Opinión

Todo debe cambiar para que nada siga igual

En ‘¡Todo debe cambiar! El mundo después de la covid-19’ (Rayo Verde Editorial), numerosos pensadores retratan ese enfrentamiento social que nunca antes había sido tan tangible como con la crisis de la covid-19, responsable del aumento de las desigualdades y la acumulación de riqueza de los que conducen al planeta a la extinción masiva.

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26
julio
2021

En la famosa novela de mediados del siglo xx ‘El gatopardo’ Giuseppe Tomasi di Lampedusa relata la lucha que mantiene la aristocracia siciliana para sobrevivir a la guerra civil y la revolución, el período conocido como Risorgimento. Una de las frases más famosas —posteriormente pronunciada por Alain Delon en la película que Luchino Visconti adaptó del libro— es la siguiente: «Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie». De modo similar, forzada por la crisis de la covid-19, nuestra clase dirigente actual es muy consciente de que hay en marcha una profunda transformación y de que la única forma de que todo siga igual depende del establecimiento de un nuevo orden social y político que les permita perpetuarse en el poder. ¿Acaso se necesitan más pruebas de las profundas tensiones que azotan al capitalismo que el incremento de la fortuna de Jeff Bezos en trece mil millones de dólares en un solo día del mes de julio de 2020, mientras la crisis de la covid-19 prioriza la libre circulación de mercancías por encima de la libre circulación de personas, cuando, al mismo tiempo, los trabajadores de Amazon están muriendo de la covid-19 y protestando contra sus inhumanas condiciones laborales? ¿Qué mayor prueba que Elon Musk, la personificación del sueño expansionista del capitalismo, quien, cuando se le acusó de haber propiciado el golpe de Estado estadounidense contra Evo Morales para beneficiarse del litio boliviano, respondió sin más: «¡Derrocaremos a quien queramos! Haceos a la idea».

Y no es la primera vez que la clase dirigente proclama sin tapujos que en la actualidad existe una guerra de clases. No hay más que recordar a Warren Buffet, otro multimillonario, quien dijo la célebre frase: «Cierto, hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando». Nunca ha sido tan tangible este brutal enfrentamiento social como con la crisis de la covid-19, que está exacerbando las desigualdades e incrementando la acumulación de riqueza precisamente para aquellos que están conduciendo al planeta hacia una extinción masiva. Y, una vez más, están intentando ganar.

El sufrimiento de los llamados trabajadores «esenciales» no ha hecho más que aumentar con la crisis de la covid-19

«Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie» vuelve a proclamar la clase dirigente, aferrándose a la esperanza de que conseguirá permanecer en el poder y mantener el círculo vicioso de la explotación, la extracción y la expansión —las tres es del sistema mundial llamado «capitalismo»—. En lugar de invertir en hospitales y escuelas que ya fueron víctimas de décadas de austeridad y de la subfinanciación, persisten en rescatar las empresas responsables de la crisis climática y la injusticia social. En lugar de proteger los derechos de los trabajadores y emplear la tecnología para abolir la explotación, el sufrimiento de los llamados trabajadores «esenciales» —o «de primera línea»— no ha hecho más que aumentar con la crisis de la covid-19, mientras que se está aprovechando la situación para facilitar la expansión y la aceleración del «capitalismo de vigilancia».

En lugar de proteger el clima, la continua extracción de recursos naturales y destrucción de hábitats nos está llevando a una era de pandemias, con virus incluso más letales que el de la covid-19 que nos están esperando a la vuelta de la esquina. En lugar de reducir la financiación de la policía, en casi todos los sitios este cuerpo de seguridad ha respondido ante la covid-19 como en una guerra, transformándose en ejército. Como afirmaba un reciente anuncio de la Guardia Nacional de Estados Unidos: «A veces, el enemigo está en casa». Parece que el famoso grito de la Weather Underground —«¡Traed la guerra a casa!»— se haya hecho realidad de pronto, con la salvedad de que la causa no es un movimiento social ni un partido revolucionario clandestino, sino un virus. Desde Mineápolis hasta Portland, desde Budapest hasta Estambul, desde Santiago hasta Belgrado, la guerra capitalista se acaba de convertir en una guerra civil, sin lugar a dudas. «No puedo respirar» —repetido una y otra vez por Eric Garner, George Floyd y tantas otras víctimas del racismo estructural— ha pasado a ser la sensación predominante de aquellos que sufren y mueren ahogados por la brutalidad policial, la contaminación atmosférica, los virus, la depresión, la ansiedad, el miedo y la miríada de síntomas de la expansión del capital que se incrustan en la naturaleza, los animales, los pulmones, las mentes y las almas.

