Innovación

¿La dictadura de las máquinas?

El avance exponencial de las tecnologías siembra el debate sobre el papel del ser humano en un mundo dominado por máquinas. Sus defensores creen que es la herramienta clave para superar retos futuros.

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Luis Meyer
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27
Feb
2016
Luis Meyer | Ilustración: Javi Muñoz

El avance exponencial de las tecnologías siembra el debate sobre el papel del ser humano en un mundo dominado por máquinas. Sus defensores creen que la inteligencia artificial es la herramienta clave para superar retos futuros.

Es complicado dar crédito a quien asegura, taxativamente, que los extraterrestres son una amenaza, ya que algún día colonizarán nuestro planeta en busca de recursos. Pero si quien lo dice es Stephen Hawking, artífice de la teoría del Big Bang, la definición del origen del universo aceptada unánimemente por la comunidad científica, la sentencia se torna inquietante. Tanto como esta otra afirmación del astrofísico en relación al tema que nos ocupa: «El éxito en la inteligencia artificial es lo peor que le podría ocurrir a la humanidad».

Concretamente, Hawking se refería, en un artículo del diario británico The Independent, a su hipotética implementación definitiva, que sería «el mayor evento en la historia de la raza humana, pero también el último». El visionario Elon Musk, fundador de la revolucionaria marca de coches eléctricos Tesla, incluso ha aventurado que «la inteligencia artificial, en cinco años, puede ser algo peligroso ». José Manuel Abad, ingeniero informático, cree que ya estamos en condiciones de no tomar ese supuesto como una hipótesis: «Depende exclusivamente de la capacidad de cálculo de las computadoras. Y, hoy en día, los chips y procesadores evolucionan a una velocidad exponencial. Antes de lo que pensamos, tendremos una máquina capaz de actuar exactamente igual que un cerebro humano. Lo único que tiene que suceder es que alcance su complejidad, que, aunque muchos consideran infinita, no lo es».

La inteligencia artificial no es cosa del futuro, lleva mucho tiempo entre nosotros. Tal vez el hito más llamativo que nos hizo tomar conciencia de su potencial fue cuando Deep Blue, la supercomputadora de IBM, hizo jaque mate a Gari Kaspárov, campeón del mundo de ajedrez, si bien el término se acuñó por primera vez en 1956, durante la conferencia de Dartmouth. Los investigadores que allí se reunieron concluyeron que cada aspecto del aprendizaje y las características de la inteligencia podían ser tan precisamente descritos como para crear máquinas que las simularan. Pero la averiguación del potencial real de la inteligencia artificial llegaría dos años después de la mano del físico John von Neumann, que añadió el concepto de singularidad: un ordenador será capaz de automejorarse e incluso rediseñarse a sí mismo. Un ciclo que llevaría a una sucesión de efectos fuera del control humano, en el que máquinas inteligentes procrearían generaciones de otras, sucesivamente, cada vez más potentes, superiores a la capacidad intelectual humana.

«La singularidad tecnológica es un tema muy actual, que todo el mundo conoce», desmitifica Abad. «La hemos visto representada en películas como Matrix o Terminator, es un tema muy recurrente en Hollywood. Pero la pregunta que hay que hacerse no es si la humanidad será capaz de crear máquinas tan potentes, sino si seremos capaces de darles el uso adecuado. Yo creo que sí, por mucho que recelemos de la condición humana, un mundo dominado por máquinas no es más que eso: ciencia ficción».

La Universidad Singularity nació en Silicon Valley precisamente de esta premisa, y promueve y facilita el desarrollo exponencial de la inteligencia artificial. «Ellos son un ejemplo de cómo hay que manejar un hecho que ya es innegable, porque orientan su uso a resolver los grandes desafíos de la humanidad», aclara Abad. Precisamente, los directivos de esta institución, durante una conferencia en Buenos Aires, abrieron el evento con una frase tranquilizadora: «La tecnología destruye trabajos, pero crea nuevos». Y a continuación pusieron un claro ejemplo: Kodak, la empresa de fotografía, estaba valorada en 2012 en 100 millones de dólares; Instagram, red social e icono de las instantáneas digitales en la nube, en diez veces más. Con solo 13 empleados. «Es una cuestión de adaptarse a los nuevos tiempos, pero eso es algo que lleva sucediendo desde la Revolución Industrial», concluye Abad, y coincide con lo que contaba Peter H. Diamands en su libro Abundancia: «En 1862, el 90% de los trabajadores de Estados Unidos eran campesinos. En los años treinta, el 21%. Hoy, menos del 2%. Los viejos puestos de trabajo de baja cualificación fueron sustituidos por nuevos trabajos más especializados. Es el camino del progreso».

