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Microfinanzas o cómo reconstruir las comunidades locales

Dos emprendedores cuentan cómo gracias a su carácter incansable y un microcrédito superaron las adversidades y convirtieron sus sueños en negocios prósperos.

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Valeria Cafagna
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Dinero y esfuerzo.

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Valeria Cafagna

Perdió el miedo y aprendió a remar contra la corriente. Supo ver que lo que parecía un desastre de muy difícil solución no era más que una oportunidad y el inicio de una historia de superación. Un día la vida la puso en un cruce de caminos en el que la única opción viable era luchar por ella misma y no para alguien más: en pocas palabras, hacerse empresaria y montar con su madre Flamencura Ordóñez, su propia marca de alta costura especializada en trajes de flamenca. Lo hizo gracias a uno de los  microcréditos de MicroBank, el banco social de CaixaBank, y su historia es la siguiente.

En 2017 falleció su padre, y la familia de Yasmina González (Sevilla, 1997) pasó noches difíciles. Su madre, para mantener la casa en pie, comenzó a trabajar como costurera. Mientras tanto, Yasmina seguía con sus estudios de enfermería. «Mi casa se hundió con lo de mi padre», cuenta esta sevillana que, pese a los vendavales de la vida, imprime una voz de alegría y lucha en su voz. «Básicamente, Flamencura nació de la necesidad», suelta.

González: «Le dije a mi madre que ya era suficiente, que ella no tenía porque soportar eso y que de ahora en adelante trabajaríamos las dos juntas para un mismo proyecto»

La persona para la que trabajaba su madre no le dio el trato que merecía: rehusó a pagar por su trabajo, entre otras cosas. Ante eso, Yasmina dijo basta. No consintió la falta de respeto, y mucho menos que se aprovecharan de ellas en una situación tan económicamente vulnerable. Fue entonces que esta joven (ahora) emprendedora decidió dar el paso de su vida e ir a por sus sueños. «Le dije a mi madre que ya era suficiente, que ella no tenía porque soportar eso y que de ahora en adelante trabajaríamos las dos juntas para un mismo proyecto», cuenta orgullosa.

Abandonó sus estudios y consiguió un trabajo como teleoperadora. Para muchas personas eso hubiese sido un sinónimo de fracaso, pero para ella fue todo lo contrario: «En ese trabajo me enseñaron a vender, a resolver todas las dudas a los clientes, y eso, más tarde, lo puse en práctica en nuestra empresa», confiesa. Y así era su vida: las mañanas las pasaba como teleoperadora, y por la tarde se dedicaba de lleno a lo que no mucho más tarde se convertiría en su negocio. Muchas horas fueron las que pasó diseñando su propio logo. Por supuesto, Yasmina no olvida el momento en el que lo mostró a su madre. «Me dijo que estaba loca, pero le encantó», relata.

Dinero y esfuerzo

Yasmina trabajando en el taller de Flamencura Ordóñez en Sevilla.

Por supuesto que hubo miedo, confusión y dudas, como sucede en todo comienzo. Pero la vida (en ocasiones) gratifica el esfuerzo. Comenzó a trabajar con artistas y gente de televisión, y el éxito no tardó en llegar. El 7 de marzo de 2020, durante un desfile en Huelva, logró vender todos sus trajes, y la vida parecía que finalmente le sonreía. Sin embargo, una semana después, la pandemia y el confinamiento frenaron al mundo.

González: «Hubo gente que me llamó pidiendo que le regresara el dinero de trajes que ya habían encargado. Y así lo hice»

«Fue como un balde de agua», relata Yasmina. Ya tenía su taller, sus materiales, y de la noche a la mañana, el mundo paró. «Hubo gente que me llamó pidiendo que le regresara el dinero de trajes que ya habían encargado. Y así lo hice, al final, todos podemos pasar por las mismas cosas. Primero está la familia, y hubo gente que se quedó sin empleo», añade. No obstante, decidió hacer mascarillas y seguir adelante con su proyecto. Nunca paró y, durante los días más duros de la pandemia, hizo entrevistas a celebrities del mundo del flamenco para las redes sociales. Además, sumado a lo de las mascarillas personalizadas, también diseñó sudaderas y el merchandising para artistas como Farruca, Farruquito, Antón Cortés, José Mora y María Carrasco, entre otros.

