Siglo XXI

Carebots, ¿la última frontera del cuidado?

En el año 2050, aproximadamente uno de cada tres españoles tendrá más de 65 años, lo que triplicará la tasa de dependencia y exigirá una mayor inversión económica (y de medios) en un terreno ya debilitado como la atención social. Sin embargo, la automatización de la salud se presenta como un salvavidas: podría ahorrar más de 140.000 millones de euros a la industria sanitaria mundial.

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Yvonne Redín
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26
Abr
2022
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Yvonne Redín

Igual que las raíces de un árbol, casi todos los hitos tecnológicos, por dispares que puedan parecer, terminan convergiendo sus avances en un mismo tronco. En 1984, Apple lo demostró de forma temprana cuando, con el lanzamiento del ordenador Macintosh, llamó a crear un nuevo universo capaz de romper con las viejas ataduras analógicas y motivar una nueva revolución tecnológica. El relato esgrimido por la compañía era evidente: su producto marcaría un antes y un después en nuestras vidas. Poco a poco, siguen apareciendo nuevos aparatos tecnológicos que prometen maravillas –algunos tan terrenales como el roomba– a la hora de hacernos nuestro día a día más sencillo. La frontera del mercado no deja de crecer, expandiéndose sin límites. Ahora, el terreno dispuesto para la próxima colonización tecnológica ya es evidente: los cuidados (y los llamados carebots). 

Las proyecciones poblacionales avalan esta hipotética incursión: en 2050, aproximadamente el 30% de la población española contará con más de 65 años, lo que triplicará la tasa de dependencia, haciendo que existan dos personas de la tercera edad por cada tres personas activas. ¿Cómo se sostiene un sistema sanitario y social donde la presión es cada vez mayor? «El envejecimiento poblacional de los próximos años hace que la necesidad de cuidados aumente de manera evidente. Los cambios en los estilos de vida, así como el hecho de tener una menor población joven, dificultan la implicación que tenemos para dar los cuidados necesarios», explica Hui Chen, fundadora del grupo de gerontotecnología en la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG).

Ante esta necesidad, muchos miran ya, de nuevo, hacia las bondades de las nuevas tecnologías y los conocidos como carebots, «dispositivos tecnológicos empleados en el cuidado tanto de forma directa como indirecta», lo que incluye desde sistemas robóticos capaces de trasladar a una persona de la cama a la silla hasta tareas como transportar materiales sanitarios a una enfermería. Más allá de la espectacularidad que reviste la robótica, lo cierto es que dentro de los carebots también se incluyen avances más discretos e igualmente esenciales. Es el caso de los programas digitales guiados por la inteligencia artificial y las pequeñas herramientas wearable –que se pueden ‘vestir’, al igual que las pulseras inteligentes– como las que ofrecen compañías como CarePredict, que cuantifican aspectos tan dispares como la calidad del sueño, el nivel de higiene o la correcta alimentación.

La compañía, que ha rehusado responder a cualquier pregunta, defiende «saber que [las personas] están bien» mediante la predicción algorítmica. Pero ¿podría sustituir a una persona? Como sugiere Chen, aquí hay un cierto límite: no deberíamos llegar a «considerarlos sustitutos», ya que eso podría borrar lo que entendemos como cuidar y las responsabilidades que conlleva: «El contacto humano es una parte vital de la atención a las personas. Tecnificar los cuidados, sí; deshumanizarlos, no».

Los riesgos están latentes. Algunos expertos ya alertan de las posibilidades nefastas a las que puede llevar esta última expansión tecnológica. Es la posición del filósofo Éric Sadin en La era del individuo tirano, donde señala que la predicción algorítmica comienza a acercarse al punto en que las máquinas puedan leer las necesidades de las personas antes incluso de que estas den sus primeras señales; o lo que es lo mismo: nos enfrentan, de este modo, a la «muerte del deseo».

Un lucro ¿saludable?

Las grandes compañías tecnológicas son conscientes de las posibilidades económicas que subyacen bajo la salud y la ética del cuidado. El último reloj inteligente de Apple, una de las pocas compañías capaces de marcar tendencia en el mercado, es una muestra de ello: mide el oxígeno en sangre, comprueba las pulsaciones y defiende ser capaz de poder hacer «un electro en cualquier momento». Y la apuesta crece. «En general, las big tech dependen de seguir creciendo. Si no, tarde o temprano empezarán a encogerse. En este sentido, los datos relativos a la salud son datos sobre nuestros cuerpos que pueden usarse para todo tipo de fines: desde el marketing hasta el diseño de productos», señala Carissa Véliz, profesora en el Instituto para la Ética en Inteligencia Artificial de la Universidad de Oxford. «No está clara nuestra justificación para dar este salto tecnológico. Durante la pandemia se utilizaron cientos de algoritmos para intentar diagnosticar y tratar el covid-19, pero algunos estudios sugieren que en muchos casos estas herramientas no solo fueron inútiles, sino dañinas».