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Menos ‘yo, robot’ y más nosotros

La inteligencia artificial es un hecho que manejamos ya en nuestro día a día, desde que usamos Google, que se anticipa a nuestras peticiones, escribimos con un procesador de texto que corrige automáticamente nuestros errores ortográficos o convertimos el teléfono móvil (no por casualidad se denomina smartphone) en una herramienta irrenunciable. Normalmente la asociamos con robots espectaculares, pero su aplicación es mucho más cotidiana; incluso rural, como el proyecto emprendido por Antonio Bahamonde, uno de los responsables del Centro de Inteligencia Artificial en la Universidad de Oviedo. Su departamento ha desarrollado un software basado en la información y el aprendizaje que permite anticipar qué vacas autóctonas de Asturias son más recomendables para la procreación y cuáles para la industria cárnica. Basta con introducir datos como las medidas o las tonalidades de la piel. «Por supuesto que desde siempre han existido veterinarios y expertos que desarrollaban esta función», concede Bahamonde, «pero nuestro programa no va a sustituirlos, sino a perfeccionar su trabajo».

El ingeniero informático gijonense reniega de los agoreros que pronostican un destino fatal para la humanidad: «La inteligencia artificial, hoy por hoy, solo está ahí para ayudarnos con retos futuros. Por ejemplo, el medio ambiente. El objetivo de nuestro proyecto es mejorar una raza autóctona, aumentar la riqueza en el medio rural y, por tanto, fomentar su sostenibilidad».

El investigador Herón Lozano, del Instituto Politécnico Nacional de México, va más allá: «La inteligencia artificial tiene mucho que decir en la lucha contra el cambio climático». Su trabajo se centra en el sistema de lógica difusa, que toma dos valores aleatorios y los contextualiza. «Por ejemplo, para determinar que una persona de 1,85 metros es alta, lo compararía con otras de 1,50. Así es como va estableciendo los razonamientos», explican desde el IPN, que encuentran su aplicación en uno de los problemas más acuciantes de una ciudad como México DF: «Los sistemas difusos permiten la creación de detectores inteligentes de contaminación. Podrían clasificar la tipología y el nivel de los gases, y también el origen de diferentes fuentes de ruido. Y se aplican al desarrollo de semáforos inteligentes: en función de la concentración del tráfico, activan un color u otro para hacerlo más fluido y evitar retenciones, principal foco de las emisiones contaminantes».

Educar con cabeza(s)

La inteligencia artificial es un fenómeno actual al que debemos anticiparnos, y la vía adecuada es la educación, como opina José Antonio Marina, filósofo, ensayista y pedagogo. «Es peligroso el camino que está tomando el sistema educativo con las nuevas tecnologías. No se trata, como aplican ya en muchos centros, de que los alumnos aprendan a manejar la información que está en la nube. Hay que ir más allá y enseñarles programación desde los 11 años», y zanja: «Un burro conectado a Internet sigue siendo un burro».

Su proyecto Centauro, aún en fase germinal, parte de un concepto que ya aventuró Kaspárov tras ser derrotado por Deep Blue. «El jugador del próximo siglo tendrá cabeza humana y la información en un ordenador». El filósofo plantea que niños y adolescentes, en su etapa escolar, creen una memoria artificial propia e intransferible, llena de conocimiento. «Se trata de que ellos sepan dilucidar qué información les conviene tener guardada», aclara. «Si, por ejemplo, quieren ser escritores, sería la semántica, experiencias, documentación, ortografía… Y la parte creativa y de resolución, queda en la memoria biológica. Deben saber manejar ambas como algo normal y cotidiano».