El microcrédito que solicitó fue de 25.000 euros, y con eso echó a andar ese sueño que hoy le vale ser el sustento familiar y tener más de 10.000 seguidores en Instagram. El dinero lo recibió justo un mes antes del confinamiento por la pandemia, pero Yasmina pudo con eso y con mucho más. Hoy cuenta felizmente que ha vestido a Rasel para la edición de Tu Cara me suena en televisión, y que participará en los premios Billboard Sevilla 2022. En pocas palabras, ella trabaja para ella misma y para su madre, y viste a las celebridades flamencas de nuestro país. «Nadie sabe lo que realmente quiere ser hasta que es mayor», dice la emprendedora sevillana, una chica que ha aprendido a sacar fuerzas, incluso, de los vientos que soplan en contra.

«Confiar en uno mismo, y seguir fiel a tus sueños»

Cuando tenía sólo 20 años, Oner Rodríguez (1985) llegó a España desde su Venezuela natal. Ahí ya había trabajado en la restauración y, entonces, su sueño era abrir una pizzería con un amigo suyo. Siempre quiso apostar por él, pero la vida lo llevó hacia el camino de la emigración y cambió aquel anhelo por instalarse en Barcelona. «Siempre quise dedicarme a la cocina. Empecé desde abajo, lavando platos en hoteles, luego como asistente de cocina y así, poco a poco, trabajando con gente muy buena y muy prestigiosa, logré ser jefe de cocina en un par de restaurantes», cuenta.

Rodríguez: «Siempre quise dedicarme a la cocina. Empecé desde abajo, lavando platos en hoteles»

Por supuesto que no fue fácil para él; prácticamente ninguna historia de superación personal lo es. Pero Oner, desde que llegó a España, tuvo muy presente que lo mejor era aprender, y aprender cada vez más, porque la semilla de tener algo propio ya estaba sembrada desde los tiempos en los que era un chico que soñaba con tener una pizzería. El tiempo pasó. Trabajó durante 10 años como chef hasta que llegó el día en el que la vida le dio la oportunidad de incorporar al trabajo a Diana, su novia. Después de preparar tantas tartas, ambos supieron que podían hacer algo juntos. Y, claro, se decidieron por hacer planes para tener un negocio propio.

Y así fue. Él salió del último restaurante en el que trabajó y se quedó en el paro. Una situación que, si bien daba algo de estabilidad, no era la solución a sus problemas. No conseguía trabajo, y en las oficinas de empleo tampoco encontraba las respuestas que buscaba. «Tuve que capitalizar el dinero del paro y ponerme a trabajar en serio por lo que hoy es Dulzura mía (su pastelería y obrador, que ya cuenta con dos tiendas físicas en Barcelona)», relata.

dinero y esfuerzo

Oner y Diana en uno de los locales de Dulzura Mía en Barcelona.

Se acercó a La Fundació de l’Esperança-Obra Social La Caixa, y así fue como aprendió más sobre cómo llevar un negocio (a qué público dirigirse, estudios de mercado, métodos para capitalizarse, etcétera). Comenzó a facturar y en tiempo récord ya tenía 40 clientes en su cartera, entre los que destacaban muchos restaurantes reconocidos, y establecimientos de grupos potentes. Estuvo dos años así hasta que solicitó a MicroBank el microcrédito de 25.000 euros para abrir un local (y así poder no sólo vender a clientes de la restauración, sino tener sus propios clientes en su establecimiento).

Igual que al resto del mundo, a Oner lo golpeó la pandemia. Barcelona se había convertido en uno de los principales focos del virus que le borraba la sonrisa al mundo. Pero a él, igual que a Yasmina, no cualquier viento los frena: durante el confinamiento siguió trabajando y repartiendo a domicilio sus tartas vía Uber y Glovo. El punto, sin duda alguna, era seguir, seguir, seguir y, sobre todo, confiar. Hoy, Dulzura Mía es una realidad con dos tiendas físicas en Barcelona: una en la calle Consell del Cent, y la otra en la calle Industria. ¿Cuál es la clave del éxito para él? «Confiar en uno mismo, y ser fiel a tus sueños».

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