Cultura

La biblioteca, o el descanso de la democracia

En ‘Quemar libros: Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento’ (Crítica), el bibliotecario Richard Ovenden describe el milenario esfuerzo por eliminar el conocimiento en un momento en el que la privatización de la información por parte de las tecnológicas amenaza el papel de las bibliotecas como muralla democrática.

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05
May
2021
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El 10 de mayo de 1933 se organizó en Berlín una hoguera en Unter den Linden, la avenida más importante de la capital. Aquel lugar tenía una gran resonancia simbólica: frente a la universidad y adyacente a la catedral de San Hedwig, la Ópera Estatal de Berlín, el Palacio Real y el hermoso monumento conmemorativo de Karl Friedrich Schinkel. Una entusiasta multitud de casi cuarenta mil personas contemplaba a un grupo de estudiantes que desfilaba ceremoniosamente hacia la hoguera portando el busto de un intelectual judío, Magnus Hirschfeld (fundador del innovador Instituto de Ciencias Sexuales). Coreando «Feuersprüche», una serie de ensalmos al fuego, arrojaron el busto sobre los miles de volúmenes de la biblioteca del instituto, a los que habían añadido libros de judíos y de otros escritores «no alemanes» (entre ellos destacados comunistas y homosexuales) arrebatados de las librerías y las bibliotecas. En torno a la pira había filas de jóvenes con uniforme nazi haciendo el saludo de «heil Hitler». Los estudiantes estaban ansiosos por congraciarse con el nuevo Gobierno y aquella quema de libros era una estratagema publicitaria cuidadosamente planeada.

«Hoy en día, corpus organizados de conocimiento siguen estando en el punto de mira, como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia»

En Berlín, Joseph Goebbels, el nuevo ministro de Propaganda de Hitler, pronunció un enardecido discurso que fue retransmitido por todo el mundo: «¡No a la decadencia y a la corrupción moral! ¡Sí a la decencia y a la moralidad en la familia y el Estado!…» El alemán del futuro no será solo un hombre de libros, sino un hombre de carácter. Es para ese fin para el que queremos educaros… Hacéis bien en arrojar a las llamas el mal espíritu del pasado. Esta es una gran hazaña, firme y simbólica. Aquella noche se produjeron escenas similares en otras noventa localidades a lo largo y ancho del país. A pesar de que muchas bibliotecas y archivos de Alemania permanecieron intactos, las hogueras eran una clara advertencia del ataque al conocimiento que el régimen nazi estaba a punto de desencadenar.

El conocimiento sigue siendo objeto de ataques. Hoy en día, corpus organizados de conocimiento siguen estando en el punto de mira, como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia. Con el tiempo, la sociedad ha confiado la conservación del conocimiento a las bibliotecas y los archivos, pero en la actualidad estas instituciones se enfrentan a múltiples amenazas. Son blanco de individuos, grupos e incluso Estados cuyo propósito es negar la verdad y erradicar el pasado. Al mismo tiempo, las bibliotecas y los archivos experimentan una disminución en la cuantía de su dotación. A este constante declive de recursos viene a sumarse el surgimiento de empresas tecnológicas, que privatizan eficazmente el almacenamiento y la transmisión del conocimiento de forma digital y trasladan algunas de las funciones de las bibliotecas y los archivos sufragados con fondos públicos al ámbito comercial. La motivación de dichas empresas es muy diferente de la que ha impulsado a las instituciones que tradicionalmente han puesto el conocimiento al alcance de la sociedad. Si empresas como Google digitalizan miles de millones de páginas de libros y los hacen asequibles por internet y si firmas como Flickr proporcionan almacenamiento digital gratuito, ¿qué sentido tienen las bibliotecas?

«La conservación de la información sigue siendo una herramienta clave para la defensa de las sociedades abiertas»

Justo en el momento en que la financiación pública sufre esta presión extrema, constatamos que las instituciones democráticas, el Estado de derecho y la sociedad abierta están también amenazados. La propia verdad está siendo atacada. Por supuesto, eso no es nada nuevo. George Orwell ya lo puso de manifiesto en 1984, y sus palabras suenan desconcertantemente reales hoy en día si pensamos en el papel que las bibliotecas y los archivos deben desempeñar en defensa de las sociedades abiertas: «Había la verdad y lo que no era verdad, y si uno se aferraba a la verdad incluso contra el mundo entero, no estaba uno loco». Las bibliotecas y los archivos se han convertido en el soporte fundamental de la democracia, el Estado de derecho y la sociedad abierta, puesto que son organismos que existen para «aferrarse a la verdad».

Como es sabido, la idea de que pudieran existir «hechos alternativos» ya fue sugerida por Kellyanne Conway, consejera presidencial de Estados Unidos, en enero de 2017. Estaba respondiendo a las críticas sobre la afirmación de Trump de que la multitud que había asistido a su ceremonia de investidura había sido mayor que la de Barack Obama cinco años antes, cuando las imágenes y los datos mostraban todo lo contrario. Fue un oportuno recordatorio de que la conservación de la información sigue siendo una herramienta clave para la defensa de las sociedades abiertas. Salvaguardar la verdad contra la proliferación de «hechos alternativos» significa capturar esas verdades y las declaraciones que las desmienten para tener puntos de referencia en los que la sociedad pueda creer y confiar.

Las bibliotecas son fundamentales para el sano funcionamiento de la sociedad. Pese a haber trabajado en bibliotecas durante más de treinta y cinco años, llevo usándolas desde hace mucho más tiempo y he visto el valor que aportan. Este libro debe su existencia a mi propio enfado por los recientes fracasos en todo el mundo —tanto deliberados como fortuitos— a la hora de garantizar a la sociedad que puede confiar en las bibliotecas y los archivos para la conservación del conocimiento. Los reiterados ataques a estas instituciones a lo largo de los siglos han de ser examinados como una tendencia preocupante en la historia de la humanidad, mientras que deberían elogiarse los asombrosos esfuerzos que hacen las personas para proteger el conocimiento que albergan.


Este es un fragmento de ‘Quemar libros: Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento‘ (Crítica), por Richard Ovenden.

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