¿Comporta riesgos despojarse de la capacidad memorística y dejarla al albur de un disco duro? «Ese es el error de planteamiento», replica Marina, «al contrario de lo que muchos piensan, la memoria no es solo repetir la lista de los reyes godos; es la inteligencia en sí misma, por eso es tan importante que sea el alumno, desde niño, quien la cree, tanto la biológica como la artificial». Y pone un ejemplo: «Cuando el ser humano inventó el lenguaje, era una herramienta que construyó el cerebro. Y al final el cerebro terminó dependiendo del lenguaje. Es lo que yo llamo el bucle prodigioso. Lo que hace el cerebro revierte en él y lo cambia. Lo mismo pasa con la herramienta de notación musical. Ahora el cerebro compone a partir de un pentagrama, por ejemplo, que es una creación humana. Pero ha adaptado su proceso de creación a este sistema».

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El arte de ser artista en el siglo XXI

Lo cual lleva a otro debate emergente: ¿Puede la inteligencia artificial sustituir algo tan intrínsecamente humano como la creatividad? El robot e-David que desarrollaron en la Universidad de Constanza, Alemania, pinta sobre lienzo cuadros impresionistas a partir de fotos. El experto en creatividad computacional Simon Colton creó el software The Painting Fool: lee la prensa, reconoce el carácter negativo o positivo de cada noticia y pinta un retrato a partir de un estado de ánimo. Pero el caso más llamativo es el de Francisco José Vico, catedrático de Inteligencia Artificial en la Universidad de Málaga y ponente en el campus de Berkeley, California. Es el artífice de Iamus a través de su empresa Melomics: la primera máquina de la historia capaz de componer una pieza de música clásica partiendo de cero. «Hicimos la prueba», explica su creador, «la presentamos a un reputado crítico de música clásica de la BBC sin desvelar su origen». El resultado está en las hemerotecas: «Una obra deliciosa, con reminiscencias de las piezas contemporáneas francesas de comienzos del siglo XX», contaba un convencido Peter Russel.

Una vez más, el pilar en el que se basa Iamus es el común denominador de la inteligencia artificial: el aprendizaje. «Es como estudiar solfeo. Expertos en música le han ido enseñando a la máquina qué vías debe tomar para componer. Si, por ejemplo, Iamus escribiera un acorde de piano con seis notas, los expertos le rectificarían, ya que una mano no puede tocar más de cinco a la vez».

La pregunta es obligada: ¿Dónde queda el artista? «En el caso de Iamus no tiene ningún papel porque compone cada obra desde cero, sin intervención humana. Pero eso no implica que deba desaparecer. Podrá introducir parámetros como allegro, y los instrumentos que desee. Iamus le propondrá al momento miles de opciones y solo tendrá que elegir una. El artista tendrá otro cometido: el de seleccionar», aclara Vico, que defiende su creación ante el resentimiento de la comunidad de artistas. «Con Iamus, el músico puede inventar géneros. Avanzamos musicalmente al ritmo humano. Ahora hacemos fusiones de géneros, por ejemplo, flamenco y jazz. ¿Cómo sería eso si pudiéramos acelerar esta evolución por cien o por mil? Iamus lo único que hace es potenciar la creatividad».

La inteligencia artificial para apoyar al ser humano, no sustituirlo. Una pretensión delicada, a poco que uno observe que está incardinada en casi cualquier aspecto de la vida. También el financiero: la moneda virtual bitcoin, que se usa desde 2007 para comprar y vender en la red, fluctúa su valor al margen de gobiernos y bancos centrales, por medio de un algoritmo propio que mide su cantidad y el número de transacciones en tiempo real. Y la inteligencia artificial estará presente en el Derecho: en decisiones tan frágiles como que un individuo vaya o no a la cárcel.

Watson, otro superordenador desarrollado por IBM, mostró su potencial al ganar el concurso televisivo de preguntas estadounidense Jeopardy! Posteriormente se le han dado otros usos, como realizar diagnósticos médicos o proponer sentencias judiciales. Carlos Fernández, especialista de publicaciones jurídicas de la editorial Wolters Kluwer, defiende una vez más el papel de la inteligencia biológica sobre la artificial: «El Derecho es un sistema de reglas, pero no contempla todos los supuestos posibles. Cuando una norma no contempla un hecho nuevo, es la creatividad humana la que aporta su resolución. El buen abogado seguirá teniendo un papel, como cualquier profesional en cualquier sector. Hay elementos humanos que nunca serán sustituibles por un ordenador, por muy potente que sea».

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