Cultura

«Hace falta un Plan Marshall del arte»

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10
Jun
2020
Manuel Borja-Villel

La conversación sucede hace un año y medio en el parque del Retiro de Madrid. Los niños juegan sin mascarillas, no existe la distancia social y las mesas de metal irisado de las terrazas absorben las palabras y el calor como un techo de latón caliente. Enfrente sonríe una de las grandes artistas de nuestro tiempo. Acaba de inaugurar una exposición –en la que ha trabajado durante meses– en el Museo Reina Sofía.

– ¡Enhorabuena!, las obras funcionan muy bien y no es un espacio fácil–, lanza, complaciente, en inglés, el periodista.
– No sabes la responsabilidad que es este Museo. Manolo [Borja-Villel, director del centro, Castellón 1957] es como un dios para un artista.

En una década larga –a su responsable le quedan dos años al frente del centro– el Reina Sofía se ha convertido en uno de los grandes espacios de arte contemporáneo del mundo, con una propuesta social y política profunda y contadas rendiciones al ‘blockbuster’. Tras meses cerrado, el pasado fin de semana abrió sus puertas, como también lo hicieron el Prado y el Thyssen, con un 30% menos de aforo, sin hojas de sala que tocar, con mayor distancia. Abrieron porque el arte, como todas las cosas inútiles en la vida, es imprescindible. Abrieron en un mundo distinto al que cerró. ¿O no?


¿Va a cambiar mucho la experiencia del visitante del Museo?

Las cosas serán distintas a bastantes niveles. La pandemia ha demostrado clarísimamente la fragilidad del ser humano. Ahora es un virus microscópico, pero antes fueron los incendios en Australia, las inundaciones. El ser humano está provocando cambios en el ecosistema que pueden producir una sexta extinción. La pandemia va a generar una gran concienciación sobre estos temas. Nuestra relación con otras especies estará más presente y también una política de los cuidados que se notará en el mundo del arte. En cuanto a la experiencia en el Museo, habrá un cierto miedo al contagio y veremos un mantenimiento de las distancias, por lo que una de las funciones de los museos será generar un espacio de confianza: no tener miedo el uno del otro, porque uno aprende con los demás. Va a ser un reto. Durante un tiempo no habrá esas masas de turistas y la visita será más íntima, de reflexión.

Hemos pasado de una orilla a la otra. De la queja por los blockbusters y las inmensas aglomeraciones a la ausencia de visitantes.

Básicamente porque el sistema se ha parado. El mundo del arte está basado en el nómada cultural, en los viajes, en las grandes instituciones; no en las pequeñas. Por ahora, se han frenado las aglomeraciones. Hacía tiempo que nos quejábamos o cuestionábamos ese modelo y ahora es tiempo de replantearse otras formas de relación, de tener una experiencia estética.

¿Cambiará la manera de mostrar las obras, el tipo de piezas, el relato?

En general, ese elemento de los cuidados, de la precariedad, de la naturaleza tendrá bastante más importancia y los dispositivos también, porque nuestra relación de algún modo será diferente.

¿Tiene miedo de que, si aparece la vacuna, todo regrese a la antigua normalidad?

No. Me gustaría que el cambio fuese un cambio de paradigma, pero nunca se sabe. La esperanza es que empecemos a entender que resulta absolutamente necesaria una transformación y que existen otros modelos de sociedad que no están basados en el desarrollo infinito, en el crecimiento infinito, sino en otro tipo de relaciones. Lo bueno de los artistas es que tienen ese materialismo inmanente de entender casi a un nivel epidérmico cosas que se preguntan en otros momentos, como las prácticas terapéuticas [arte sensorial y sicoterapia] de Lygia Clark (1920-1988), que hoy tienen todo el sentido del mundo.

«Una de las funciones del Museo será generar confianza, no tener miedo los unos de los otros»

¿El virus generará más desigualdad? ¿Solo los privilegiados del dinero, en un futuro donde se adivina que viajar será más caro y complejo, podrán contemplar las obras originales?

El sistema en el que estamos ya resulta muy desigual. El 1% lo tiene todo y un 99%, muy poco. También en el mundo del arte, que sabemos que está muy precarizado. Por eso, debemos batallar por evitar esa desigualdad. Quizá a nivel laboral deberíamos ir de la mano de una renta básica universal, igual que otros sectores de la sociedad. Desde la mirada del artista la propuesta podría ser trabajar de modo tentacular. Esto quiere decir menos exposiciones con grandes movimientos de obras que van a ser, por razones evidentes, más complicadas y mucho más caras. Hay que buscar nuevas formas de solidaridad. Debemos aprender a compartir, incluso, por ejemplo, de forma digital las piezas, las exposiciones, si no queremos que el sistema del arte que ya era elitista lo sea aún más.

Parte de ese 1% está en el Patronato del Museo. Son quienes donan obras, aportan fondos para ampliar y completar la colección. ¿Se irán con la crisis económica?

No. Quienes están con nosotros seguirán manteniendo su compromiso porque ni siquiera desgravan: están porque apoyan un proyecto y creo que se mantendrán. Además la colección no está cerrada a España. Al contrario. La relación del Museo con otros países se acentuará y el apoyo seguirá existiendo.

En este espacio de crisis, ¿el Estado debe aumentar los presupuestos de los museos públicos para mantener el trabajo, las exposiciones?

Es el momento de cambiar los sistemas de producción cultural, donde ya nos quejábamos de que primaba en exceso lo espectacular y había poco trabajo a ritmo lento y largo plazo. Es tiempo de transformación. También es cierto que desde 2010 se han ido recortando progresivamente los presupuestos de cultura. Pero la situación después de tantos recortes resulta más precaria. El mundo del arte estaba apenas saliendo de la crisis y ahora llega este otro golpe. Tiene que haber una especie de Plan Marshall. Si en aquel momento sirvió para crear un Estado de bienestar tal vez, ahora, en otra época, debería servir para construir un Estado de los cuidados. Debería existir un plan de reconversión de unos modelos por otros. Y tiene que ser una estrategia pública. Me consta que desde el Ministerio de Cultura se están tratando de coordinar con las Autonomías para crear un plan de apoyo general.

¿Eso sería plantear el museo como un espacio político?

No. Es un espacio artístico en el cual los modelos se están transformando. Tiempos lentos, una experiencia distinta, modelos de producción cultural sostenibles… Los blockbusters y las grandes inversiones de recursos ya no estarán ahí. No hablo solo de los fondos públicos sino también de los privados. Es lógico. El foco va a situarse en la sanidad y la investigación sanitaria.

Regresando al espacio privado. Las dos grandes «donaciones» o «préstamos» anunciados con altavoz en Madrid, las de las coleccionistas Ella Fontanals-Cisneros y Patrizia Sandretto, han fracasado. ¿Le sorprende?

Habría que ver caso por caso y qué circunstancias concretas se dieron. También es verdad que cambiaron bastante los interlocutores, y en los últimos cuatro años hemos tenido muchas elecciones.

Pero los políticos tienen un problema enorme a la hora de entender el arte. Les falta formación, sentido… Ahí está Jaume Plensa en la plaza de Colón, la multiplicación de las Meninas o la escultura que Víctor Ochoa ha regalado a Madrid. ¿Por qué tienen tan mal criterio con el arte público?

El arte público sigue razones que poco tienen que ver con criterios profesionales. Suelen ser, desde hace bastante tiempo, y esto no es algo que ocurre únicamente ahora, propuestas no solamente horrorosas si no, además, sin ninguna relación con lo que está ocurriendo en el mundo de verdad del arte.

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