Si el eslogan del Foro Social Mundial era «Otro mundo es posible», el nuestro es el que dejó algún grafitero en Mineápolis tras el asesinato de George Floyd: «Otro fin del mundo es posible»

Mientras los virus del capitalismo y el racismo asolan el mundo, este libro es el producto de otro tipo de virus. No solo no habría visto la luz sin el que provoca la covid-19, sino que es una consecuencia de «los virus» de la cooperación y el internacionalismo que van dirigidos precisamente contra otro patógeno, el de un sistema mundial que nos está arrastrando a la extinción. La plétora de voces críticas que han aflorado desde el confinamiento es una prueba —¡adiós Maggie Thatcher!— de que existe esa cosa llamada «sociedad», aunque solemos vernos forzados a comportarnos y morir como individuos. El proyecto para documentar algunas de esas voces, primero en conversaciones grabadas en vídeo y después en este libro, comenzó en una habitación de Viena en la que me vi confinado a mediados de marzo de 2020, justo cuando Europa se convertía en el epicentro de la pandemia de covid-19 y antes de que esta afectara seriamente a Estados Unidos, Brasil, México y otros países.

Al principio, los Estados europeos declararon el «estado de excepción», con unas restricciones sin precedentes sobre la movilidad, y no pude regresar a mi país, Croacia, durante dos meses. La única forma de evitar volverme loco y hundirme en la más absoluta desesperación consistió en salir de mi confinamiento mediante la creación de lo que denominamos «DiEM25 TV: El mundo después del coronavirus». Para quienes somos miembros de Democracy in Europe Movement 2025, acostumbrados a viajar sin descanso por todo el mundo, a conocer gente y tomar decisiones in situ, el confinamiento era una situación nueva, como lo era para todo auténtico internacionalista. De pronto, todo lo que nos quedaba era lo digital. E incluso eso pronto se convertiría en lo que Naomi Klein llamó el «nuevo negocio de la pantalla»: la penetración del capitalismo de vigilancia en nuestras mentes y nuestras almas, una mayor explotación de los trabajadores intelectuales y la extracción de nuestros afectos e incluso de nuestro inconsciente.

Aun así, durante un corto espacio de tiempo entre mediados de marzo y julio de 2020, ya parece que haga siglos, conseguimos colarnos por una rendija del «nuevo negocio de la pantalla» y lanzamos un canal «televisivo» digital desde nuestros salones y lugares de confinamiento. Fue mucho más que una mera televisión, fue la creación de un espacio común, gratuito, creado por centenares de activistas e intelectuales de todo el mundo. Rara vez ha habido tanta gente conectada por un único acontecimiento como en el caso de la pandemia de la covid-19, con miles de millones de personas en todo el mundo confinadas en algún tipo de cuarentena. Rara vez la gente de este planeta se ha involucrado tanto en la comunicación, y eso a pesar del «distanciamiento social» generalizado —pues, mientras hubo distanciamiento físico, lo social rebrotó como nunca antes lo había hecho—. Hemos asistido a lo peor y a lo mejor de estos tiempos: por un lado, a una situación completamente nueva nacida de una crisis sanitaria sin precedentes y, por otro lado, a la necesidad de conectar y construir un mundo más allá de la destructiva noción de «progreso» que domina la modernidad capitalista.

Si el eslogan del Foro Social Mundial era «Otro mundo es posible», el nuestro es el que dejó algún grafitero en Mineápolis tras el brutal asesinato de George Floyd: «Otro fin del mundo es posible». Durante el transcurso del año 2020 ha quedado claro (incluso para los primeros negacionistas) que el fin del mundo tal y como lo conocemos está por todas partes. La gente se está asfixiando no solo a manos de un virus, sino también de la brutalidad policial y de un sistema mundial basado en la extracción, la expansión y la explotación. La crisis climática, la amenaza nuclear, las pandemias y el racismo: estos son los cuatro jinetes del capitalismo global y su violencia estructural contra la naturaleza, los seres humanos y el mismísimo futuro. Si queremos que todo esto cambie, nada puede seguir igual.


Este artículo es un fragmento del libro ‘¡Todo debe cambiar! El mundo después de la covid-19’ (Rayo verde editorial), editado por Renata Ávila y Srećko Horvat. Traducido por Juan-Francisco Silvente Muñoz.

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