Derechos Humanos

«¿Cómo se verá el cielo en mi pueblo?»

El último recuerdo que John guarda de su país es el color del cielo. Este niño de 14 años huyó de Sudán del Sur en 2011. Ahora vive en el campo de refugiados de Adjumani, en el norte de Uganda, donde cuida de sus tres hermanos. World Vision nos brinda su testimonio.

Artículo

Blanca Ariño

Fotografía

Stefanie Glinski
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18
Jun
2018
refugiado
De izquierda a derecha: Bir (4), Abraham (10), John (14) y Yong (8).

Un niño con pantalones cortos color púrpura y una camiseta lavada se sienta debajo de un árbol en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur, mirando cómo los murciélagos entran y salen de su choza de barro. En aquel momento, ese niño de 11 años no sabía que esa iba a ser su última noche en paz. El sol se puso aquel día y ​​la noche cubrió su pueblo. John no tenía electricidad, pero amaba el cielo claro de su país, lleno de estrellas. Ese fue su último pensamiento antes de quedarse dormido.

John, de 14 años, se convirtió en el responsable de sus tres hermanos tras el brutal asesinato de sus padres

Se despertó en mitad de la noche y la realidad cambiaría su vida para siempre: solo se oían disparos y gritos, linternas que atravesaban la oscuridad y rebeldes por todas partes. Cuando John comenzó a correr, algunas chozas ya habían sido incendiadas y el humo negro llenó sus pulmones. Aunque no sabía a dónde iba, nunca había corrido tan rápido. No había tiempo ni siquiera para agarrar una chaqueta o algo de comida.

En el caos, John no pudo ver a sus padres y hermanos. «Corrí varias millas hasta que llegué al río y pasé el resto de la noche allí solo. Por la mañana encontré a mis hermanos, pero un vecino me dijo que mis padres habían sido brutalmente asesinados. Mi vida se vino abajo cuando escuché estas palabras».

Centro de tránsito de refugiados en Adjumani, en el norte de Uganda

John tiene ahora 14 años y vive en una comunidad de refugiados en el norte de Uganda. Al igual que miles de personas, hizo el largo viaje por su país a pie con sus tres hermanos. «Fue un viaje peligroso. No tenía zapatos y apenas teníamos comida ni agua. De repente, me convertí en responsable de mantener a salvo a mis tres hermanos menores».

Uganda recibe cada día a cien refugiados procedentes de Sudán del Sur

Tres años después de que su pueblo fuera atacado, Sudán del Sur aún no ha alcanzado la paz  y la lucha continúa en todo el país. Se trata de una guerra casi olvidada por la que más de 4 millones de personas han sido desplazadas desde que comenzó, en el año 2013. La mitad ha huido a países vecinos como refugiados, principalmente a Uganda, donde actualmente hay más de 1,3 millones de sudaneses del sur. El país recibe cada día a cien refugiados. John es uno de los que se fue. «Me encantaba vivir en mi pueblo, con mis padres. Hoy estoy criando a mis dos hermanos y hermana. Soy su madre y su padre, y me ocupo de ellos todos los días. La vida es muy dura». Sin embargo, John tiene aquí una vida un poco más fácil que la que tendría en su país de origen, donde la mitad de la población, casi 6 millones de personas, se enfrenta a la inseguridad alimentaria y los esfuerzos de reconciliación del gobierno avanzan lentamente.

«Un día, espero que haya paz»

John y sus hermanos viven en una cabaña y tienen vecinos amables que los ayudan con sus tareas diarias. La vida en el norte de Uganda es más segura y los cuatro niños, incluido John, tienen la oportunidad de asistir a la escuela. Sin embargo, el trauma del ataque rebelde es profundo. «Recuerdo el tiroteo y el fuego. Pienso mucho en mi papá, porque ahora estoy en su posición. Tengo 14 años, pero soy el jefe de la casa». Él, al igual que miles de refugiados que viven en ese asentamiento, continúan dependiendo de organizaciones internacionales. Al vivir en comunidades anfitrionas de Uganda, reciben raciones de comida, agua potable y apoyo psicológico. Los hermanos de John acuden a un Espacio Seguro para Niños puesto en marcha por la ONG World Vision, todas las tardes. Allí se olvidan de su pasado aprendiendo bailes nativos y jugando en los toboganes.

Bir Malaka (4), hermano menor de John

John ha tenido una vida intensa. Parece un adulto. Parece más mayor de lo que es. «Un día, espero que haya paz», dice en voz baja mientras se pone el sol y la última luz del día se desvanece. Al observar a los niños jugar, se pone de manifiesto su gran capacidad de recuperación. Sudán del Sur es una nación fuerte, que se podrá reconstruir si recibe la ayuda necesaria y se puede garantizar un acuerdo de paz duradero.

Pensando en su pueblo natal, hay una cosa que John sintió que podía traer a Uganda: el cielo lleno de estrellas. «Es el mismo cielo aquí que en mi pueblo y cuando miro hacia arriba me pregunto cómo se verá allí en este momento», dice mientras juega con su collar.

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