Lecciones infodémicas del coronavirus: entre lo prudente y lo brutal

Desde los primeros días de la pandemia, los medios de comunicación se han debatido entre el celo deontológico y el alarmismo a la hora de informar sobre el coronavirus. En un contexto informativo marcado por la incertidumbre, ¿qué hemos aprendido un año después?

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17
Mar
2021
enseñanzas

Ha pasado más de un año desde que Lorenzo Milá llamase a la calma frente al alarmismo que estaba generando el coronavirus por entonces. «Los médicos no se cansan de repetirnos que estamos ante un tipo de gripe nueva. No podemos hablar de virus terroríficos como el ébola», relató, en directo, desde Milán. Esa conexión sigue grabada en nuestros oídos. Sus palabras tenían la cualidad de resonar de dos formas: era lo que deseábamos oír y, en parte, era también lo que parecía estar ocurriendo en España. «Se extiende más el alarmismo que los datos», sentenciaba Milá. Su retransmisión se produjo el 25 de febrero y, tres días después, surgía una cifra: 18 casos confirmados en España. Dos semanas más tarde se cerraba el país, y las palabras del experimentado reportero caían en descrédito. El estupor ante el relámpago vírico llevó inmediatamente a la búsqueda de culpables. ¿Es posible que nadie, en todo el país, fuera consciente de la verdadera amenaza que se cernía desde China? Parte de las miradas se posaron sobre los medios de comunicación: ¿matar –o no– al mensajero?

«La cobertura de la pandemia se ha caracterizado por un exceso de información extremadamente institucional», explica Carles Pont, investigador de periodismo en la Universitat Pompeu Fabra. «Aunque el periodista tiene que cumplir con los preceptos deontológicos, para que en el imaginario colectivo quede una imagen de la gravedad de lo que estamos viviendo se tienen que ver personas sufriendo. Contábamos con una gran cantidad de cifras –como los ratios de contagios– pero no veíamos la crueldad de la historia».

Rebolledo: «Para no provocar una histeria colectiva es necesario el espacio para el sosiego y la moderación»

Según esta perspectiva, los medios de comunicación tendrían cierta responsabilidad a la hora de haber subestimado la expansión y virulencia de la COVID-19 por temor a generar más preocupación de la debida –o necesaria– en ese instante. Esto coincide con el análisis mediático que el Centro de Control de Enfermedades (CDC) realizó durante la crisis del ébola en Estados Unidos: la percepción pública es fundamental en las crisis sanitarias. «La manera en que se comunica un riesgo también puede afectar en cómo se percibe», explica el informe. Parte del problema, además de evitar lo explícito del dolor, es lo que se afirmaba también desde una tribuna en The Washington Post: «Lo primero que debemos hacer es ponernos en el lugar del lector, que a menudo ha percibido nuestra cobertura como un relato inconexo, donde hipérboles y detalles irrelevantes se mezclan con noticias que merece la pena conocer». También lo señala la profesora de comunicación política en la Universidad de Navarra, Marta Rebolledo: «El modo en que los medios desarrollan la cobertura de una crisis influye de manera directa en la percepción de los ciudadanos». En su opinión, para no provocar una histeria colectiva, «es necesario el espacio para el sosiego y la moderación».

Durante los primeros meses de la pandemia, la producción de noticias relacionadas con el coronavirus se disparó: hasta el 10 de abril, en España se publicaron 423.058 piezas. También creció el consumo de información que, según Comscore, se incrementó un 59% durante la semana del 23 de marzo en comparación con el año pasado. Las cifras cobran un nuevo significado cuando se plantea si la cobertura de la pandemia se ha visto influenciada por una enorme polarización previa a los efectos del virus. Lucía Méndez, periodista de El Mundo, no dudaba en afirmar el pasado verano que «los diarios se han llenado de combatientes periodistas de opinión que usan un lenguaje bélico e insultante para hacerse oír. La polarización política y cultural no es ajena a los medios, sino en parte propiciada por ellos». De hecho, un estudio de la Universitat Ramón Llul, muestra que el 77% de los encuestados coinciden en que los medios están condicionados por su línea editorial a la hora de informar sobre el coronavirus.

