Siglo XXI

Cómo abordar los desafíos del mundo desde la neurociencia

El mundo de la pospandemia necesita el análisis crítico y la capacidad de los grandes pensadores. En ‘Las preguntas siguen’ (Paidós), uno de los periodistas más reconocidos de España, Iñaki Gabilondo, recoge la conversación que mantuvo en 2020 con el neurólogo Facundo Manes, además de otros intelectuales como Adela Cortina, Naomi Klein, Karen Armstrong o Muhammad Yunus.

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25
May
2021

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Facundo Manes es neurólogo y neurocientífico. Se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y estudió en la Universidad de Cambridge, Inglaterra (‘Phd in Sciences’). Una vez concluida su formación de posgrado en Estados Unidos e Inglaterra, regresó a Argentina, donde creó INECO (Instituto de Neurología Cognitiva), que dirige en la actualidad, y organizó el Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro en la Ciudad de Buenos Aires. Ambos institutos son líderes internacionales en publicaciones científicas originales en neurociencia cognitiva. Manes es presidente del grupo de investigación sobre afasia, demencia y desórdenes cognitivos de la World Federation of Neurology; profesor de Psicología Experimental de la Universidad de Carolina del Sur (EE. UU.) y del Departamento de Neurología de la Universidad de California (EE. UU.); profesor invitado de la Universidad de Macquarie (Australia) y consultor del Cognition and Brain Sciences Unit del Medical Research Council de Cambridge (Inglaterra). Entre sus títulos se destacan ‘Convivir con personas con Alzheimer u otras demencias’, ‘Tratado de Neuropsicología’, ‘Cerebros en construcción’, ‘Descubriendo el cerebro’, ‘Usar el cerebro’ y ‘El cerebro del futuro’; estas dos últimas publicadas en Paidós.


Iñaki Gabilondo: En el mundo actual, con la llegada de internet, de las nuevas tecnologías, la irrupción de millones de señales que nos llegan desde todas las direcciones, en todos y cada uno de los minutos de nuestra existencia, ¿qué efecto están produciendo en el cerebro?

Facundo Manes: La tecnología es fantástica. Ahora mismo estamos hablando vos, desde Madrid, y yo, desde Buenos Aires, y la gente nos está escuchando en todo el mundo. Vos sos periodista, yo soy científico, neurólogo… Usamos la tecnología, no tenemos que decir lo fantástica que es. Es más, ¡cómo nos ha aliviado en esta pandemia! Pero hay que tener cuidado con la tecnología. Ahora tenemos que usarla porque el virus se aprovecha de lo mejor de nosotros, que es el vínculo humano, y lo usa en nuestra contra. Pero si esta charla la hubiésemos tenido en diciembre de 2019, yo te hubiese dicho, y te lo voy a decir igual, que en unos diez años o antes, las personas vamos a evaluar, a valorar muchísimo, el contacto humano. Porque tenemos datos de que la multitarea, estar todo el día chequeando nuestros dispositivos, es una mala idea. Por ejemplo, estar en una reunión y mirar WhatsApp implica hacer las dos cosas mal: no vas a entender algo de lo que se diga en la reunión o te equivocarás al mandar el mensaje. La multitarea en la que estamos viviendo hoy nos hace menos productivos, tenemos la falsa sensación de que somos más productivos haciendo muchas cosas a la vez, pero no es así: impacta en nuestro rendimiento intelectual, nos hace más ansiosos, nos estresa, nos crea dificultades para conciliar el sueño. Así que yo te diría que en unos años vamos a valorar como algo premium –como hacemos con la comida orgánica hoy– el contacto humano. Vamos a volver a poner como uno de los factores más sofisticados y de más placer el vínculo humano y vamos a usar la tecnología como usamos un coche. Así que yo creo que estamos en una época en la que mucha gente utiliza la tecnología, pero para alcanzar el bienestar en el futuro, va a tener que reducir su uso, porque, si bien es fantástica, nos agota, nos hace menos productivos y nos genera ansiedad.

Vivimos también un poco dispersos. Pienso que ahora es muy frecuente estar viendo un programa de televisión mientras a la vez enviamos un mensaje, y en esa misma pantalla de televisión estamos asistiendo a una escena, y por debajo hay un banner por el que pasan las cotizaciones de bolsa; a la derecha, hay un pequeño rincón donde están mostrándonos a la vez otro asunto que ocurre al mismo tiempo… Es decir, hay una hiperactividad dispersa y difusa que yo no sé hasta qué punto está atentando contra la mínima exigencia de concentración que la vida un poco inteligente reclama. No sé si tiene razón Vargas Llosa –también se recogen sus palabras en tu libro–, que dice algo así como que corremos el riesgo de que la tecnología nos haga más tontos. ¿Perdemos un poco en toda esta inmensa posibilidad, llena de atractivos que no quiero en modo alguno negar, pero que nos está arrebatando la concentración mínima necesaria para poder digerir la vida humana en horas, minutos y segundos en tiempo real?

