Medio Ambiente

La reivindicación de la agricultura a través de la ética

El sector agrícola está atrapado en las polémicas vinculadas a la transición energética y económica. ¿Cómo hacer frente a los retos de la sostenibilidad en una sociedad neoliberal repleta de desigualdades?

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25
Ene
2022
agricultura

Aunque estaba pensada para reducirla, una de las consecuencias de estos terribles 40 años de globalización ha sido la desigualdad. Esta se revela especialmente en las acusadas diferencias de calidad de vida entre personas, pero también en los dispares beneficios existentes entre los distintos ámbitos de una economía sustentada en los principios neoliberales del crecimiento ilimitado: estos valores, auspiciados por estrategias y políticas que favorecen una suerte de «violencia económica», perjudican particularmente a los sectores más desfavorecidos de la población. Salvo excepciones –siempre específicas y un tanto sorprendentes, como en el caso del agua o los cereales– la agricultura ha estado habitualmente alejada de las estrategias neoliberales de una economía extractiva y especulativa. Pero con la llegada de las preocupaciones ambientales y modulada por la perspectiva verde, la agricultura ha extendido sus potencialidades al campo de los biocombustibles y al terreno de la economía circular.

Hoy, a causa de la pandemia de covid-19 y al igual que ocurrió con otras crisis alimentarias, el sector agropecuario ha mantenido –y hasta expandido– su condición de esencialidad: una cualidad que no parece ser reconocida y correspondida convenientemente por el conjunto de la sociedad.

Los valores neoliberales perjudican particularmente a los sectores más desfavorecidos de la población

Entre los muchos problemas que acucian históricamente a este sector –y que se han acrecentado en esta etapa posterior a la «nueva normalidad»– se encuentran el aumento de la inflación, el crecimiento de los costes energéticos en Occidente y la presión de la distribución, que paga precios bajos y utiliza algunos alimentos imprescindibles como el pan o la leche a modo de productos-reclamo, vendiéndolos por debajo del coste de producción. Una vez más, estos trabajadores esenciales han decidido levantar la voz para ser oídos, causando un aumento de protestas en algunos actores del sector primario (agricultores, ganaderos y cazadores) que han concurrido a una concentración en la capital de España.

La historia reciente de los sectores agropecuario y agroalimentario no ha transcurrido de modo sencillo, sino que ha estado sujeta a numeras fluctuaciones de conflicto entre intereses y emociones, configurando un entorno de indudable complejidad que se puede resumir del siguiente modo:

  • Confrontación entre la producción, con la implicación de profesiones características del sector primario como la agricultura, la ganadería y la pesca, y la distribución, con la intervención de determinados actores del sector servicios como comercios, mercados y grandes superficies, mucho más habituados a las reglas y estrategias del credo neoliberal. Se viene insistiendo sobre las enormes diferencias en las ganancias en términos de dinero como único valor determinante entre ambos ámbitos y sectores correspondientes, existiendo diferencias a este respecto incluso dentro de los integrantes del campo de la distribución dependiendo del lugar en el que se asientan, del espacio donde circulan y de las dimensiones con las que operan. Una cuestión que transluce una cierta contradicción o paradoja y que puede plantearse en términos de dilema.
  • Este dilema, que se inició en los tiempos de la revolución industrial con la migración desde el campo a las ciudades, ha evolucionado a un trilema, porque existen diferencias en calidad de vida (salud y salarios), oportunidades de desarrollo (derivadas de las desigualdades, por ejemplo, en el acceso a servicios digitales y bancarios), e incluso en términos de adaptación al modo en que se afronta la pandemia. Y estas diferencias llegan hasta el punto de no poder dirimir fácilmente en la actualidad cuáles son los beneficios para las personas urbanitas frente a quienes viven en pueblos, añadiendo dificultad de decisión a esta sociedad de incertidumbres y miedos en la que vivimos.
  • Todo este terreno preñado de contradicciones y confrontaciones ve aumentar la dificultad en la toma de decisiones hasta convertirse en plurilema cuando se analiza el trinomio producción, transformación (con la intervención de la industria agroalimentaria con toda su panoplia de dinámicas y dimensiones) y distribución.

