Opinión

Lo que aún no hemos aprendido

Necesitamos una ciudadanía crítica y madura, con razón y corazón, convencida de que hay medios suficientes para acabar con la pobreza y conseguir así que toda persona pueda llevar adelante, libremente, sus planes de vida.

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31
marzo
2021

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Todavía no hemos aprendido que, como humanidad, estamos obligados a erradicar la pobreza en el siglo XXI. Se trata de una exigencia de justicia. A comienzos de siglo, los 189 países miembros de Naciones Unidas se comprometieron a conseguir los ocho Objetivos del Desarrollo del Milenio, el primero de los cuales consistía en acabar con la pobreza extrema y el hambre. En 2015, esos objetivos se ampliaron a 17, y el primero era nuevamente poner fin a la pobreza, pero ahora en todas sus formas y en todo el mundo. Desgraciadamente, la irrupción de la COVID-19 ha producido el primer aumento de la pobreza global en décadas, añadiendo 71 millones de oprimidos por la pobreza extrema en 2020 e incrementando la inseguridad alimentaria y el hambre.

Esto no son números, son personas. Y con la pandemia hemos experimentado una vez más los efectos desoladores que la pobreza tiene en ellas. Porque no se vive igual el confinamiento en una casa confortable que en un domicilio minúsculo con gente hacinada, la tele educación no es fácil de llevar a cabo en escuelas y barrios marginales, y las colas del hambre y las familias sin ingresos son una lacerante realidad. Y lo peor está aún por llegar. Si esto es así en los países desarrollados, qué estará ocurriendo en los países supuestamente en desarrollo.

«En la pandemia no hemos aprendido los efectos corrosivos de la pobreza, porque no queremos aprender»

En Occidente no hemos pensado en ellos a la hora de adquirir y distribuir vacunas, a excepción de cuando Rusia y China emprendieron una estrategia geopolítica sumamente inteligente –o, mejor dicho, astuta– aprovechando la puesta en marcha por parte de China de la Nueva Ruta de la Seda. A renglón seguido, el G-7 se comprometió a aumentar sus donaciones en vacunas o en dinero para los más pobres del mundo, no vaya a ser que perdamos en la carrera por el poder mundial.

En la pandemia no hemos aprendido de los efectos corrosivos de la pobreza, porque no queremos aprender. Ya no nos conmueven el sufrimiento y las muertes, porque estamos en otras cosas: los representantes políticos están en la lucha por los votos, por sus espacios de poder y por el cultivo del conflicto y la polarización; los medios de comunicación, en la caza de noticias provocativas y chocantes, aunque carezcan de interés público, y las grandes plataformas, en el dominio del mundo al que antes se accedía por otros medios.

Por eso necesitamos, como siempre, una ciudadanía crítica y madura, con razón y corazón, convencida de que hay medios suficientes para acabar con la pobreza y conseguir así que toda persona, que tiene dignidad y no un simple precio, pueda llevar adelante, libremente, sus planes de vida. Nos hemos comprometido y las promesas hay que cumplirlas.

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