Una pandemia en la niebla

«Hay una complicidad entre el sistema mediático y el sistema político en la que este último sale ganando durante los últimos años. Los periodistas están ligados cada vez más, de pies y manos, a la información que da la institución. Cuando un periodista quiere ir a un hospital para entrevistar, por ejemplo, a un jefe de urgencias, tiene que hacer muchos trámites previos», explica Pont. Y añade: «Toda esta institucionalización de la información lleva a la burocratización, y se cierne una niebla sobre la información del coronavirus si no lo vives muy de cerca».

En este sentido, como recalcaba hace pocas semanas Isabel Valdés, periodista de El País, «el papel de las fuentes institucionales ha sido especialmente controvertido en el caso de las autoridades sanitarias y de los hospitales». El problema al que hace referencia es que el acceso a distintos lugares e informaciones depende de estas mismas instituciones –como ocurre en Madrid o en Andalucía–, por lo que si una se niega a dar una información desde una posición concreta, tampoco la dará desde el resto. «Los datos de contagiados y pruebas del Gobierno han sido un absoluto caos. No estaban bien centralizados, cada comunidad autónoma lo hizo a su manera», explicaba Clara Jiménez, co-fundadora del medio Maldita, a la Agencia SINC.

La cobertura de la pandemia viene marcada por la enorme cantidad de información y el ruido que genera, como si de esa niebla apenas pudiera extraerse algo legible. Un fenómeno que la Organización Mundial de la Salud ha denominado como «infodemia», haciendo referencia a la sobreabundancia de información –alguna rigurosa, y otra falsa– sobre un tema. Para la OMS, no obstante, el foco se sitúa sobre el exceso informativo, que no hace más que dificultar el consumo de noticias rigurosas.

Durante los primeros meses, las cuestiones sanitarias se sustituyeron por los desacuerdos políticos

Las redes sociales y la urgencia informativa son clave de este fenómeno. Así lo explica Rocío Benavente, periodista especializada en ciencia, en un cuaderno de notas con reflexiones sobre el oficio publicado recientemente por la Agencia SINC: «Hemos cambiado el envío de artículos que han pasado la revisión por pares y verán la luz en unos días en una revista conocida – sobre los que se puede trabajar para contrastar y contextualizar– por la publicación directa en los repositorios de trabajos, que no han seguido el camino que era, hasta ayer, imprescindible para llamar a algo ciencia. Con esos materiales se han construido las historias que llegaban a los lectores en días inciertos. Y son endebles».

La percepción ciudadana de los medios, sin embargo, es contradictoria. Mientras un estudio de la Ramón Llul afirma que la mayoría de los entrevistados tiene una percepción negativa de la cobertura mediática, otro informe de la UPF explica que la confianza en los medios continúa siendo consistente. Rebolledo asegura, a partir de los análisis realizados desde su universidad, que, a pesar de haber estado inmersos en una crisis de gran magnitud, las cuestiones sanitarias no se encontraban entre los temas principales de los medios de comunicación durante los primeros meses, por lo que los debates y los desacuerdos políticos gozaban de mayor visibilidad. «Hay muchas variables que han afectado a la cobertura sobre el coronavirus: el exceso de celo deontológico, la excesiva institucionalización de la información, la desintermediación de los políticos a través de las redes sociales, y la precarización», señala.

Este último factor, el de la precariedad, suele pasar desapercibido a pesar de ser una de las piezas más importantes del puzzle. Según la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), el 45% de quienes ejercen la profesión son autónomos, lo que no solo suele suponer un menor número de ingresos, sino también un desamparo jurídico: no encuentran un medio que les apoye. Esto conlleva a una erosión de los valores más básicos en que se sustenta el oficio. Es posible que este cúmulo de factores ya se haya reflejado en el periodismo nacional, especialmente en relación a la cobertura de la pandemia.

«Me da la impresión de que en la prensa internacional hay una profundidad crítica respeto al poder que aquí echo de menos. No me refiero a criticar por criticar, como cuando Salvador Illa compró unas mascarillas con un precio demasiado alto: ¿Estamos intentando sacar solo eso, o queriendo explicar, con cierta profundidad, que el ministerio no tenía suficiente capacidad para afrontar una crisis de estas características?», plantea Pont. El problema sigue presente: el coronavirus y su recuperación aún proyectan una sombra demasiado larga.

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