Ucrania

Un peón en el juego: otras vidas en la guerra en Ucrania

Ante el imparable tsunami de noticias y análisis geopolíticos sobre la invasión rusa tendemos a olvidar que, donde parece que hay un estratégico ajedrez con sus peones y alfiles, en realidad cada ficha tiene un rostro. Y, sobre todo, una historia. Esta es la de una pareja del Donbás que, por pura casualidad, abandonó Ucrania horas antes del primer día de su invasión.

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10
Mar
2022
Ucrania

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Desde aquel 24 de febrero, momento en el que Putin ordenó de manera definitiva el avance militar hacia la invasión de Ucrania, la guerra que ya ha dejado varios centenares de civiles y miles de soldados muertos, además de dos millones de refugiados ucranianos, no ha dejado descansar a los titulares de todos los medios de comunicación. En Occidente, inevitablemente hemos acabado familiarizándonos con múltiples noticias sobre la que podría llegar a convertirse en la III Guerra Mundial, en particular, las referentes al alza casi vertical de los precios de la energía para el continente europeo, las que narran la tragedia humanitaria o el éxodo de mujeres y niños que huyen en antiguos trenes soviéticos hacinados hacia la frontera con Polonia.

Mientras que El fin de la historia de Francis Fukuyama nos hacía soñar con con un futuro de avances técnicos inimaginables, la realidad trae con ella una guerra (casi) a la antigua usanza. En el mundo que habitamos, sin fronteras gracias a la globalización, los motivos últimos que mueven al ser humano son similares a los de hace varios siglos. Y es que la historia de la Europa eslava es un constante cruce de límites y de guerras transfronterizas desde hace más de diez siglos, pero ahora estamos ante un nuevo movimiento. Ante la gran cantidad de análisis geopolíticos que se emiten a diario sobre la realidad en Ucrania, tendemos a obviar las cifras y olvidar que, donde parece que hay un ajedrez con sus peones y alfiles, en realidad toda ficha tiene un rostro. Y, sobre todo, una historia. Esta es una de ellas.

Aleksndr y Maryia –nombres ficticios para proteger su identidad– rondan los cincuenta años. Viven donde nacieron y se casaron a los 20 años, en la cuenca del Donetesk, una de las zonas de la región del Donbás que Rusia reconoció como independiente y cuya población se encuentra entre la más prorrusa de todo el país. Tienen una hija y un hijo, Anna e Iván (también nombres ficticios), que viven en el extranjero.

Ella, la mayor, se mudó pronto a Bratislava (Eslovaquia) debido al ambiente opresivo que le rodeaba en Ucrania, nada prolífico para una mujer que quiera sacarse una carrera. Ahora tiene 26 años y desde hace más de un año vive en Madrid, donde trabaja en remoto con distintas empresas de toda Europa como informática. Por otro lado, su hermano Ivan vive en Bratislava, donde fue a estudiar siguiendo la estela de Anna. Los países como Eslovaquia, Eslovenia o República Checa son un lugar afín y tranquilo para los ucranianos que buscan el amparo de la Unión Europea sin recibir un bofetón cultural demasiado occidental.

La semana anterior a aquel 24 de febrero, Anna le contaba con ilusión a su compañera de piso que sus padres vendrían a verla la semana siguiente por primera vez desde que se mudó a Madrid. Quería enseñarles la ciudad. Primero irían unos días al sur, a Málaga, y luego dedicarían todo el tiempo al turismo madrileño.

El mensaje de que Zelenski ha conseguido la unión del pueblo es cierto, pero también sesgado: no todos los ucranianos quieren arriesgar su vida por la patria

La madrugada del ‘día cero’, Aleksndr y Maryia están a punto de coger el avión cuando escuchan que Rusia ha ordenado el ataque contra las regiones del Donbás. Ellos están a miles de kilómetros de ese peligro, pero no los suyos. Cuando llegan a Madrid, en lugar de encaminarse hacia las playas andaluzas, se encuentran sentados en el sofá de casa de su hija con la expresión desencajada. Miran fijamente al teléfono y escrutan las últimas actualizaciones de las noticias, incapaces de articular ni una palabra. No saben qué pensar, qué hacer. El shock es profundo. Se van al hotel para pensar con tranquilidad. También tienen miedo de hablar, por muchos motivos.

El primero y más evidente, el impacto desolador de la guerra. Sienten que se han librado de ella gracias a algún tipo de milagro que les sacó del país a menos de 48 horas de que se hiciera imposible coger ningún avión, momento en el que su realidad (como la de miles de ucranianos) hubiese cambiado para siempre. En segundo lugar, sienten que los medios de comunicación no están recogiendo adecuadamente el sentir del pueblo ucraniano. «No es tan sencillo de explicar», dicen. Por ejemplo, el mensaje de que Volodímir Zelenski es un símbolo de heroísmo nacional que ha conseguido galvanizar a los ucranianos en el exterior, que viajan desde todas las partes de Europa para sumarse a la defensa de su país es cierto; pero también un relato sesgado: no todos los ucranianos quieren arriesgar su vida por su patria.

Poco después de la invasión rusa, el Gobierno ucraniano puso en funcionamiento de urgencia su maquinaria legislativa para aprobar de forma inmediata una Ley Marcial que impidiera a todo hombre de entre 18 y 60 años abandonar el país. Aunque no se obligue a nadie a empuñar un arma, sí pone a gran parte de la población entre la espada y la pared. Las mujeres y los niños abandonan la zona de conflicto dejando solos a sus padres, parejas e hijos. Civiles que pronto tendrán que decidir si aceptan cargar y disparar una de las armas que se están enviando por primera vea desde la Unión Europea. Parece ser que algunas de las más efectivas son lanzagranadas C90 que ha enviado España.

Anna costeará la vida de sus padres en Bratislava; ya ha encontrado un nuevo trabajo para los fines de semana

Pero más allá de las noticias, en el mundo real no todo el mundo quiere ser un héroe. Es el caso de Aleksndr e Ivan, que no se plantean abandonar la seguridad europea por volver y combatir. Han escapado por muy poco de una situación que, dicen, podría haberlos matado. Saben por lo que están pasando sus familiares allí para poder escapar a alguna de las zonas estables del país. De hecho, esta familia ha pasado los últimos días dividiendo su tiempo entre las noticias sobre la guerra y la búsqueda de uno nuevo (y temporal) hogar. Miran a Bratislava, donde para un ciudadano ucraniano adquirir la nacionalidad o un permiso de residencia es más sencillo que en España. Y el coste, mucho más barato.

Por el momento, Aleksndr y Maryia se han quedado sin ingresos porque la guerra se ha llevado también su modo de vida. Aleksndr era profesor de ciencias en un instituto que ahora luce abandonado tras haber servido como línea de defensa en la huida hacia el oeste. Anna costeará la vida de sus padres en Bratislava; ya ha encontrado un nuevo trabajo para los fines de semana.

Las consecuencias de la guerra, de momento, no solo se miden en lo colectivo. Los mensajes sobre la unidad del pueblo ucraniano son útiles, pero algo inexactos: la historia de cada familia es única en un país marcado por la división que probablemente viva una diáspora de las zonas al este en los próximos años. La vida nunca será igual para centenares de miles de personas, tanto los que siguen dentro de las fronteras para defender el país como los que han huido a cualquier lugar.  No solo para las que siguen dentro de las fronteras de su país para defenderlo -y quizá reconstruirlo- hasta el ultimo aliento. También para las que han huido a cualquier lugar lo antes posible. Lo más lejos del conflicto posible.

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