Cultura

«La ansiedad afecta a todos los géneros, pero es más difamada y malentendida en las mujeres»

La escritora Olivia Sudjic analiza en ‘Expuesta’, su última obra, la «epidemia de la ansiedad» que ella misma sufrió tras publicar ‘Una vida que no es mía’, su primera y exitosa novela.

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27
Dic
2019
Entrevista a Olivia Sudjic

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Con 29 años publicó Una vida que no es mía (Destino, 2017) y provocó furor en su país natal, Inglaterra, y en gran parte del mercado anglosajón. La catalogaron como «la primera novela sobre Instagram» al tratarse de un thriller mediado por las redes sociales. Después del éxito y la promoción, le ofrecieron una beca en Bruselas para escribir un nuevo libro. Y, entonces, le sacudió ese fantasma tan habitual en nuestra época: la ansiedad.

Frente a un ordenador, en la habitación individual de una residencia, Olivia Sudjic (Londres, 1988) se sintió «una desconocida». Le ahogaba el aire y no se atrevía a redactar ni una línea. Le aterraba la idea de volver a tener que hablar con una multitud de desconocidos sobre su obra y mostrar, según indica, su «precariedad». Cautiva de las expectativas de la gente y tras varias relaciones tóxicas, de las que ha llegado a confesarse adicta, la escritora fue subyugada por el pánico. «Sentí que se me hacía un nudo en la garganta, el peso del terror intensificado, la vertiginosa sensación de estar en pie en la cornisa detrás de una ventana cerrada. Náusea, mareo, zumbido en los oídos, visión nublada, boca seca, hormigueo de sudor, temblores», describe en una de las páginas.

Tal desasosiego reencauzó su producción. De repente, alteró los planes de una segunda novela y se pasó al ensayo. Expuesta (Alpha Decay, 2019) nació para verter aquello que recorría su cuerpo y, a la vez, para analizar lo que considera una epidemia. «Escribir esto es un intento de dar sentido a algo que puede experimentarse como un problema de percepción, aunque no porque la angustia atenúe la sensibilidad. Hace lo contrario, de manera que cada impresión es demasiado aguda», narra, añadiendo que «todo parece brillar con implicaciones o tiene un significado magnificado, como bajo un microscopio. Incluso el silencio parece cargado».

Un tercio de la población sufre angustia en algún momento de su vida

«Es sencillo no hacer caso a la angustia. Es algo que todos nosotros experimentamos hasta cierto punto como parte de la vida normal, y en ocasiones no falta un buen motivo. Puede ser una respuesta fisiológica apropiada al peligro, la incertidumbre, la inestabilidad o la sensación de impotencia. Tiene un propósito evolutivo: ayudarnos a permanecer con vida», señala más adelante, aludiendo a ese tercio de la población que la sufre en algún momento de su vida. También comenta lo difícil que es pedir ayuda cuando sientes que esa enfermedad «no es real» y dispara contra el individualismo, el libre mercado o la incertidumbre vital como algunas de las causas de esta pandemia.

Sudjic, hija de la primera editora de la revista Condé Nast Traveller en Reino Unido y del director del Museo del Diseño de Londres, observa el#MeToo como un movimiento que «alivia el aislamiento e invierte la vergüenza» de muchas mujeres, critica la vulnerabilidad que producen las redes sociales y concluye que esa vigilancia virtual constante es «al mismo tiempo exposición y confinamiento». Influida por voces femeninas como la de Zadie Smith o Maggie Nelson –a las que lee «no solo para encontrar diferencia, sino para encontrar comunión y sentir que mi vida interior y la del autor se han fundido levemente»–, duda de la separación por sexos en la literatura. Recién salida de las elecciones que han dado más poder al Brexit y con, ahora sí, una segunda novela en ciernes, Sudjic responde, por correo electrónico –lo prefiere a una conversación–, una tanda de preguntas que deja a medias.

¿Crees que Expuesta tiene algo de continuación con Una vida que no es mía en el tema de la identidad y la sobreexposición a los demás? ¿Has seguido siendo, como llegaste a afirmar, prisionera de ese libro?

Definitivamente lo hace, sí. Sentí que parte de los lectores de Una vida que no es mía lo veían simplemente como un libro sobre el acoso y la invasión de la intimidad en internet, y quería abordar algunos de los otros temas que tenía en mente con un texto de no ficción. Por supuesto, no se puede decir a la gente de qué trata una novela, y me gusta ese hecho, pero creo que en este caso había algo más: creo que a la ficción escrita por mujeres se le presupone una ausencia de significados sociales, políticos… Especialmente cuando está narrado en primera persona. Por eso quería tocar eso en Expuesta, así como señalar, de manera más sutil y analítica, los problemas más amplios que había intentado desgranar en la novela.

