Opinión

Lo uno y lo múltiple

Ante el surgimiento de nuevos riesgos derivados del desarrollo tecnológico, el filósofo Tingyang Zhao propone en ‘Tianxia: una filosofía para la gobernanza global’ (Herder) conceptualizar este nuevo mundo desde la armonía y la coexistencia, minimizando los –posibles– conflictos entre los pueblos y las culturas.

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29
Sep
2021
Tingyang Zhao

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Siempre que reflexionamos sobre el mundo natural o el mundo de la vida, surge el problema de lo uno y lo múltiple. En el mundo de la vida, este problema implica una cuestión ontológica que atañe a la existencia y al destino de la humanidad. En un mundo posible común, los seres humanos han creado una multiplicidad de vidas posibles. La existencia de «lo uno y lo múltiple» generada por el ser humano, repleta de conflictos y contradicciones, constituye el destino de la humanidad y plantea cuestiones que los seres humanos necesitan resolver por sí mismos.

La situación ontológica de la humanidad procede de una explosión originaria, similar al Big Bang que dio inicio al espacio y al tiempo. El despertar de la conciencia humana se produjo con la apertura de las posibilidades. Así, la dimensión temporal única se convirtió en una multiplicidad de dimensiones, abriendo ante sí lo que Borges describió como un tiempo que «se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros», generando múltiples historias. El momento en que la humanidad trascendió lo necesario para dar lugar a lo posible se debe a la invención, por parte de la propia humanidad, de esa prodigiosa palabra que es la negación. Cuando fue capaz de decir «no», la humanidad se elevó por encima de lo necesario y dio comienzo a lo posible, es decir, trascendió la unicidad preestablecida para dar lugar a lo múltiple.

«La historia nos ofrece muestras de lo difícil que ha resultado siempre resolver la cuestión de ‘lo uno y lo múltiple’ en política»

Este mismo acto de creación marcado por la negación también dio lugar al libre albedrío y, en consecuencia, a mentes distintas. La pluralidad de posibilidades conlleva una pluralidad de futuros y diversas vidas posibles entre las que elegir y que, en su transcurrir, van dejando múltiples historias. Sin embargo, esta profusión de vidas también ha dado lugar a visiones divergentes, creencias opuestas, la opción del conflicto y hasta guerras atroces. El surgimiento de la negación significó la aparición del desacuerdo con los demás, un problema fundamental que encierra todas las divergencias y conflictos humanos. Aunque la negación es un término lingüístico o una función lógica, también adquiere un carácter político en la vida real. Es decir, la negación es una invención ontológica que ha creado posibilidades de existencia inéditas y, al mismo tiempo, un mundo político de constante incertidumbre.

La historia nos ofrece muestras de lo difícil que ha resultado siempre resolver la cuestión de «lo uno y lo múltiple» en política. Es casi imposible disponer de un sistema perfecto y que todas las partes políticas concernidas estén dispuestas a aceptar el orden común establecido por dicho sistema. Por ejemplo, hasta la fecha, la cuestión de la política nacional no ha podido zafarse del hechizo político de Platón, a saber, que los sistemas políticos estatales no hacen más que ascender y decaer cíclicamente entre los extremos del despotismo y la democracia. Ningún sistema entre estos dos polos puede mantener su ventaja a largo plazo y terminará decayendo y rotando inevitablemente. Si bien Platón no ofreció argumentos suficientes a ese respecto, la historia parece estar de su lado y proporciona pruebas que apuntan de manera incesante a la validez de su visión. En comparación con la política estatal, el problema de la política mundial resulta más grave aún. Un país que se haya mantenido unificado durante largo tiempo suele presentar cierta uniformidad colectiva en aspectos como la religión, el idioma o la historia, o cuanto menos en algunos intereses comunes.

«Necesitamos buscar una nueva vía de pensamiento para construir el mundo en sentido político, una nueva política que permita superar las hostilidades»

Sin embargo, hasta la fecha, el mundo nunca ha contado con un ánimo ni unos intereses uniformes o compartidos. Por ello, el mundo sigue siendo un mero espacio geográfico, sin que haya tomado nunca la forma de algo común y compartido. Se mantiene, así, hasta hoy en un estado de anarquía. En esencia, el mundo continúa en un estado político primitivo y natural. Sigue sin tomar forma una política mundial capaz de construir el mundo en sentido político. Lo que existe actualmente no es más que la llamada «política internacional». Cabe señalar que dicha política internacional no es política mundial, sino un mero derivado de la política estatal al servicio de las estrategias de los intereses nacionales en el marco de la competición internacional. Es por ello que la política internacional se mantiene en su estado natural primitivo, plagado de conflictos y hostilidades. Las tácticas de la política internacional son inherentemente hostiles, pues responden a un juego no cooperativo que no contribuye en nada a la construcción de la política mundial. Por esta razón, necesitamos buscar una nueva vía de pensamiento para construir el mundo en sentido político, una nueva política que permita superar las hostilidades. El orden mundial tiene dos tradiciones: el imperialismo, originado en Roma, y el sistema Tianxia, con origen en China.

Se trata de conceptos paralelos pero distintos. Aunque ambos poseen una visión de «lo mundial», difieren completamente en sus respectivas figuraciones sobre cómo construir el orden mundial. Tanto el imperialismo como el sistema Tianxia conciben un orden mundial universal, pero mientras que el sistema imperial pretende conquistar y regir mediante la dominación, el sistema Tianxia procura construir un sistema compartido. Puede decirse que el ideal del sistema Tianxia consiste en crear un sistema mundial capaz de convertirse para todos en un «punto focal» benevolente –haciendo uso del concepto de Thomas C. Schelling– compatible con todas las culturas, pueblos y religiones. Son muchos los historiadores y politólogos que han estudiado el concepto de imperio. En este volumen, por mi parte, pretendo analizar el concepto de Tianxia. Se trata de un concepto antiguo pero repleto de nuevos significados aún por desarrollar. Tenemos que ser conscientes de que, en un mundo globalizado en el que la tecnología se ha extendido universalmente, el imperialismo y la hegemonía están perdiendo efecto a marchas forzadas y, por esto, necesitamos otra manera de ver el mundo. En un porvenir no lejano, advendrá un mundo tecnologizado representado por la inteligencia artificial, lo que podría suponer una elevación ontológica del mundo. Esto conllevaría un replanteamiento del mundo y el inicio de una nueva era para la humanidad. Pero es evidente que dicho replanteamiento implica enormes riesgos. Creo que, si no construimos un nuevo sistema Tianxia con un mecanismo que permita controlar mediante la política los riesgos tecnológicos, la humanidad podría perder el mundo en el acto mismo de crear uno nuevo.


Este es un fragmento de ‘Tianxia: una filosofía para la gobernanza global’ (Herder), por Tingyang Zhao.

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