Medio Ambiente

Breve historia del vegetarianismo

Hace más de dos mil años ya hubo quien decidió no consumir ningún tipo de producto animal. En la Antigua Grecia, Pitágoras abogaba por la compasión hacia el resto de seres. Buda, mientras tanto, debatía por incluirla dentro de su doctrina ‘ahimsa’ o no violencia.

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15
Mar
2021

Leonardo da Vinci consideraba que los seres humanos somos una suerte de cementerios. Opinaba que, cada vez que una persona consumía un trozo de carne se convertía en un «almacén de muerte», en una bestia peor que las bestias más temibles. Por estas creencias, el polímata ya abrazaba el vegetarianismo en siglo XV y soñaba con que el resto del mundo también lo hiciera: «Llegará un tiempo en que los seres humanos se contentarán con una alimentación vegetal y se considerará la matanza como un crimen. Llegará un día en el que los hombres, como yo, verán el asesinato de un animal como ahora ven el de un hombre».

Quizá Da Vinci se hubiese sentido un poco más en paz con el mundo si hubiera tenido la oportunidad de viajar al presente, donde el vegetarianismo está pasando de ser una moda con fecha de caducidad a una realidad consolidada y al alza. The Economist ya bautizó 2019 como el ‘año del vegano’, momento en el que la cultura y la mentalidad vegana encontraron acogida en lo mainstream. Los datos lo avalan: a pesar de que la producción de carne hoy es cinco veces más alta que a principios de los sesenta (330 millones de toneladas), como indica el informe The Green Revolution 2019, las dietas vegetarianas han crecido un 27% en los últimos dos años, con más de 800.000 nuevos consumidores.

En la antigua Grecia, abstenerse de comer «seres con alma» era parte del desarrollo moral humano

El bienestar animal, la salud o la sostenibilidad del planeta son los principales motivos que llevan a los vegetarianos y veganos a cambiar sus dietas, según el informe. Sin embargo, en sus orígenes, esta corriente alimentaria ha mantenido una íntima conexión con la religión, una visión más abstracta que consideraba al vegetariano como un humano más cercano a un dios, capaz de superar sus mayores tentaciones de dominancia por el bienestar del resto de los seres vivos.

Se considera que Parsuá, un reformador indio del siglo VII a.C, fue el primer practicante del vegetarianismo y fundador de su forma más estricta: la religión jaina. Según sus prefectos, que respondían a motivos religiosos, los jainas no comían después de la puesta de sol, evitaban cualquier comida que pudiese contener partículas de animales muertos o huevos, bebían agua filtrada y hacían considerables esfuerzos por no «herir» a las plantas en su vida diaria. Es decir, evitaban las verduras de raíz y tubérculos, ya que estas podían ser el hogar de pequeños insectos.

Más tarde, el hinduismo adoptó una visión similar. «No hay pecado en comer carne, pero la abstención trae grandes recompensas», se recoge en el libro de leyes Manusmriti. Por su parte, el fundador del budismo también debatió sobre este tipo de dieta y la incluyó en su doctrina ahimsa, que aboga por el respeto hacia cualquier ser capaz de sentir. Sin embargo, fue en la antigua Grecia cuando el vegetarianismo se presentó como un estilo de vida deliberado que no se aproximaba a la religión tanto como a la ética: abstenerse de comer «seres con alma» es parte del desarrollo moral del alma humana.

Pitágoras, ¿padre del vegetarianismo tal y como lo conocemos?

Mientras las dietas basadas en verduras florecen en todo el mundo, los historiadores cada vez están más cerca de consensuar que Pitágoras fue uno de los primeros impulsores del vegetarianismo. El filósofo y matemático, que apostaba por una dieta liviana basada en vegetales, creía en que todos los animales contaban con alma y, por ello, tenían que vivir igual que debería hacerlo cualquier ser humano: plenamente y sin miedo. En sánscrito, «sabor» tiene la misma raíz que «emoción» (rasa), por lo que ambas comparten una conexión que, para Pitágoras habla sobre la energía de los alimentos y la forma en que esta llega al cuerpo.