Véliz: «Debemos ser un poco escépticos cuando se proponen soluciones tecnológicas a problemas fundamentalmente sociales y políticos»

Sin embargo, el debate de los robots y la privacidad en el ámbito de la salud lleva sobrevolando los cielos del continente europeo desde que los carebots llegaran a la sanidad pública inglesa en 2018, cuando el  Sistema Nacional de Salud británico (NHS) se situó en el punto de mira a causa de un informe elaborado por Ara Darzi, antiguo ministro de salud, que afirmaba que estos dispositivos transformarían la sanidad y el cuidado del futuro. No solo por lo evidente, sino porque también supondrían un respiro a las carcas del Estado: la automación sanitaria, afirmaba por entonces el antiguo político, podría ahorrar hasta un 10% del coste anual del sistema. Ahora, informes como el de la consultora Frost & Sullivan, por ejemplo, afirman que la inteligencia artificial y la computación cognitiva pueden ahorrar 150.000 millones de dólares a la industria de la salud, y según los cálculos, el mercado global de la inteligencia artificial en la salud habrá crecido casi un 50% entre 2017 y 2023.

El androide ‘Robear’.

Pero si el argumento es económico, ¿corremos el riesgo de que se erosionen las bases del bienestar público? Es una posibilidad, y así lo remarca Véliz al señalar que «debemos ser un poco escépticos cuando se proponen soluciones tecnológicas a problemas que son fundamentalmente sociales y políticos». «Me preocupa la posibilidad de que los robots se conviertan en un estándar inferior que se les ofrezca a las personas de bajos recursos mientras el cuidado humano se reserva para los privilegiados», añade.

De hecho, ¿hasta qué punto es factible que el sistema sanitario se automatice mientras, al mismo tiempo, un movimiento ciudadano liderado por personas de la tercera edad reclama no sustituir a la plantilla de las sucursales bancarias por meras cajas automáticas? ¿Y si los carebots, en lugar de garantizar un mejor cuidado, incrementan la brecha digital?

Mateescu: «Puede ser beneficioso, pero muchas de estas tecnologías no se centran más en rebajar costes que en el propio cuidado»

«La robótica puede ser beneficiosa, pero no se hace cargo de problemas que están más relacionados con los contextos institucionales que con las limitaciones tecnológicas». defiende Alexandra Mateescu, investigadora en la organización sin ánimo de lucro Data & Society. Podemos observarlo en el caso del androide Robear, diseñado específicamente hace varios años para los cuidados y cuya popularidad, a pesar de su aspecto intencionalmente afable, no parece haber llegado muy lejos. La respuesta podría estar, precisamente, en que su eficacia es engañosa. «Muchas de estas tecnologías no se centran realmente en el cuidado, si no en rebajar los costes de trabajo o en encargar el cuidado a los familiares en lugar de a los sistemas sociales de bienestar», sostiene Mateescu.

La investigadora es contundente: nunca se podrá alcanzar el aspecto «relacional» del cuidado. Lo mismo ocurre con la empatía y los valores humanos que, aunque podrían ser imitados con bastante realismo por estos robots, también plantean dudas. ¿Cómo diferenciarán las personas con demencia, por ejemplo, a un compañero artificial de un ser humano?

A pesar de estos planteamientos, el mercado de los carebots no parará de crecer hasta dentro de 20 años. «[Los carebots] no pueden ser sustitutos de los cuidadores humanos, pero sí podrían ayudar a los ancianos a mantener un cierto nivel de independencia», sugiere una de las múltiples aproximaciones sobre la industria. No obstante, incluso en esos casos la tecnología ha presentado múltiples problemas: la propia compañía CarePredict ha experimentado los errores de su producto a través de lo que parecen inconscientes prejuicios raciales pues, cuando lanzó su producto en Japón, la empresa descubrió que su tecnología no había sido «diseñada» para cuantificar la correcta alimentación mediante el uso de palillos, cuyo ritmo de uso difiere al del tenedor. Prejuicios que no solo desmontan el objetivo del proyecto, si no que lo ponen en peligro: ¿se pueden recibir, con confianza, notificaciones vitales emitidas por una tecnología aparentemente proclive al fallo? El futuro, en todo caso, no está escrito. «Hay que trabajar por construir la sociedad en la que nos gustaría vivir, pero también en la que nos gustaría que vivieran nuestros seres queridos», concluye Véliz.

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