Lo dijiste vos, Iñaki, pero lo voy a repetir. Desde la ciencia hay mucha evidencia de que la dispersión, la multitarea, afecta a dos cuestiones centrales de nuestra vida negativamente. Una es el bienestar. Yo ahora estoy concentrado y disfrutando de esta charla, no estoy pensando en si estuve bien o mal, si me equivoqué o no, ni en la próxima pregunta. Un cerebro atento al presente es un cerebro más feliz, con más bienestar y más productivo.Y los circuitos de ansiedad bajan. Cuando uno se concentra en el presente, los circuitos de ansiedad disminuyen su actividad. Así que la dispersión digital, la dispersión que implica la multitarea afecta a nuestro bienestar y a nuestra productividad porque la creatividad aparece, y vos como periodista lo sabés, cuando vos te ponés a escribir una columna periodística, llega un momento en que entrás en estado de flow, en que estás conectado con lo que estás escribiendo, y la noción del tiempo y del mundo se borran. En ese estado de flow es donde surge la creatividad y donde somos felices. Así que la dispersión digital afecta a nuestro bienestar, a nuestra felicidad y también a nuestra productividad.

Y también a esa necesidad de estar solo con uno mismo, actividad sin la cual a mí me parece imposible el desarrollo normal. En el libro que estamos comentando y que yo quiero recomendar encarecidamente, se hace un esfuerzo científico por acercar a la gente lo más posible a sus conocimientos y convertirlos en algo útil, ayudar a la gente a utilizar mejor su cerebro. Por eso, el capítulo dedicado a cómo mantener la mente en forma me parece completamente central. Claro está que los libros están para ser leídos, no para ser contados, pero, aunque sea por encima, ¿me podrías decir, Facundo, algunas cosas básicas para mantener la mente en forma, para mantener el cerebro activo, para no dejar que lo aplaste esta inmensa multitud de cosas que están pasando a su alrededor?

Lo primordial te diría que es el vínculo humano. La investigación más larga de psicología de la historia, que se realiza todavía en Harvard, estudió a chicos de barrios pobres y vulnerables de Boston y a otros de barrios más acomodados, y los siguió durante décadas. Este estudio encontró que uno de los factores principales de bienestar y de protección cerebral son los vínculos humanos, cuántos vínculos humanos profundos hemos desarrollado en nuestras vidas. Eso nos genera mucho bienestar y protege al cerebro. La soledad crónica nos mata. Sentirse solo de forma crónica es un factor de mortalidad más importante que el alcoholismo, la obesidad y la polución ambiental. Y eso no pasa por vivir solo o vivir acompañado. Uno puede vivir solo y sentirse parte de una red social, o vivir acompañado y sentirse solo. ¿Por qué? Porque como la sed es una alarma biológica que nos recuerda que tenemos que hidratarnos para sobrevivir, como el hambre es una alarma biológica que nos recuerda que tenemos que alimentarnos para sobrevivir, como el dolor es una alarma biológica que nos recuerda que tenemos que prestar atención a alguna parte de nuestro cuerpo que puede estar sufriendo, la soledad es una alarma biológica que nos recuerda que somos seres sociales. Así que estar conectados con otros seres humanos es la primera recomendación para mantener un cerebro saludable, en forma.

(…)

No puedo concluir sin pedirle una impresión sobre el fenómeno que está viviendo ahora el mundo con el coronavirus, con la pandemia, que está produciendo un efecto tremendo en la salud, en las economías, pero también desde el punto de vista psicosociológico. A los ciudadanos ya nos está afectando psicológicamente, creo que nuestro cerebro ya está percibiendo señales de esta crisis como algo especial, algo muy visible… ¿Es así, está ocurriendo eso?

Es así. Estamos frente a una nueva epidemia de ansiedad, de angustia. Hemos visto la propagación del virus, pero también del miedo, de la fatiga mental, porque des- de hace meses venimos haciendo cosas que no hacíamos, y no hacemos aquello que sí hacíamos. Todo eso requiere recursos mentales y nos agota, estamos en una fase de agotamiento. El bienestar se construye. Hay un porcentaje minoritario de nuestro bienestar que es genético, pero hay muchas cosas que podemos hacer para construir nuestro bienestar. Y hay también cosas que pueden hacer las autoridades para que esta etapa nos resulte un poco más placentera. Es un trabajo conjunto, nuestro y de las autoridades. Esta pandemia está impactando claramente en nuestras emociones, más allá de lo que ya estamos sufriendo y, lamentablemente, vamos a sufrir, porque estamos en un maratón que todavía no ha terminado. Como en otros desastres y tragedias de la historia, muchos de nosotros, muchas comunidades, vamos a desarrollar resiliencia. La resiliencia es la capacidad psicológica para afrontar un problema, atravesarlo, y que eso nos fortalezca. Y las personas, tras el shock y la angustia iniciales, tras el dolor social y emocional, empezamos a tener un nuevo significado de la vida, nuevos valores, nuevos rumbos, sanamos emocionalmente y, aunque parezca mentira, cumplimos nuestras metas. Así que yo creo que muchos de nosotros, que muchas comunidades, vamos a salir más resilientes, vamos a entender que el bienestar general, el bienestar de todos, es más importante que el éxito personal, que el estatus individual. Para lograrlo, necesitamos, junto con la resiliencia, la empatía, que es una palabra clave. Es la capacidad de imaginar qué piensa el otro y de sentir lo que el otro siente. Porque de esta, salimos entre todos. El sálvese quien pueda, lo individual, sería un desastre.


Este es un fragmento de ‘Las preguntas siguen’ (Paidós), por Iñaki Gabilondo. 

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