Voltaire y Rousseau criticaban el consumo animal, mientras que Nietzsche era ferviente defensor de los animales

De esta manera, el erudito interpreta los sabores y las emociones como una conexión espiritual en la que la empatía hacia el resto de animales nos lleva al perfeccionamiento. En esta línea, el erudito pensaba que evitar el consumo cárnico permitía mantener las emociones en equilibrio. Pero no solo Pitágoras seguía este razonamiento; para el resto de filósofos de la Antigua Grecia, el desarrollo moral de la humanidad era el camino hacia la trascendencia, por lo que es esencial llevar una vida comprensiva, justa y alejada del maltrato y la dominancia.

Los principios de Pitágoras calaron hondo y destilaron hacia otras épocas. En ellos se basa también Da Vinci para adoptar una dieta estricta basada en vegetales, frutos secos y hortalizas, que le acompañó hasta la tumba. Siguió sus pasos el literato Miguel de Cervantes, quien insistía en que «la alimentación de los hombres superiores era la de las frutas y raíces crudas». También Voltaire y Rousseau criticaban el consumo animal, mientras que el filósofo Friedrich Nietzsche era un ferviente defensor de los derechos animales y sostenía que «la sensatez comienza ya en la cocina».

1960: el «boom del vegetarianismo»

A mediados del siglo XIX se funda la Sociedad Vegetariana de Inglaterra en un contexto en el que el vegetarianismo se asocia con frecuencia a movimientos de reforma cultural. Por entonces, el padre del electromagnetismo, Nikola Tesla, ya abogaba por la dieta vegetariana como la ideal para mantener a raya el cuerpo y, por ende, la mente. «No hay duda de que algunos alimentos derivados de las plantas, como la avena, son más económicos que la carne. Además ponen menos en prueba a nuestros órganos digestivos y nos hacen sentir más satisfechos y sociables», decía. Y no era el único: Leo Tolstoy, Bernard Shaw, Mahatma Gandhi, Margaret Fuller o Albert Einstein eran de la misma opinión.

En esta época, las virtudes como el temperamento, la abstinencia o el autocontrol se asociaban a los ideales vegetarianos, mientras que la lujuria y la holgazanería quedaban reservadas para la alimentación puramente carnívora. Entrado el siglo XX –aunque estas interpretaciones siguen todavía presentes– crece la popularidad del vegetarianismo como respuesta a preocupaciones nutricionales, éticas y ambientales. Se funda así la Unión Vegetariana Internacional, donde Ghandi pronuncia su discurso sobre la base moral del vegetarianismo, que contribuye a disparar aún más la popularidad del vegetarianismo. También se publica el primer libro de cocina vegetariana (No animal food: two essays and 100 recipes) y se abre en Londres Cranks, el primer restaurante vegetariano exitoso.

En 1999, el Tratado de Amsterdam reconoce finalmente a los animales como «seres sensibles-sintientes»

En los años sesenta, con la eclosión de las corrientes ecologistas aparece la hipótesis –demostrada posteriormente– de que una dieta pobre en carne es capaz de prevenir e incluso revertir algunas enfermedades crónicas como las coronarias. Es entonces cuando,  el vegetarianismo adopta finalmente la forma con la que lo conocemos ahora: una corriente alimentaria que aboga por cuidar el bienestar animal para mirar por la salud y el futuro del planeta. En 1999, finalmente se reconoce, a través del Tratado de Amsterdam, a los animales como «seres sensibles-sintientes».

En la actualidad, las dietas basadas en el consumo de verduras y hortalizas han tenido un gran impacto en la industria cárnica. Según destaca el informe The Green Revolution, de cara a la caída del consumo de procesados cárnicos, cientos de marcas en todo el mundo han optado por acelerar el desarrollo de sustitutos cárnicos hechos exclusivamente con vegetales, como la heura o la beyond meat. En España, Noel fue la empresa pionera en estrenar su gama de embutidos veggie para adaptar su producción al mercado verde, que ya mueve más de 5.000 millones de euros al año.Y se espera que las cifras sigan aumentando en los próximos años quizá, hasta acercarnos a ese futuro que Da Vinci imaginó.

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