Siglo XXI

Viaje a través de la sociedad vigilada

Desde el mitológico ‘Argos Panoptes’ hasta la ‘Patriot Act’ de Estados Unidos, reautorizada por el Congreso del país, la privacidad de los ciudadanos se ha visto en la cuerda floja en numerosas ocasiones a lo largo de la historia.

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26
Abr
2021
Fotograma de la serie ‘Un mundo feliz’, basada en la novela de Huxley.

Fueron las pequeñas ciudades-Estado griegas las que, a través de su mitología, dotaron por primera vez de sentido a la realidad. En esta primera concepción del universo se encontraba ya un ingrediente que se repetiría una y otra vez: el de la vigilancia permanente y la privacidad. Este el papel, en la mitología helena, correspondía en parte a Argos Panoptes, un gigante de cien ojos que nunca descansaba, pues en ninguna ocasión cerraba todos sus ojos a la vez. Cuenta la leyenda que, tras ser asesinado por Zeus, los ojos del gigante, sirviente de la diosa Hera, quedaron inmortalizados, para siempre, en las colas de los pavos reales.

A partir de Argos, y con la paulatina evolución política y sofisticación tecnológica y organizativa de las sociedades, la vigilancia adquirió un rol cada vez más relevante. Incluso en la propia Antigüedad hay testimonios acerca de sistemas de este tipo. Es el caso de Aníbal Barca, general de Cartago, el Estado enemigo más formidable de Roma en el Mar Mediterráneo. Su gran red de espías –instalada en campamentos romanos y en el extranjero– era capaz de desplegarse por vía terrestre y por vía marítima para llevar a cabo su función. Algo similar se fraguó posteriormente en suelo italiano durante los turbulentos últimos días de la República Romana: Julio César creó una red de informadores personales que, si bien compleja, no pudo parar el complot contra su vida.

Con el paso del tiempo ha sido posible observar cómo los sistemas de vigilancia se han vuelto más elaborados. En tiempos medievales, destacó la larga red de informantes de la Iglesia Católica –sumada a su discurso sobre la constante observación divina–. No solo en términos de la Inquisición –tribunal que buscaba acabar con la herejía y mantener una uniformidad religiosa–, también en los políticos: el Papado jugó un importante rol en la política europea. 

Ya en la República Romana, Julio César creó una compleja red de informadores para vigilar los movimientos de sus enemigos

La llegada de la modernidad trajo una mayor complejidad y un mayor alcance de efectividad a la observación. Mientras Robespierre y otros jacobinos montaban fuertes redes de vigilancia e información, el Comité de Salvación Pública ejercía tras la Revolución Francesa las medidas represivas que considerabas necesarias: decisiones sumarias –en muchas ocasiones, con fin en la guillotina– no solo contra la vieja aristocracia, sino también contra algunos revolucionarios considerados demasiado moderados. Incluso el bando monárquico, entonces desahuciado, tenía su propio sistema de información. «Ejército de espías, de bribones estipendiados que se introducen en todas partes, incluso en el seno de las sociedades políticas», escribía en una carta el propio Robespierre durante el año 1793. En ese mismo siglo –y en el siguiente– tuvo lugar otro salto evolutivo a este respecto: las cabinas negras (en su término francés original, cabinet noir), departamentos que se comenzaron a instalar en la mayoría de los países europeos para leer la correspondencia de individuos señalados por el Estado.

En el siglo XX, novelas como Un mundo feliz alertaban ya alertaban sobre el posible alcance del control social. En Estados Unidos el ‘macartismo’, un sistema informal de vigilancia que acusaba de traición a la patria sin procesos legales, socavó las libertades y derechos individuales de gran parte de la población. Este país, de hecho, reconstruyó las bases de las cabinas negras sobre el llamado Proyecto Shamrock, un ejercicio de espionaje posterior a la Segunda Guerra Mundial que acumulaba los datos telegráficos que entraban o salían del país.

Así, la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) recibía copias de todos estos datos, que podían ser redirigidos a otras agencias gubernamentales como el FBI. Este programa se cerró oficialmente en 1975 tras una investigación del Congreso de los Estados Unidos. En Europa, también la Guerra Fría dejó su dura huella sobre el continente. En la República Democrática Alemana –la parte oriental–, el órgano de inteligencia del país, la Stasi, estaba formado por 91 mil empleados y una red de hasta 200 mil informadores, un capital humano que, sumado a su tecnología, incrementó exponencialmente la intensidad del control social.

Privacidad, ¿una norma social?

