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Un nuevo contexto social está emergiendo como consecuencia de la pandemia que comenzó hace unos meses y que ha provocado una catarsis colectiva. Cada día, desde nuestras casas, vemos nuevas cifras de personas fallecidas en todo el planeta, nuevos casos de contagios y también número de personas que han superado la infección. Y no dejamos de sorprendernos mientras el COVID-19 se extiende a lo largo y ancho del planeta en silencio.

Crisis sanitaria, crisis económica y crisis social de forma simultánea a nivel global. ¿Cómo podemos afrontar todo a la vez? Esta crisis se está gestionando día a día desde todos los ámbitos de la sociedad, con carácter de urgencia, pero sin la previsión que habríamos necesitado para evitar tantas muertes. Y, mientras soñamos con volver a la normalidad que dejamos atrás antes del confinamiento, probablemente tengamos que imaginar una nueva forma de organización social que ya asoma con la respuesta que surge a todos los niveles para solventar las emergencias de toda índole.

La responsabilidad para superar la pandemia corresponde al conjunto de la sociedad. Mientras los gobiernos están respondiendo con estrategias diferentes en la gestión sanitaria, uno de los aprendizajes a considerar es que las políticas frente al COVID-19 deberían ser comunes. En nuestro caso, la Unión Europea es el espacio político que alberga a 27 estados miembros, pero proporcionan respuestas muy diferentes y de forma poco solidaria hasta ahora. Por otro lado, la gestión de China, Irán o USA frente al virus deja mucho espacio también para la reflexión, enseñando debilidades y fortalezas de cada país. Sin embargo, esto no debería plantearse como una carrera para lograr votos, sino como una carrera de seres humanos para vencer a una epidemia que ha tenido muchas facilidades para extenderse sin apenas límites.

Con la crisis del coronavirus, las empresas están ofreciendo su lado más solidario con infinidad de acciones

Por su parte, las empresas están ofreciendo su lado más solidario con infinidad de acciones. Desde las donaciones, a la reestructuración e innovación para fabricar productos indispensables, sin olvidar los servicios gratuitos que prestan empresas a los sanitarios y colectivos vulnerables. Durante años hemos analizado la responsabilidad social de las organizaciones resultando difícil explicar que las empresas hacen una contribución positiva a la sociedad desde su gestión empresarial. Esto ha sido así porque las compañías han tenido respuestas tan contradictorias como poco creíbles: paraísos fiscales para no pagar impuestos, remuneraciones millonarias a directivos a la vez que se realizaban expedientes de regulación de empleo, corrupción empresarial, etc. En fin, siempre hemos considerado que la responsabilidad social es algo más que una forma competitiva de diferenciación con una buena valoración en los mercados, manteniendo que su propósito debería ser generar beneficio medible a todos los que aportan valor a las organizaciones (empleados, proveedores, consumidores, etc.), no sólo el crecimiento económico de los accionistas.

Esta epidemia está mostrando una respuesta rápida en las organizaciones que invita a reflexionar sobre las aportaciones verdaderamente valiosas que están haciendo en la sociedad. Estas contribuciones generan un impacto social sin precedentes que nos acerca de forma más creíble al concepto clásico y moderno de la responsabilidad social que también promueve Naciones Unidas, entre otras instituciones globales que promocionan la sostenibilidad global, a través de la implementación de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Son los ODS una buena guía de actuación para invitar a las empresas de todo el mundo a incrementar redes globales de cooperación para desarrollar una sociedad solidaria, puesto que es el principal reto al que debemos presentar atención ofreciendo soluciones para la humanidad. Esto incluye también los retos que tenemos las instituciones académicas para la educación de estudiantes que, hoy más que nunca, deben ser formados en la contribución real a la sociedad.

