Opinión

El siglo XXI no empezó en el 11-S

El ataque terrorista transformó la historia, pero los orígenes de muchos de los males actuales no provienen de esa tragedia ni de cómo reaccionamos el 11 de septiembre de 2001.

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Yann Forget / Wikimedia Commons
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10
Sep
2021

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Yann Forget / Wikimedia Commons

El 11 de septiembre de 2011 se acabó, a juicio de muchos, el «domingo de la historia». Como explica Ramón González Férriz en La trampa del optimismo, muchos analistas han descrito los años noventa en Occidente como una etapa en la que todo transcurría como se suponía que debía hacerlo: «el crecimiento económico, la exportación de su modelo político, la reducción de la pobreza gracias a la globalización, la inexistencia de enemigos poderosos, una tecnología con promesas hiperbólicas y un pluralismo capaz de solventar los viejos demonios». Todo esto, según la teoría, desapareció con el 11-S.

Sin embargo, es posible que solo un aspecto cambiara considerablemente: la cuestión del terrorismo y la seguridad. Los noventa, después de la caída de la URSS, fueron una verdadera pax americana: EEUU se involucró en conflictos bélicos –Balcanes, Somalia– pero ya no tenía un enemigo que, como la Unión Soviética, lo amenazara realmente en casa; el ataque de Al-Qaeda en suelo estadounidense acabó con eso en 2001.

Los conflictos bélicos en el mundo post 11-S respondieron también al espíritu de los noventa, cuya esencia era idealista y naíf

En muchos otros aspectos, en cambio, el Occidente post-11S fue una continuación natural –o una hiperbolización– de los noventa. El siglo XXI no comenzó realmente en 2001, lo hizo en 2007 con la Gran Recesión (o incluso tras 2016, con la victoria de Trump y el Brexit). Hasta 2007, los países occidentales seguían el rumbo idealista e ingenuo de los noventa. La economía crecía y el optimismo también. En 2003, por ejemplo, el economista –y premio nobel– Robert Lucas dio una charla ante la Asociación Económica Estadounidense. «Mi tesis en esta conferencia es que, en su sentido original, la macroeconomía ha tenido éxito: su problema central de prevención de la depresión se ha resuelto en todos los sentidos prácticos y, de hecho, ha quedado resuelto por muchos decenios». No hace falta explicar cuán equivocado estaba.

Los conflictos bélicos en el mundo post 11-S –Afganistán e Irak sobre todo– respondían también al espíritu de los noventa, un espíritu idealista y naíf que, subido en la ola de la victoria sobre la URSS, creía que el modelo occidental era fácilmente exportable y que sus bondades eran evidentes, que no hacía falta explicarlas. El siglo XXI, que es el siglo de la progresiva decadencia de Estados Unidos como poder hegemónico global, no comenzó realmente en Oriente Medio hasta la salida de Estados Unidos de Kabul en agosto de 2021.

Y el capitalismo de vigilancia de las grandes plataformas tecnológicas, que indudablemente se benefició de la guerra contra el terror y la Patriot Act (la cual permitía espiar a ciudadanos estadounidenses), fue también consecuencia del utopismo, el triunfalismo y el determinismo tecnológico de los noventa: las redes sociales promoverían la civilización de las costumbres y la tecnología resolvería problemas políticos.

Las guerras de Afganistán e Irak, el neoliberalismo que llevó a la Gran Recesión y el capitalismo de vigilancia de las grandes plataformas tecnológicas parten de un mismo pilar intelectual inherente a la década de 1990. Es la creencia ciega –y fácil– en la globalización no solo de los mercados, sino de la democracia y la tecnología. El hecho de que el funcionario del Departamento de Estado creyese que en Irak podría haber una democracia liberal en cuanto abriera un McDonald’s no es muy diferente del líder tecnológico que creía en la posibilidad de promover la paz llevando internet y las redes sociales a lo largo del mundo. El 11-S cambió muchas cosas, pero los orígenes de muchos de nuestros males actuales no provienen de esa tragedia y de cómo reaccionamos a ella, sino del triunfalismo ingenuo de los noventa.

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