Todavía hoy vivimos entre las finas cuerdas de una gran red. Es el sistema que la socióloga Shoshana Zuboff ha calificado en numerosas ocasiones como «capitalismo de vigilancia». La investigadora, reconocida como pionera en derechos digitales, describe esta era como «una lucha titánica entre el capital y cada uno de nosotros». Como declaraba hace dos años en The Guardian, para ella este sistema es «una intervención directa en el libre albedrío, un asalto a la autonomía humana”. 

Zuboff se refiere, sobre todo, a la política de recolección, análisis y transferencia de datos de las grandes empresas tecnológicas, un poder que está tan enlazado al desarrollo de la capacidad tecnológica como a la permisividad legal. El mismo Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, afirmaba hace una década que «la privacidad ya no era una norma social». En este aspecto, la socióloga subrayó en la revista Well am Sontag que «una sociedad que valora la privacidad comprende que los valores de la misma están inextricablemente unidas a los valores que hemos heredado de la Ilustración, como la soberanía individual, la autonomía e incluso la propia democracia».

Google ejemplifica este sistema: tanto su servicio de buscador como de correo electrónico son monetizados por los datos que recogen de los usuarios, explotados para obtener un beneficio económico. «La dificultad comienza cuando nos damos cuenta de que esta recolección de información proporciona mucho poder y puede caer en manos de cualquiera que esté dispuesto a pagarla», explica José Ignacio Murillo, profesor de filosofía de la ciencia en la Universidad de Navarra. Esta vigilancia es omnipresente: está en el uso del móvil, de ordenadores, de electrodomésticos inteligentes e incluso del propio coche.

Murillo: «Todo lo que hacemos parece información que puede ser recogida, lo que abre una posibilidad al control social»

«Las posibilidades de invadir la privacidad y la intimidad de las personas han crecido hasta niveles inauditos. Hoy es posible, incluso, recoger datos de los desplazamientos, las compras y las preferencias de ocio. Como casi todas nuestras acciones y transacciones son electrónicas, dejan huellas que pueden ser seguidas. Todo parece información que puede ser recogida. Se trata de una situación que abre la posibilidad a un control social por parte de los Estados y de quienes tengan acceso esa información. Esto hubiera resultado inimaginable hace tan solo unas pocas décadas, y es algo que está transformando nuestro modo de concebir las relaciones sociales», señala el experto.

El uso de estos datos personales recabados en las redes para encuentros electorales como el Brexit o las elecciones norteamericanas de 2016 ha puesto el problema, de nuevo, bajo los focos. La aprobación de legislación europea como el Reglamento General de Protección de Datos es, a ojos de Murillo, un paso tan necesario como insuficiente. «El poder de estas empresas sobre la información que circula no es muy claro y, por tanto, se presta a abusos. Resulta legítimo que éstas eviten que sus plataformas sirvan para actividades delictivas pero, ¿dónde se debe poner el límite a la censura de los contenidos? Esto es más peligroso en la medida en que algunas de estas empresas ejercen monopolios ‘de facto’, puesto que ser excluido de ellos te puede condenar prácticamente a la incomunicación». Una influencia comunicativa que afecta también al sistema político, su credibilidad, su acceso al poder y su flujo de información.

El gran desarrollo tecnológico de la última década ha abierto la puerta al uso perjudicial de estas herramientas a Estados autoritarios como China y países democráticos como Estados Unidos: un ejemplo es el plan de espionaje masivo llevado a cabo a expensas de la Patriot Act, la ley aprobada (y ampliamente criticada) tras los atentados del 11-S. Con ella, el gobierno norteamericano ha recolectado durante años la información de los ciudadanos norteamericanos disponible en sus teléfonos móviles, como denunciaron múltiples medios de comunicación.

El programa, lejos de haber sido frenado, fue reautorizado en 2020 por el Congreso estadounidense, a pesar de las conocidas revelaciones públicas de Edward Snowden acerca del programa y de la reciente declaración de ilegalidad por parte de un tribunal de apelaciones. En esta línea, Zuboff defiende que «será la democracia la que termine con la era del capitalismo de la vigilancia». No solo con ayuda de la ley, sino también con la de los valores inherentes a las democracias occidentales. Tal como explicaba en una entrevista, este sistema se terminará «con una visión reguladora que no sea dirigida solo por economistas». Murillo coincide en esta visión: «Si el único criterio del bien es lo que aquí y ahora deseamos, es muy difícil que logremos imprimir una organización ética a los medios tecnológicos. Quien no sabe qué quiere acaba fácilmente controlado por los medios que emplean y por las fuerzas que los diseñan y gobiernan. Solo si tenemos claro lo que queremos podremos poner límites a las tecnologías ya existentes y orientar cómo se desarrollarán las del futuro».

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