias de edificios prefabricados no son una simple particularidad urbanística, sino la materialización de una forma de vida específica en la que crecieron varias generaciones», detalla Karl Schlögel en El siglo soviético. No es para menos: en 1991, el 75% del volumen de hogares construidos estaba conformado por la vivienda prefabricada; lo que es lo mismo, 170 millones de personas ocupaban espacios de esta clase.

«La nueva concepción de la arquitectura que surge a comienzos del siglo XX va más allá de la estética de los edificios. Actualmente seguimos beneficiándonos de aspectos como el hecho de que podamos prefabricar partes del edificio o que la fachada pierda su carácter estructural; es decir, que esta se pueda’‘vestir y desvestir’», explica Luis Aguirre, director del estudio de arquitectura AQSO. No obstante, añade que «cuando una solución tecnológica o un producto industrial funciona, su uso se generaliza, creando una sensación de uniformidad en el paisaje urbano». Un peligro que hoy, de hecho, puede materializarse especialmente a través de una forma extraña: la rehabilitación energética.

Actualmente, casi la mitad del parque inmobiliario en España es anterior a la década de 1980, años en los que la normativa no obligaba a la instalación de aislamiento térmico en las viviendas (lo que perjudica, por ejemplo, a la retención energética de la calefacción y hace de los edificios principales emisores de dióxido de carbono). Según reconoce el Gobierno a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, más del 81% de los edificios existentes se sitúan al fondo de la clasificación en términos de eficiencia en emisiones –en cuanto al consumo, la cifra aumenta hasta un 84,5%–. Los cálculos son contundentes: alrededor de 10 millones de viviendas necesitarán tarde o temprano una reforma energética adecuada, como indica el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, que pretende reducir el consumo de energía en un 36,6% respecto al nivel actual.

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Un edificio energéticamente rehabilitado con paneles.

Hasta el momento, el uso de paneles colocados en el exterior del edificio parece conquistar nuestras ciudades. No solo es el método más rápido, sino también –al menos, por el momento– el más barato, lo que le convierte en «el método más utilizado», según Aguirre. Es fácil avistar esta clase de construcciones: como gigantescos cubos de Rubik, estos edificios se alzan recubiertos de placas de distintos colores sobrios y apagados. Bajo esta segunda piel, la estructura original permanece prácticamente intacta. Y las fachadas, aunque en ocasiones pasen desapercibidas, son esenciales. «Las fachadas son la presentación del yo ante los demás, así como de la propia comunidad en el caso de los edificios de apartamentos. Funcionan como la ropa: forma parte de las estrategias que tenemos para presentar la imagen más deseable de nosotros mismos», explica José Antonio Corraliza, catedrático de Psicología Ambiental en la Universidad Autónoma de Madrid.

Tal como defiende el arquitecto, «el entorno en el que vivimos tiene una influencia sobre nuestro bienestar físico y psicológico»; es decir que, queramos o no, condiciona nuestro día a día. «La forma es tan importante como la función de un edificio, por lo que la arquitectura tiene que ser bella, ya que es el espacio donde desarrollamos gran parte de nuestras vidas. Por extensión, la ciudad debe serlo también, aunque esto suponga un reto más complejo que la concepción de un edificio», explica. Y añade: «Los edificios condicionan la vida de sus usuarios porque su calidad se traduce en bienestar para los que están dentro, de la misma forma que el aspecto exterior genera una emoción determinada en los que lo ven desde fuera. Hablar de la personalidad de un edificio es admitir que tiene rasgos únicos, que no genera indiferencia, lo que habitualmente asegura su conservación».

¿Ordenar el caos?

Los edificios cuyas fachadas se destinan a la rehabilitación energética se enfrentan a un problema añadido que va más allá de lo puramente estético: suelen ser aquellos más austeros, lo que implica que, habitualmente, en su interior acojan a las personas con las rentas más bajas. «Por lo general, los edificios construidos hasta el siglo XIX tenían fachadas autoportantes con gran inercia térmica. Una rehabilitación así, en cambio, puede ser más idónea para edificios de los años sesenta y setenta construidos con estructura de hormigón y con fachadas de ladrillo», defiende el director de AQSO. La pregunta es: si gran parte de los edificios en cuestión corresponden a esta etapa, ¿corren nuestras ciudades el peligro de ser uniformadas?

«La ciudad italiana de Siena hace ya varios siglos cuidaba las fachadas de los negocios como una manera de crear y mantener un patrón identitario. Las fachadas otorgan también una identidad al lugar, y esto es muy importante: promueve la identificación de los pobladores con el núcleo urbano y genera un proceso de patrimonialización afectiva que los psicólogos llamamos apropiación», defiende Corraliza. «No es solo un ornamento, es parte de la necesidad de una persona».

Corraliza: «Las fachadas son la presentación del ‘yo’ ante los demás, así como de la propia comunidad»

Así, el paisaje urbano vive en completa y constante tensión: lucha contra las pulsaciones de uniformidad y diversidad, que conforman dos de las grandes vías de motivación humana. La belleza estética, esgrime Corraliza, se alcanza cuando mantiene «un nivel intermedio» entre ambos. No es lo que ocurre en España, donde el profesor destaca «el descuido en que durante mucho tiempo han caído las ciudades».

Aunque este no es un suceso ligado exclusivamente a las rehabilitaciones energéticas. También tiene lugar con el fenómeno que se ha dado en llamar la tematización de las ciudades: núcleos urbanos que, sean cuales sean, se reforman prácticamente de la misma manera, dividiendo la ciudad en patrones genéricos. Un fenómeno en el que también participan actos urbanísticos que pueden parecer inocuos, como ocurre al usar un edificio para colocar carteles publicitarios.

Solo en ciertas situaciones parece ser positiva la uniformización a la que hoy se enfrentan los centros urbanos. Es el caso de algunos pueblos andaluces, que viven bajo la obligación de mantener sus casas pintadas de blanco. En este caso, la uniformidad escapa a la opresión estética: causa una identificación particular, una referencia que se siente como propia, entre los habitantes del lugar y sus construcciones; es decir, se convierte en una referencia de orden social. Lo mismo ocurre con algunos lugares en los que las viviendas se abigarran entre colores estridentes, como es posible observar en el barrio bonaerense de Caminito.

El peligro de uniformar las ciudades crece poco a poco. Los centros urbanos muestran la cuestión con la nitidez suficiente: se convierten en parques temáticos dedicados al ocio, especialmente al nocturno. Pero el mayor potencial aguarda tras las 10 millones de viviendas que, según el Ministerio, necesitan sumarse a las rehabilitaciones energéticas. Hay que sumar también las llamadas ‘molestias visuales’ que pueden producir los elementos como las placas solares al no disolverse de forma natural en el entorno. Un problema que subraya Corraliza, al recordar que «hemos hecho verdaderos esperpentos buscando exclusivamente la funcionalidad». El edificio, tal como recalca el docente, debe estar «conectado, no aislado en la trama urbana». Y lanza una advertencia: «Lo extremadamente similar puede acabar desconfigurando tu sentido de identidad».

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