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Transformación digital y economía circular: una era de oportunidades

La sociedad del siglo XXI está inmersa en dos grandes revoluciones que van a transformar nuestro sistema productivo: la digital y la medioambiental. ¿Qué nuevas posibilidades emergen cuando entran en conjunción? ¿Cómo podemos utilizar la tecnología para hacer una economía sostenible? Ethic y Signus reúnen a un grupo de expertos para analizar el desafío de la economía circular.

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Noemí del Val

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Borja Rebull
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19
Dic
2019
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Aún habrá que esperar unos 24.000 años para que Chernóbil sea habitable. Esa es la vida media del plutonio. La radiación sigue campando a sus anchas por las 160.000 hectáreas que conforman la llamada «zona de exclusión». Tampoco se puede sembrar. Sin embargo, esas tierras yermas sí han servido, paradójicamente, para albergar 3.800 paneles solares que ahora mismo están generando energía limpia.

Dos mundos en una sola imagen. Uno que asoma y otro que se desvanece. Como telón de fondo, la tecnología, aliada de las más importantes revoluciones y catalizadora en algunas de las más graves catástrofes. Es la metáfora visual perfecta de una transición en la que ya llevamos tiempo embarcados: la del abandono del modelo lineal sobre el que se sostuvo el siglo XX, regido bajo la fórmula de extraer (intensivamente), producir (barato), comprar (mucho), usar (poco) y tirar (todo), y ajeno a los impactos sociales y ambientales que la industralización arrastraría consigo.

En el mundo se generan, cada día, 3,5 millones de toneladas de desechos. 1,8 billones de piezas de plástico nadan en los océanos. Se desperdician 1.300 millones de toneladas de comida cada año. Gastamos 89.860.000 barriles de petróleo diarios. Consumimos, en resumen, los recursos equivalentes a un planeta y medio. Un despilfarro frente al que la economía circular se erige como el único modelo para evitar el colapso del planeta.

Gabriel Leal: «Se habla mucho de economía circular pero se hace poco. Hay barreras jurídicas, administrativas y legislativas que impiden avanzar»

«Debemos reflexionar sobre los procesos de producción y de consumo. Volver a un modelo de cuidado, de reparación, no como meros consumidores, sino como creadores de futuro. Como decía Ursula K. LeGuin, ha llegado el momento de imaginar un futuro mejor». Mónica Gutiérrez, project manager de Basurama, abría con estas inspiradoras palabras su intervención en el debate Transformación digital y economía circular: una era de oportunidades. Este encuentro, organizado por Ethic y Signus, reunió a académicos, emprendedores, portavoces de la Administración y otros expertos acreditados para compartir ideas y proponer soluciones que permitan abordar con éxito tamaño desafío.

La primera pregunta que deberíamos hacernos sorprende por su lógica: ¿qué entendemos por basura? Gutiérrez responde con contundencia: «La basura no existe. Está en los ojos del que mira. Si solo vemos los productos desde una perspectiva, centrada en para qué fueron creados, una vez cumplan su función, se les pondrá la etiqueta de ‘basura’, que es lo que nos impide otorgarles un valor. Un producto está fabricado con unos materiales, posee unas determinadas capacidades, tiene memoria… Puede tener nuevas vidas». Desde el colectivo Basurama entienden «el arte como arma de cambio y herramienta de resistencia». «La basura es trasversal, democrática y accesible. La basura determina: somos lo que tiramos», recuerda Gutiérrez.

«Es un cambio tecnológico, pero sobre todo mental», suscribe Gala Freixa. Esta joven emprendedora llevó la teoría a la práctica con Sheedo, un proyecto que nació en 2015 con el objetivo de revolucionar la industria papelera y reducir el consumo de plástico. El papel plantable, hecho con semillas, que comercializa esta startup, es todo un paradigma de economía circular. «Solo con la comprensión de la tecnología y la innovación podemos activar el cambio. Para ello, hacen falta muchos más perfiles tecnológicos, pero también humanistas», reivindica Freixa.

Algunas universidades españolas ya han recogido el guante. Es el caso de la Politécnica de Madrid, desde la que se imparte un Máster en Inteligencia Artificial que incluye asignaturas específicas sobre ética de los datos. «Tecnología con propósito en el huracán digital», según lo define Víctor Rodríguez, investigador en el Departamento de Inteligencia Artificial de esta institución educativa. «Necesitamos enseñar a los políticos las ventajas de la IA y, a los estudiantes, la importancia de su trabajo. Todos sus proyectos tienen que tener una evaluación del impacto social y ambiental. Es fundamental abordar el control sobre los algoritmos», cuenta este profesor.

