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‘¡Vaya par de maricas!’: la importancia de no usar frases ofensivas delante de los niños

Incluso aunque lo hagamos en código de humor, los niños en un desarrollo temprano absorben las connotaciones peyorativas de palabras y expresiones machistas, homófobas o racistas que reproducen en su imaginario léxico.

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22
Sep
2021
ofensivas

Es un hecho confirmado que nuestra sociedad está cambiando, y no siempre para bien. Según datos del Ministerio del Interior, los delitos por agresiones homófobas se han incrementado en un 9%. Yo no sé, ni quiero especular, sobre cuáles serán las razones para que esto suceda (otros habrá que podrán hablar sobre ello con mejores argumentos), pero sí quisiera escribir sobre el poder de las palabras, especialmente aquellas ofensivas; pero no en el momento del insulto, algo que todos podemos intuir, sino más bien cuando se profieren de manera más inocente delante de un niño, delante de nuestros hijos.

Es bien sabido que los seres humanos desarrollamos la lengua que nos acompañará durante toda nuestra existencia en los primeros años de vida. Por dar algunos datos, aproximadamente a los dos años de edad comienza la etapa de explosión léxica en la que los niños incorporan a su vocabulario hasta diez palabras semanalmente (pero pueden entender diez veces más de las que producen).

Con seis años un niño maneja un vocabulario de unas 14.000 palabras. El menor adquiere las palabras simplemente escuchándolas, pero no de manera aislada: ha de escucharlas en un contexto, en una conversación. ¿Y qué dice la ciencia que aprende sobre cada palabra que incorpora a su vocabulario? El aprendizaje/adqusición de las palabras, tal y como se recoge en Bloom (2000, 2001), se hace mediante el establecimiento de redes; estas redes son de distinto tipo: las tenemos basadas en la forma, en el significado o en los contextos de aparición de palabras. Así pues, la exposición del niño a determinados contextos de uso de una palabra determinará parte del significado de esta.

Las palabras se aprenden en contextos

En este artículo ya reflexionábamos sobre cómo aprenden los niños palabras nuevas. No detallábamos, no obstante, algo evidente a la par que importante: las palabras se aprenden en contextos oracionales y situacionales. Pongamos un ejemplo: la palabra «marica» nos viene que ni pintada para ello. Buscamos dos contextos: en el primero de ellos, dos amigos homosexuales se despiden hasta el día siguiente con un alegre: «¡Adiós, marica!». El niño que aprende esa palabra en contextos similares a este incorporará esta palabra sabiendo, entre otras cosas, que se pronuncia «maríka», que es un adjetivo, que su significado se aproxima a «hombre homosexual» y también que tiene un significado afectivo. Puede que se atreva a utilizarlo él mismo con otros homosexuales y probablemente habrá que explicarle que su uso se restringe a ciertos contextos informales y adultos.

Los niños incorporan a su vocabulario hasta diez palabras semanalmente, pero pueden entender diez veces más de las que producen

El segundo contexto es más desagradable: un padre camina con su hijo –de la misma edad que el anterior– y ve a dos hombres de la mano, ante lo que exclama: «¡Vaya par de maricas!». De nuevo, el niño aprende que esa palabra se pronuncia «maríkas», que es un adjetivo, que su significado se aproxima a «hombre homosexual»; pero en este caso, el significado no es afectivo, sino despectivo. Puedo imaginar a ese padre inventado, después de proferir su insulto, girándose y diciendo: «¿Qué pasa? ¿Son maricas o no son maricas? No he dicho nada que no sea cierto».

Conceptos negativos

El problema es que, más allá del significado denotativo (el objetivo), está el contexto situacional. Cuando ese supuesto padre (o madre o cualquier adulto) emite enunciados de ese tipo delante de un niño, lo que este está aprendiendo, además de la pronunciación, la categoría gramatical o el significado denotativo, es que esas palabras denotan conceptos negativos: ese individuo está enseñando a un niño que es válido denigrar a alguien por sus tendencias, que podemos denigrar a alguien por expresar su amor en público y probablemente (aunque esto ya no lo dice la ciencia) que más le vale a él no ser nunca como uno de esos maricas.

Exactamente lo mismo sucede cuando utilizamos cierto léxico con carácter peyorativo (aunque sea de manera humorística). Pronunciar delante de nuestros hijos esas frases, que todos hemos escuchado (y algunos proferido), del tipo: «¡Mujer tenías que ser!» ante una mujer que no consigue aparcar su auto a la primera, o «Qué cabrón, el puto negro» ante un jugador de baloncesto negro del equipo contrario que acaba de anotar, no son inocentes.

El niño está aprendiendo nuevos significados y nuevos usos para esas palabras. Y no, no vale con dirigirnos a nuestro infante y aclararle: «Cariño, es una broma», porque aunque sea una broma (que no dudo que lo sea) el niño sigue aprendiendo su uso. Por tanto, si me permiten un consejo, delante de los niños utilicen siempre palabras con sentido respetuoso y eviten bromas que, en ciertas etapas de la infancia, estos no son capaces de entender.The Conversation


Silvia Gumiel Molina es profesora Titular de Lengua española, Universidad de Alcalá. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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