Siglo XXI

Las guerras del futuro: los conflictos de ‘cuarta generación’ que ya están aquí

Lo que en los 90 era un escenario apocalíptico cyberpunk, ahora es cotidiano: los conflictos bélicos del siglo XXI vendrán marcados por las tácticas indirectas, las tecnologías de la información o las operaciones militares ejecutadas a distancia.

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17
Nov
2020
guerras del futuro

En 1993, Alvin y Heidi Toffler publicaron su ensayo Las guerras del futuro. El sociólogo estadounidense dejó una tesis: «nuestro modo de guerrear refleja nuestro modo de ganar dinero, y la manera de combatir contra la guerra debe reflejar la manera de librarla». Y también una advertencia: «la manera en que hagamos frente a esta amenaza de violencia explosiva determinará, en buena medida, el modo en que nuestros hijos vivan o tal vez mueran». Los Toffler, fallecido él en 2016 y ella en 2019, y autores también de La tercera ola y El shock del futuro, dividían la historia en tres olas. La primera, la revolución de la agricultura, ocurrida en el Neolítico, que nos convirtió de nómadas en sedentarios. La segunda, la revolución industrial, que llegó hace tres siglos y multiplicó nuestro forma de producir, consumir y explotar los recursos del planeta. Finalmente, la revolución de la información, que asomaba en los 70 en que afinaron su teoría y hoy marca nuestras vidas. Por tanto, las guerras de la era de la información y la tecnología estarán marcadas por el uso de ambas. Algo que se superpone con la teoría militar surgida en los mismos 90 en los que los Toffler escribieron sus ensayos.

Los expertos del Ejército de los EEUU y teóricos como Martín Van Creveld dieron cuerpo a otra clasificación, las de las cuatro generaciones de guerras. Empiezan con las hermanas de fuego y la tercera generación es la de los grandes conflictos del siglo XX: Primera y Segunda Guerra Mundial, Guerra Civil Española, Guerra del Yom Kippur… y llega hasta el XXI, con guerras como la Líbano en 2016.

Nuestra época es la de las guerras de cuarta generación, que se superponen con las anteriores. La gran capacidad de destrucción de los ejércitos modernos, arsenales nucleares mediante, desaconseja a las potencias grandes o medias enfrentarse directamente, así que se afilan los conflictos indirectos. Por otra parte, surgen las llamadas guerras asimétricas, en las que el manual de estrategia de las anteriores no sirve para nada, en las que un combatiente en desventaja técnica debe aplicar tácticas de guerrilla u otro tipo. Son guerras como las Vietnam, la antigua Yugoslavia o Siria, donde los bandos se multiplican y el concepto de tradicional de «frente» se diluye, aunque las víctimas civiles también aumentan.

La gran capacidad de destrucción de los ejércitos modernos desaconseja enfrentamientos directos, así que se afilan los conflictos indirectos

Para los Toffler o los estrategas militares del final de la Guerra Fría eran las guerras del futuro, pero para los habitantes de la inminente segunda década del siglo XXI son las del presente. En realidad, las tácticas de guerra cibernética y conflictos indirectos podemos verlas en las noticias cada día. Rusia, Turquía y Francia se enfrentan en la actualidad en Libia por sus intereses energéticos y las dos primeras también en el actual conflicto entre Armenia y Azerbaijan, en el que el gobierno de Putin se juega parte de su prestigio internacional. Irán y Arabia Saudí se enfrentan en Yemen. Pero India y China, ambas potencias nucleares, a pesar de las escaramuzas, evitan un enfrentamiento directo.

Precisamente son los rusos de quienes se sospecha –o se conoce– una mayor actividad en la guerra cibernética. La guerra de la información son también las fake news, actualización a nuestro nivel tecnológico actual de la propaganda de atrocidades, las proclamas radiofónicas de Hitler o Goebbels en la Segunda Guerra Mundial… O el llamado poder blando ejercido a través de la cultura, como ha hecho durante las últimas décadas, o el comercio, como ahora hace China con su Nueva Ruta de la Seda.

La guerra cibernética puede dejar sin recursos a una población de millones de personas atacando centrales eléctricas u hospitales. Puede tumbar la web de un gobierno. Puede desinformar de manera previa a unas elecciones o realizar el llamado fake bombing. Aún no hemos vistos sus efectos devastadores a gran escala sobre población civil, pero es la nueva blitzkrieg. Las guerras de baja intensidad en un mundo cada vez más multipolar en el que la superpotencia estadounidense parece en retirada –o dedicada a sus propios intereses–, el poder chino aumenta a bandazos y la Unión Europea da la impresión de que no se decide a asumir un papel protagonista en la defensa de los Derechos Humanos a nivel global, este tipo de conflictos de baja intensidad se multiplican.

Escenarios de ciencia-ficción, soluciones de ciencia-ficción

De momento, y a pesar de lo que digan los grupos conspiranoicos, no se ha cumplido otra de las previsiones que agitaban los más agoreros: la de la guerra bacteriológica –que, de diferentes maneras, siempre ha existido– potenciada por la ingeniería genética. Por otro lado sí que juega un papel cada vez más importante la inteligencia artificial, además de la guerra teledirigida. Aunque es poco probable que los soldados desaparezcan en las próximas décadas, cada vez es más habitual que las grandes potencias bombardeen desde lejos, con drones capaces de bombardear civiles al otro lado del mundo y que sus pilotos luego puedan con su familia como si acabasen de jugar a un videojuego. Lo que en los 90 era un escenario apocalíptico cyberpunk, ahora es cotidiano.

La guerra cibernética puede dejar sin recursos a una población de millones de personas atacando centrales eléctricas u hospitales

Desde 2012 existe en la Universidad de Cambridge el Centro para el Estudio del Riesgo Existencial (CSER), fundado por los científicos Huw Price (filósofo), Lord Martin Rees (astrónomo) y Jaan Tallinn (programador). El propósito de esta institución también suena a ciencia-ficción: detectar los riesgos existenciales, es decir, los escenarios «donde un resultado adverso podría aniquilar la vida inteligente originada en la Tierra o reducir permanente y drásticamente su potencial».

El CSER advierte a expertos, gobiernos y militares contra el riesgo de conflictos nucleares, la guerra química o bacteriológica, la necesidad de la ética tras la gestión del ciberespacio y un largo, largo, etcétera. Sin embargo, parece una solución de guerras de tercera generación. En España hemos podido ver movimientos contra las de cuarta, como la de Yemen, en la que un bombero se negó a cargar bombas fabricadas en España en un barco saudí porque sabía cuál era su destino. Activistas de Euskadi siguen habitualmente en redes los trayectos de estos calificados como «buques de la muerte» y denuncian su actividad.

En la frase que se citaba al comienzo de este artículo, los Toffler nos advertían que con la tecnología cambia la guerra y con la guerra cambia la forma de combatir la guerra. Es decir, en un libro titulado Las guerras del futuro sus autores se preguntan por qué no analizamos cómo debe ser el pacifismo del futuro… o del presente.

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