Opinión

Las invisibles: ¿por qué el museo del Prado ignora a las mujeres?

La perspectiva de género es imprescindible para impugnar las convenciones que han convertido en invisibles a las artistas que no están expuestas en el museo y a las visitantes. Peio H. Riaño propone soluciones para aplicarla en ‘Las invisibles: ¿por qué el museo del Prado ignora a las mujeres?’ (Capitán Swing).

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05
Mar
2020
Museo del Prado
Las hijas del Cid. Dióscoro Teófilo Puebla y Tolín.

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Un día lo ves. No están. A mí me ocurrió en marzo de 2016. A la bandeja de entrada de mi correo electrónico llegó una nota de prensa del Ministerio de Cultura en la que se celebraba la firma de la operación que daba por ordenados los fondos museográficos estatales y aclaraba las fronteras artísticas entre el Museo Nacional del Prado y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. La foto que ilustraba el histórico estrechón de manos mostraba a la cúpula del arte español: Miguel, José Pedro, José María, Miguel, Guillermo y Manolo. Seis cargos públicos y ni una mujer.

Acudí a los datos del Laboratorio Permanente de Público de Museos del propio Ministerio de Cultura para comprobar si la fotografía representa la realidad del arte, y descubrí que la mayoría de los visitantes a estas instituciones en España es público femenino (52,6%); que un 53,4% del personal adscrito a museos son trabajadoras; que ese año en el Museo Reina Sofía trabajaban 441 mujeres (274 más que hombres) y en el Museo del Prado, 257 mujeres (los hombres son veintiséis menos). En la Academia de Bellas Artes de San Fernando, de cincuenta y dos miembros de número, seis no son hombres.

Fuera de los despachos, en las facultades de Bellas Artes las estudiantes superan el 70% en las aulas. Pero el mercado no tiene tanto interés en ellas como en ellos. Entre 2012 y 2018, según un estudio de Sotheby’s, se vendieron 2.500 piezas de unas quinientas artistas mujeres. En el mismo periodo de tiempo, fueron 55.700 piezas de 8.500 artistas hombres. Un informe de Mujeres en las Artes Visuales (MAV) indica que en ARCO 2018 sólo el 6% son artistas españolas. Tampoco las artistas son reconocidas como ellos: en España, de los dieciséis galardonados por el Premio Velázquez de Artes Plásticas, doce son hombres. En el Nacional de Artes Plásticas, convocado en veintiuna ocasiones, sólo seis artistas mujeres han sido premiadas.

«Es la historia de la cultura, un relato de hombres hecho para hombres en el que ellas no han contado»

[…] El museo es una elaboración cultural que legitima un pensamiento de género (y de raza y de clase) y otorga un origen natural a algo que no lo tiene: la dominación de un sexo sobre el otro. Por eso la perspectiva de género es imprescindible para impugnar las convenciones que han convertido en invisibles a, uno, las artistas que no están expuestas en el museo y, dos, a las visitantes a quienes se menosprecia con un relato supremacista, sesgado y hasta en algún caso manipulado. Es la historia de la cultura, un relato de hombres hecho para hombres en el que ellas no han contado. No cuentan. No han sido olvidadas: las han hecho desaparecer. Ahora se trata de integrar a las mujeres en el museo. Si ellos son los protagonistas de los acontecimientos representados, que ellas lo sean del museo. No me refiero a dedicarles una sala que las convierta en musas y que como tales sean adoradas sobre fondo rojo. Ni «ángeles del hogar» ni «musas del arte».

Nuestra responsabilidad como ciudadanos del siglo XXI es leer estos cuadros del pasado con una atención especial a los símbolos que jugaron un papel determinante en la dominación. La mayoría de ellos —los creados por una monarquía absolutista que optó por ignorar la Constitución de 1812— son incompatibles con nuestros símbolos actuales, por eso es importante identificarlos, para no confundirlos como propios. Para no apropiarnos de lo que no nos corresponde, necesitamos señalarlo como ajeno y así restablecer y garantizar el reconocimiento de la integridad de la mujer.