¿Ha vuelto a atacarte esa ansiedad al presentar y promocionar este libro?

Justo antes de que saliera, sí. Pero, extrañamente, una vez que se publicó, recibí tantos mensajes sorprendentes y de apoyo de todo tipo de personas que la ‘terapia de exposición’ de la que hablo en el libro –exponerse a lo que temes para curarlo–, resultó positiva. ¡Realmente funcionó mejor de lo que pensé!

«Todos proyectamos una imagen fingida de nosotros mismos, y seguimos haciéndolo hasta que conseguimos parecernos a ella»

Te pusieron la etiqueta de ‘la novelista de Instagram’, igual que a Sally Rooney la denominan ‘La Salinger de la era Snapchat’. ¿Crees que son acertadas estas etiquetas?

Estas etiquetas pueden ser útiles, pero creo que, como tácticas de marketing, pueden terminar siendo un poco dañinas. En parte porque deja ver los entresijos del capitalismo y del mercado editorial –en los que esas consignas son relevantes– y en parte porque hay diversos lectores y escritores que no se sentirán representados por un escritor como portavoz generacional, lo cual, también está bien.

Dices que se suelen buscar más paralelismos entre la vida y la ficción cuando se trata de autoras femeninas, como pasa con Rachel Cusk o Elena Ferrante, a quienes mencionas. ¿A qué crees que se debe?

¡Absolutamente! ¿Por qué? Por muchas razones. Empezando porque es más excitante o porque es una forma de desprecio o de intimidación. Y eso son solo algunas de las ideas rápidas que me vienen a la mente en este momento.

En un artículo publicado en The Guardian exponías que la cultura se ha fragmentado. ¿Impide esa fragmentación que haya un movimiento que aglutine las voces de una generación?

No. Y, además, tampoco diría que tiene que haber un movimiento que lo haga. Una comunidad de voces diversas es exactamente lo que se necesita en este momento, en lugar de una sola voz que hable por todas. Sin embargo, creo que, hoy en día, es mucho más difícil salir fuera del eco que resuena en nuestras habitaciones por culpa de las redes sociales.

Uno de los términos a los que te refieres en el libro es el de ‘identidad’. ¿La hemos perdido?

No creo que lo hayamos perdido en términos colectivos. Creo que el surgimiento de la política de identidad muestra que las personas se sienten protectoras y conscientes de las amenazas a la identidad grupal, pero también veo que los jóvenes probablemente estén cada vez menos interesados ​​en el individuo a secas, y más centrados en el individuo dentro de una comunidad.

¿Es el desarraigo actual, del que hablas en Expuesta, uno de los focos de ansiedad? ¿Qué lo provoca?

La globalización e internet parecen ser dos de los grandes factores que hacen que las personas se sientan desarraigadas.

En tu libro señalas que intentaste mostrar estabilidad «hasta que esta realidad se unió con la ficción». ¿Solemos fingir de cara al resto?

Sí, desde luego. Creo que todos proyectamos una imagen fingida de nosotros mismos, y seguimos haciéndolo hasta que conseguimos parecernos a ella.

A veces, quienes no sufren ansiedad, la abordan desde un ángulo equivocado, minimizándola o despreciándola. ¿Cuál debería ser la forma de actuar y de reaccionar ante ella?

Creo que se minimiza y también se malinterpreta. Por ejemplo, la gente piensa a menudo que las personas extrovertidas no pueden padecer ansiedad, que eso solo lo sufren las introvertidas. Y está mal, es un error. En lugar de tirar de la frase hecha de «no hay nada de qué preocuparse» o intentar deshacerse de ellos –haciéndoles sentir locos o avergonzados—, deberíamos apostar por decir: «puedo entender por qué están preocupados, pero creo que deberíamos dejar hablar a su ansiedad». El sentimiento más habitual es el de desesperación, de tener ganas de tranquilidad y de no poder pensar con claridad por el estado de pánico en el que te encuentras.

Te quejas de la asociación de la ansiedad con el género femenino. ¿Tiene género la ansiedad?

Creo que la ansiedad afecta a personas de todos los géneros, pero es más difamada y malentendida en personas que identifican como mujeres. En parte porque hay una asociación histórica larga entre la locura o la histeria y la mujer.

¿De verdad somos, como señala Olivia Laing en una de las citas del libro, «menos sólidos»?

Eso espero, porque eso significaría que somos más flexibles.

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