Por otro lado, debemos señalar la responsabilidad de los ciudadanos, en su vertiente cívica. Si bien la mayoría mantiene la distancia social, la higiene y la utilización de mascarillas y guantes de forma disciplinada (al menos la parte de la población que tiene acceso a todas estas medidas de higiene) todos en nuestras casas desarrollamos nuevas actividades derivadas del tiempo de confinamiento y nos hacemos conscientes del papel protagonista que tienen las tecnologías en la normalización de nuestras vidas. Esto, sin embargo, es muy dispar, según analicemos la situación de cada país. Mientras aquí tenemos alimentos, medicamentos, atención sanitaria, etc.  sabemos que millones de personas tienen grandes restricciones para cubrir las necesidades básicas, sin acceso al agua potable ni a la electricidad y alimentos, por lo que, ni siquiera pueden imaginar el impacto que internet podría tener en sus vidas. Mientras los ciudadanos de los países desarrollados esperamos pacientemente el desconfinamiento, las desigualdades sociales son ya muy patentes en nuestro entorno cercano y en otros lugares con menos recursos.

Nuestra solidaridad y responsabilidad ciudadana se puede multiplicar desde nuestros hogares, como ya estamos viendo mediante donaciones, un uso adecuado de todos los recursos a nuestro alcance y mostrando la solidaridad con los que ya están siendo muy castigados por la crisis. Pero lo hacemos con una nueva visión: lo que ocurre a los ciudadanos de Senegal, Ecuador, Nueva York o Milán, nos afecta a todos mientras no se consiga doblegar al virus, incluso después, cuando regresemos a la vida social y veamos el impacto económico del COVID-19.

Solidaridad individual con los vecinos, vulnerables, afectados y olvidados. Y compromiso y sensibilidad como consumidores con el comercio local, con un uso responsable de los productos. Y, si cabe, con mayor conciencia entendiendo que en este planeta todos los seres vivos estamos interconectados. Por ello, también deberíamos reflexionar sobre el momento crucial que vivimos frente al cambio climático, tal y como los científicos señalan de manera continuada. El tiempo se agota y el planeta se ahoga.

Las prioridades humanas han cambiado y ahora debemos asumir retos que ya no pueden esperar a las próximas generaciones

Gobiernos, empresas y ciudadanos debemos trabajar de manera más coordinada. Todas las interacciones posibles tienen un efecto multiplicador en una sociedad que ya se está reorganizando para dar respuesta a la gran necesidad de vencer a este virus. Son muchos los ejemplos que estamos viendo que demuestran que la solidaridad es indispensable para superar la pandemia. Estamos ante un gran desafío tecnológico que está permitiendo un gran avance de la ciencia, que permite una gran solidaridad global de científicos compartiendo resultados de sus ensayos y estableciendo redes de conocimiento para favorecer a todos los seres humanos afectados.

Esta es la nueva sociedad que está emergiendo. Y esta es la oportunidad para evolucionar como especie. Ningún virus ha matado a la humanidad y aunque algunos expertos hablan de peligro de extinción, más que nunca es momento de aprender de una pandemia que nos está permitiendo organizar nuestras vidas de otra manera para avanzar hacia un nuevo contexto social donde científicos, sanitarios, personal de limpieza, bomberos, etc. están protegiendo a la sociedad y ocupando un lugar relevante, el papel que les corresponde en este nuevo escenario social.

Por tanto, 2020 nos invita a repensar todo, lo imprescindible frente a lo superfluo, lo verdadero frente a lo falso, y nos permite eliminar lo que ya no funciona para acoger nuevos compromisos para el beneficio de todos los seres vivos que habitamos el planeta. Y, en definitiva, para entender que cada acción que acometemos tiene a su vez efectos en el entorno global.

Es una alegoría del siglo XXI ver a los animales paseando por las ciudades, animales de diferentes especies que ahora no se sienten amenazados, mientras nosotros sólo miramos por la ventana, eso sí, disfrutando de un aire limpio como nunca habíamos respirado.

¿Qué sociedad queremos construir ahora? Ojalá sea una sociedad vinculada a grandes proyectos globales, interconectada, sostenible, igualitaria, justa y con capacidad de discernir entre lo que es indispensable frente a lo que no aporta valor social. Si bien nos rodea la incertidumbre, las prioridades humanas ya han cambiado y ahora debemos asumir retos que ya no pueden esperar a las próximas generaciones. Vencer al COVID-19 es un gran desafío hoy, pero más lo es hacerlo juntos y para todos.


Belén López es Doctora en Comunicación y Directora de RSC de ESIC

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