Cultura

El humanismo como motor de disrupción

«Si no situamos a las personas en el centro, va a ser complicado que nuestra sociedad avance. Necesitamos recuperar la empatía como capacidad transformadora», sostiene Carmen Bustos, directora de Soulsight.

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08
Oct
2015
Carmen Bustos, CEO de Soulsight

Las ideas que nos han acompañado durante años, e incluso siglos, deberían estar en permanente estado de cuestionamiento. El mundo evoluciona, lo hace deprisa, y en cuestión de horas deja obsoletos planteamientos que se presentaban como verdades universales.

Como en otros momentos históricos estamos ante una profunda transformación del conjunto de valores económicos, políticos y sociales que habían constituido la civilización hasta ahora. Una vez más, nos encontramos en un momento de redefinición, y el ser humano vuelve a ser el protagonista.

Nuestro poder para resolver los problemas complejos y abstractos que se presentan en esta nueva era y la capacidad de innovar nos hace conscientes, como en otras épocas, de la importancia del humanismo. No sólo como modelo de pensamiento que favorezca el desarrollo de nuevos ideales sociales y una nueva perspectiva de la ética, sino como el principal motor para confiar en nosotros mismos en la búsqueda de nuevas soluciones.

En un mundo global y digitalizado, donde lejos de acabar con las desigualdades, estas se amplifican, necesitamos renovar nuestro pensamiento asumiendo nuestra responsabilidad. Trabajar para un cambio que aporte sentido y solucione los grandes problemas del siglo XXI.

Construir un mundo mejor es más que posible, lejos de los mensajes apocalípticos, estamos ante una etapa increíble. Por primera vez en la historia de la humanidad poseemos los medios -ciencia y tecnología-, lo que demuestra que el reto que tenemos entre manos, depende más de nuestra generosidad, empatía y creatividad, que de su factibilidad.

Las organizaciones son actores principales en todo este proceso. Repensar la manera en la que funcionan, se relacionan, y generan valor debería ser un propósito clave en sus agendas. No sólo para sobrevivir en un entorno sumamente competitivo sino como oportunidad para buscar la innovación de sus propios modelos de negocio.

Esto pasa sin duda por pararse a reflexionar, replantear sus valores, el estilo de liderazgo y, por supuesto, los códigos éticos. ¿Podemos seguir funcionando cómo los últimos 100 años? ¿De verdad todo va a seguir valiendo con tal de conseguir complacer a los accionistas? ¿De verdad la honestidad y la transparencia van a seguir estando por detrás de la maximización de resultados económicos? ¿De verdad los códigos de éxito van a estar tan lejos del progreso social?

La doble moral, las verdades a medias, el maquillaje, dan paso a un consumidor sumamente informado, crítico y cansado de que le tomen el pelo. Si el motor ya no es la convicción, al menos que sea el miedo a quedarse fuera del mercado. Porque lo que parecía imposible, que una compañía perdiera poder ante sus clientes, empieza a ser una realidad.

Está claro, necesitamos nuevas miradas, nuevas ideas, pero sobre todo necesitamos evidenciar la necesidad de recuperar la empatía como capacidad transformadora. La humanidad en el diseño de esas ideas. Si no tenemos a las personas en el centro, sus problemas, sus necesidades, va a ser complicado que avancemos hacia un mayor progreso social.

Para ello es importante salir de nuestras cuatro paredes, conocer en primera persona la realidad, volver a tocar, a sentir, volver a conectar con el ser humano. Igual de importante es la diversidad. Equipos mucho más heterogéneos, donde tengan cabida disciplinas que hasta ahora se habían mantenido lejos del mundo de los negocios, así como una presencia mucho mayor de la mujer en puestos de responsabilidad.

Antropólogos, filósofos, sociólogos, diseñadores, artistas, cualquier profesión que esté en contacto con la esencia del ser humano constituye una gran oportunidad para generar el cambio necesario. Colaborar, compartir, co-crear, deberían ser acciones que se implementaran en el día a día del negocio.

Creo que no hay reto más ambicioso que contribuir al cambio de una época que reconoce nuestro valor como creadores e individuos. Repensemos la esencia, las prioridades. Tenemos la responsabilidad de pasar a la historia como una sociedad que apostó por la ética como verdadero motor de disrupción.

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