[…] El desfase ideológico sucede desde el mecanismo institucional más alto —la estructura vertical de la gestión de las ideas— a lo más minúsculo, la cartela. Esa pequeña y, en apariencia, inocente cartulina blanca es el canal básico de comunicación con los visitantes y debería aspirar a un cierto diálogo. En un ejercicio de concreción mayúsculo, se dan los datos básicos del cuadro y del artista en cuatro o cinco líneas. En una cartela cabe un museo. Es más, una cartela puede definir un museo, porque en ellas muestra el lugar que quiere ocupar en la sociedad. Por ejemplo, con el ocultamiento de un terrible asesinato de género que Botticelli representó por encargo hace casi seis siglos en La historia de Nastagio degli Onesti, y que sirvió entonces de cruel moralina, hoy se silencia un feminicidio, pese a que está a la vista. Una cartela es un manifiesto. Cada verbo, cada expresión dicha u omitida son reflejos que subrayan el espíritu y la misión del organismo. En las cartelas, una institución de hace doscientos años demuestra si tiene o no dos siglos de edad. También en los textos que articulan su sitio web: en el que hace referencia a la pintora Giulia Lama (1681-1747), escrito por Manuela Mena —responsable del capítulo de Goya en el museo—, la historiadora explica que tenemos pocos datos biográficos sobre la artista italiana, y, a pesar de ello, se la describe como una mujer «de personalidad esquiva y retirada, fea de rostro, pero de una gran espiritualidad». Para la conserva- dora es importante introducir un juicio sobre la belleza de la retratista entre sus hechos artísticos. No hemos encontrado en las investigaciones que Mena ha publicado sobre Goya una apreciación similar sobre el pintor en la que destaque su gordura, su calvicie o su mal genio. Este tipo de mecanismos son insoportables en el futuro del museo.

«Una cartela puede definir un museo, porque en ellas muestra el lugar que quiere ocupar en la sociedad»

Revisar no es destruir ni degradar las obras nacidas al calor de aquella imaginación atroz que temía la liberación de las mujeres. No se trata de desterrar cuadros, sino de aprovechar esas visiones para señalar lo que de ninguna manera podemos volver a permitirnos. La historia de Nastagio degli Onesti es útil para posicionar al público contra el asesinato de género. Pero sobre todo para reconocer la dignidad de la mujer, lesionada en el museo por el silencio que mantiene ante la tradición de amenazarlas y ejecutarlas también a través del arte. El contexto de las pinturas es imprescindible porque nos muestra el pasado de lo que somos y hemos superado. Todo lo que no sea celebrar, reconocer y reforzar la libertad de la mujer es un atentado contra la sociedad a la que aspiramos y una confirmación de aquella en la que se originaron los museos. A espaldas de ellas.

Claro que podemos reinterpretar y revisar el pasado con nuestras propias expresiones e ideas: es nuestro deber aplicar el lenguaje soberano que nos representa a todas esas imágenes que nos aluden. Por eso nos impresiona y valoramos la actualidad del arte, porque lo actualizamos sin descanso. Porque no podemos leer una obra con ojos que no sean los nuestros, los del presente. Esta es la vaga oposición, pero muy escandalosa, a la que se enfrenta la denuncia de este libro: la de quienes niegan la capacidad de juzgar desde nuestros días cualquier obra del pasado. Como si el arte no fuera presente a quien lo mira. Como escribe Isabel Cadenas Cañón en el ensayo Poética de la ausencia: «La imagen auténtica del pasado es, en realidad, una imagen que incluye tanto ese pasado como el presente en el que se hace legible».

El arte es inmortal porque apela a las épocas sucesivas gracias a las múltiples lecturas que estas hacen de él, porque trasciende constantemente las fronteras de su momento histórico original. Pero permitir al siglo XIX mantener su capacidad de referente ideológico es blanquear un relato ético decepcionante y superado. Vivir del anacronismo. Los modelos y los modales de entonces no pueden ser referentes de los valores de la actualidad. El museo teme abrir las puertas al feminismo, pero este es una respuesta imparable contra la exclusión y en defensa de la democracia, ante el auge de los fascismos. La lucha de ellas nos librará de ellos.


Este es un fragmento de ‘Las invisibles: ¿por qué el museo del Prado ignora a las mujeres?‘, de Peio H. Riaño (Capitán Swing).

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