Ciencia, tecnología y humanismo

La tecnología, en efecto, nunca es neutral. Chernóbil es buen ejemplo de ello. «A la verdad no le importan los gobiernos, ni las ideologías ni las religiones. Nos esperará eternamente», concluye el científico Valery Legasov, interpretado por Jared Harris en la magnífica serie de no ficción de HBO que aborda el accidente nuclear más famoso de la historia. En el intenso juicio que pone punto final a esta obra audiovisual, el protagonista recapitula las malas praxis e irresponsabilidades del régimen soviético y la KGB que condujeron a la tragedia. El hombre contra el hombre.

Pues bien, la verdad de hoy se llama Antropoceno. La figura del científico que encarna Harris se llama IPCC. Y la tecnología disponible se llama blockchain, inteligencia artificial y big data. «Necesitamos una confluencia entre el discurso ético, el técnico y el social. La IA tiene que contribuir a los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Detrás de las 169 metas que conforman los ODS hay valores humanistas», sostiene Federico Buyolo, director General de la Oficina del Alto Comisionado para la Agenda 2030.

Como señala Buyolo, esta Agenda firmada en el seno de Naciones Unidas en 2015 «es una hoja de ruta, no un documento final». «Hemos tardado cuatro años en conceptualizarla. Se ha hecho así para que permitiera generar esa vertebración del desarrollo y para que fuera entendida por todos: universidad, empresa, ciudadanía y Administración. No es una reglamentación para generar nuevos corsés. La única constante que vivimos es el cambio. Por eso necesitamos readaptarnos y liderar, y eso solo será posible mediante colaboraciones radicales», defiende el portavoz del Gobierno en funciones.

Ha llegado, por tanto, la década del cumplir. Pero, ¿cómo conseguimos esos consensos sociales en relación a la sostenibilidad, la lucha contra el cambio climático y los ODS? ¿Cuáles son las barreras y las resistencias? José Antonio Corraliza, catedrático de Psicología Ambiental de la Universidad Autónoma de Madrid, pone estas cuestiones sobre la mesa de debate. En su opinión, hay «un debate técnico y científico, y otro muy político, que crea mundos ilusorios». Se explica: «Es la paradoja psicológica del cambio climático. Nunca ha habido tanta evidencia de este fenómeno y, sin embargo, diversos estudios demuestran que la tasa de personas preocupadas por el cambio climático ha ido decreciendo. El problema es que estamos lanzando mensajes sobre el cambio climático que se basan en asustar. Y nadie puede estar asustado todo el tiempo. Es lo que llamamos ecofatiga. La gente se desconecta para dejar de agobiarse».

Otros estudios arrojan algo más de luz. El último informe sobre la situación en nuestro país de la Fundación Cotec afirma que uno de cada tres españoles está familiarizado con el concepto de economía circular. «Es un paso muy importante para que se produzca la transformación», asegura Adelaida Sacristán, directora de Estudios y Gestión del Conocimiento de esta organización. La mala noticia es que la transición hacia un modelo de producción y consumo más sostenible no avanza con la suficiente celeridad. «Nuestra manera de producir y consumir aún no tiene un planteamiento circular, por eso tenemos que tratar de cerrar los ciclos, desde el ecodiseño al reciclaje», opina Sacristán. «Para ello, la coordinación de todos los agentes involucrados es fundamental. Es una cuestión de toda la cadena de valor. Y, no olvidemos, también de financiación».

Federico Buyolo: «Necesitamos una confluencia entre el discurso ético, el técnico y el social. La IA tiene que contribuir a los Objetivos de Desarrollo Sostenible»

Esta última es, sin duda, una de las principales barreras, «si bien es sabido que las inversiones en tecnología se recuperan rápidamente, porque realmente ayudan a mejorar la gestión», interviene Gabriel Leal, director general de Signus. No es el único obstáculo: «Hay barreras jurídicas, administrativas, legislativas… que impiden que esto avance. Se habla mucho de economía circular, pero se hace poco», denuncia. Y redirige el foco al consumo: «Compramos y consumimos, somos cómodos, no somos racionales. El ser humano tiende al desorden. No derrochar significa un esfuerzo muy fuerte: es un sacrificio personal, y no todos están dispuestos a hacerlo», reflexiona Leal.

Por su parte, Corraliza recuerda: «El ser humano es extraordinariamente hábil para encontrar las razones de los problemas que él mismo provoca, pero muy poco hábil para cambiarlo. El modelo circular no se conseguirá si mantenemos nuestra cultura de ‘conquistadores’».

El economista británico John Maynard Keynes auguraba un futuro fulgurante allá por 1930. «En cien años, la humanidad habrá vencido su batalla contra la escasez», sostenía. A pocos pasos de alcanzar tal fecha del eje cronológico, la gran pregunta es bien distinta: ¿cómo gestionamos la abundancia? Y si tenemos el conocimiento, los medios y la tecnología, ¿a qué esperamos? El planeta no lo hará por nosotros.

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