Opinión

Consejos para mentir (y ganar elecciones)

Mientras la desinformación nos impide reconfigurar la vida democrática, nuestra cultura se ve emponzoñada cada vez más por los nocivos efectos de la mentira. ¿Qué visión de sí misma podrá tener nuestra comunidad en el futuro?

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18
Feb
2022
desinformación
Richard Nixon, 37º presidente de Estados Unidos, se vio obligado a dimitir tras el escándalo ‘Watergate’.

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«Miénteme como siempre», canta Luis Miguel, como si en lugar de un amante despechado se tratara de un ciudadano escuchando una rueda de prensa. Después de muchos artículos, análisis académicos y comedias como No mires arriba, parece que hemos alcanzado un consenso sobre lo nocivo que son para la democracia el engaño y la desinformación. Tanta atención a este fenómeno confirma, además, que somos conscientes de ser engañados todo el tiempo. Este desengaño, sin embargo, provoca un problema aún mayor para reconfigurar la vida democrática.

En el ámbito discursivo hace décadas que se dejó de hablar de «verdad» para reflexionar sobre el «efecto de sentido verdad» o el «hacer parecer verdad». Como observó Greimas, «el concepto de verdad se sustituye, cada vez más, por el de eficacia». El lingüista ruso lo llamó «contrato de veridicción»: un acuerdo tácito, con un equilibrio más o menos estable, entre el enunciador y el destinatario. En este punto, para que se dé ese efecto de verdad es clave la adhesión, el auténtico objetivo de la forma discursiva que busca parecer verdad; también en política.

En el estado actual de nuestras fatigadas sociedades democráticas es posible apuntar cuatro operaciones para alcanzar dicha adhesión al discurso político, por muy mentiroso que sea. Fórmulas que son muy útiles para quien desee ganar unas elecciones o gobernar disparando falsedades sin límite.

Según John Berger, «la publicidad habla en futuro, si bien la consecución de este futuro se aplaza de forma indefinida»

La primera consiste en acertar con el branding: lo más oportuno es desarrollar una marca-proyecto para la campaña. Este posicionamiento de marketing destaca más por la originalidad del discurso que por su profundidad: propone una nueva representación del individuo, es divertido y sabe jugar en el terreno de la sensualidad y del cuerpo. Sus funciones pasan por sorprender, excitar los sentidos, seducir y emocionar para buscar una adhesión inconscientes. A diferencia de las marcas-misión, con un proyecto social y humanista, este es un proyecto individual, privado, asociado a una búsqueda personal para dar sentido al mundo. Se diferencia nítidamente del cuadrante que Semprini denomina «de la información». Es decir, donde se ubican la racionalidad, el arraigo a la realidad, la distancia crítica y el espíritu práctico. Lo importante de este posicionamiento de marca-proyecto, por tanto, es que quienes se vayan a adherir a dicha narrativa no lo harán buscando promesas realistas, medidas concretas o resultados tangibles: los recursos discursivos nunca chocarán con la realidad. Recordemos que John Berger afirmó que «la publicidad habla en futuro y, sin embargo, la consecución de este futuro se aplaza de forma indefinida». Así, el líder que elija esta estrategia seguirá siendo creíble porque no se le juzgará por el cumplimiento real de sus promesas, «sino por la correspondencia entre sus fantasías y las del espectador».

La segunda opción pasa por la ignorancia, fingida o no. Es el momento de citar a Hannah Arendt –aunque no estemos inmersos en un sistema totalitario– porque, salvando la distancias, hay mecanismos psicológicos que se replican ante el problema de la mentira. En concreto, se advierten dos posibilidades: por un lado, el ciudadano o militante ingenuo que cree la propaganda con candidez; y por otro, quien se considera parte de una élite porque no tiene el deber de creer, sino que admira con superioridad el engaño como una muestra de fuerza o inteligencia de su líder. Para Arendt, la propaganda del movimiento totalitario servía para emancipar al pensamiento de la experiencia y de la realidad. El ideal era conseguir personas que no distinguieran ya entre realidad y ficción. Sin llegar a esa perfección, esta segunda receta permite el uso de otra valiosa herramienta como es la agenda setting: la selección, discriminación y ordenamiento de temas en la esfera pública ejerce una función esencial; incidir en el establecimiento de la agenda permite dificultar la operación de discernir qué es significativo y a qué dedicarle tiempo para pensar. A ello se suman la pérdida de jerarquías y la sucesión infinita del flujo informativo, que posibilitan que todavía se distinga la realidad de la ficción, pero no lo relevante de lo accesorio, lo importante de lo urgente, lo grave de lo espectacular.

La tercera operación en busca de adhesión se basa en la política como identidad. Según creía Alessandro Pizzorno, la virtud específica de la política es la de vincular: la acción política moviliza, constituye nuevas identidades y vincula a los individuos. En palabras del sociólogo italiano, la e identificación «consiste en producir símbolos que sirven a los miembros de una colectividad dada para reconocerse como tales, comunicarse su solidaridad y acordar la acción colectiva». Es más, la identidad colectiva política «no recoge simplemente intereses sociales preexistentes, sino que los selecciona, los informa, los inventa, los ignora». En democracia, las nuevas identidades colectivas, que pueden formarse y transformarse en libertad, establecen en buena medida el marco de la competencia electoral, y por ahora ninguna identidad está dispuesta a aceptar el debate sobre cuánta verdad encierra.

El populismo consta de figuras que se prestan a encarnar la visión que tiene la colectividad de sí misma en cuanto comunidad

Se propone, por último, el método de la representación política proyectada en una figura que encarne la visión de la colectividad. Populismo, sí, pero genuino: el tipo de populismo al que votaría Laclau. Personalidades inscritas aquí que, como describe Eric Landowsky, se prestan a encarnar la visión que tiene la colectividad de sí misma en cuanto comunidad inscrita en el mundo presente (y heredera, a la vez, de una historia que asumen). A diferencia de la política juzgada en términos racionalistas, aquí prima la carga simbólica y emocional.

Pero mostrar una apariencia de verdad, al igual que toda manipulación, exige esfuerzo. Una característica notable de los actuales discursos falsos, sin embargo, es que estos ya no se toman esa molestia. Pueden ser notoriamente falsos, sin preocuparse por presentar un buen contrato de veridicción. La razón de esto radica precisamente en las posibilidades que ofrecen las comentadas operaciones de adhesión. No importa la veracidad si se vota por una fantasía, se abraza la ingenuidad militante y el cinismo elitista, se aprietan la filas de una identidad o se vive la emocionante experiencia inmersiva de un liderazgo populista.

La vida democrática afronta el reto de recrearse con una ciudadanía que no solo padece estrategias para ser engañada, sino que es consciente de serlo. Regresando a la lógica de Greimas, no es que el discurso político haya pasado de ser visto como verdadero a ser considerado falso por el nuevo contexto cultural de la sociedad: es nuestra cultura la que está siendo definida por el hecho de vivir entre desinformación y discursos recibidos como mentirosos. El problema se ha desbordado y todavía no conocemos qué pasiones se desatarán. ¿Resignación, rabia o perseverancia para transformar esta realidad? Probablemente, tan solo aquellos que no desfallezcan podrán disfrutar de las verdades del futuro.

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