 

Por último, en tanto que consumidores, afrontamos un laberinto al tener que dirimir nuestras opciones en un mar de patologías de la comunicación que sufrimos bajo la presión de la economía de la atención impuesta por las estrategias de agentes de intermediación –como las redes sociales y los medios de comunicación– que conforman un sistema de destrucción de nuestra autonomía como modelo de negocio. Es necesario mencionar el importante papel que están jugando los representantes de una nueva profesión, los nutricionistas, algunos de los cuales cuentan con notable influencia mediática.

¿Qué hacer para socorrer al sector agroalimentario?

Con todas las precauciones y modestias que el reto impone, nos atrevemos a proponer una plataforma en forma de prisma asentada en los pilares de las éticas; pensamos que es el momento de esta apuesta.

Las éticas aplicadas deben implantarse como códigos que nos permitan interactuar en entornos de atención, respeto y cuidados mutuos

La complejidad y multidimensionalidad de muchos de los problemas que acechan a la sociedad actual no permite respuestas basadas en la apelación a grandes principios y reglas abstractas. Por el contrario, invoca el recurso a las éticas aplicadas: si bien han de tener ambición macro para hacer frente a los retos universales a los que se enfrenta la especie humana y el planeta que habita (señalamos aquí el concepto de ética cosmopolita desarrollado por Adela Cortina), estas deben pensarse no solo en términos de códigos deontológicos y de ética pública, sino también en cuanto códigos que nos permitan interactuar en entornos de atención, respeto y cuidados mutuos, superando los corporativismos y los intereses sectoriales ajenos al conjunto del tejido local y global.

El sector agropecuario ha saltado a la primera plana de la actualidad con motivo de la controversia a raíz del equilibrio entre las explotaciones ganaderas intensivas y extensivas y sus respectivas ventajas y desventajas. La actividad de los distintos subsectores del sector primario –no solo el agrícola y el ganadero, sino también el pesquero y el silvicultor– se enfrenta a la perentoria necesidad de contribuir a la sostenibilidad en la explotación de los recursos naturales del planeta en paralelo a la reducción de los residuos derivados de esta. Y ello a través de una transición hacia un modelo extensivo que, en adecuado equilibrio con unas explotaciones intensivas más sostenibles y ecológicas, garantice el suministro de bienes de acuerdo con los requerimientos de una población que, a su vez, debe acompañar al sector primario mediante el cambio hacia un modelo de consumo más sostenible. Mención aparte merecen la minería y la extracción petrolífera, no siempre consideradas como parte del sector primario: las consideraciones de sostenibilidad aquí estipuladas también les son atribuibles.

Los trabajadores del sector agropecuario obtendrían sustanciales mejoras y beneficios promoviendo la cooperación (siempre deseada, reivindicada y pretendida) y la integración tanto bajo el prisma del lugar de trabajo como en los sectores donde se incluyan sus producciones. Por su parte, quienes operan en el campo de la distribución han de tener en cuenta los principios y valores que configuren los códigos deontológicos y de buenas prácticas. En primer lugar, asumiendo que su libertad de actuación termina donde se choca con la libertad y los derechos del resto de actores que intervienen en los procesos que conforman la cadena. En segundo lugar, apostando por y preciándose del uso de las éticas weberianas de responsabilidad y convicción, acomodándose a la propuesta de Hans Jonas de modular el poder de la tecnociencia y aproximándose a la teoría de la justicia social de John Rawls.

Finalmente, al poder político le cabe la función y el deber de legislar para evaluar y regular tales conductas, promoviendo su implantación y ejercicio adecuados a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). En lo que atañe a las relaciones entre consumidores y agentes de intermediación, hay que acudir a las fuentes más serias y reconocibles como expertas, asumiendo que la condición de experto no se alcanza ni por los likes en redes sociales ni por la venta de consejos y libros que no estén contrastados y evaluados tanto por la inteligencia colectiva como por los jurados pertinentes.


Jesús Rey Rocha es investigador en el departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad del Instituto de Filosofía (IFS) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), así como miembro de la Junta Directiva de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC).

Víctor Ladero es científico titular del Instituto de Productos Lácteos de Asturias (IPLA) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y socio fundacional de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC).

Emilio Muñoz es profesor emérito vinculado al Instituto de Filosofía del CSIC, así como presidente del Consejo Consultivo de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC).

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