10 formas de pensar el tiempo
El tiempo ha sido explicado como medida, cambio y percepción. De los ciclos astronómicos a la experiencia personal, distintas filosofías muestran cómo entendemos aquello que organiza nuestra vida.
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Medimos las horas, los días, los meses, los años. Hemos encontrado una forma compartida de medir el tiempo, pero decir qué es se vuelve mucho más complejo. Cada cual tiene una imagen de él y de cómo lo llena (o no) de sentido, de cómo lo vive o de cómo lo pierde. Y esta percepción también cambia a lo largo de la vida.
En Timeo, Platón define el tiempo como la «imagen móvil de la eternidad». Para él, el Demiurgo (o artesano divino) «al ordenar el cielo, hizo de la eternidad que permanece siempre en un punto una imagen eterna que marchaba según el número, eso que llamamos tiempo». Este nació con el universo, cuando los movimientos celestes se empezaron a relacionar con los movimientos de los seres naturales. «La decisión divina de crear el tiempo hizo que surgieran el sol, la luna y los otros cinco cuerpos celestes que llevan el nombre de planetas para que dividieran y guardaran las magnitudes temporales», afirma Platón. Los movimientos del sol, la luna y los planetas marcaron los primeros ritmos que las culturas humanas tomaron como referencia. Antes de que existieran relojes o calendarios, los ciclos astronómicos ofrecieron una medida estable y compartida del paso del tiempo.
Aristóteles fue el primero en estudiar el tiempo como concepto necesario en la ciencia física. Explica el filósofo Jesús Conill que Aristóteles «hizo posible las interpretaciones “objetivistas” y “subjetivistas” del tiempo, ya que consideró que el tiempo depende del movimiento y del alma». Por tanto, implica movimiento: solo existe cuando percibimos un cambio y distinguimos un antes y un después. Así, Aristóteles representa el presente como un punto en una línea, entendiendo el tiempo como una sucesión ordenada que mide la continuidad del cambio. Conill señala que Aristóteles intentaba objetivar un orden de percepción, cuyo lugar privilegiado es la conciencia: «es la percepción interior, la conciencia, el cambio interno: el dato primordial y originario es el dato interior, personal, variable, en que consiste la conciencia del cambio interior. Solo ese dato puede despertar la idea de tiempo».
Este énfasis en la interioridad influirá en Agustín de Hipona, para quien el tiempo no está en las cosas, sino en el alma. Agustín sostiene que pasado, presente y futuro no existen fuera de la mente: el pasado vive en la memoria, el presente en la atención y el futuro en la expectativa. El tiempo es una «distensión del alma», una tensión interna que une recuerdos, percepciones y anticipaciones. Con él también cambia la forma de entender el tiempo histórico. Mientras que en buena parte del pensamiento antiguo dominaba una idea cíclica de la historia, marcada por los ritmos naturales y los movimientos astrales, con las creencias judeocristianas, se introduce una concepción del tiempo que tiene un inicio y un fin. La vida humana avanza dentro de esa línea dirigida hacia un sentido.
Platón define el tiempo como la «imagen móvil de la eternidad»
Esta idea también podemos encontrarla en Hildegarda de Bingen, quien fusiona el pensamiento platónico y neoplatónico con los relatos bíblicos de la creación. Para ella, «Dios es el punto de partida de toda la creación y de toda reflexión sobre el mundo. En Dios existe el conjunto de la creación posterior, en un principio sin tiempo ni espacio, como pura forma», explica María Eugenia Góngora en la introducción del Libro de las obras divinas. Su cosmología mística representa el tiempo como un proceso ordenado, un movimiento que une lo humano y lo divino.
«El tiempo no es otra cosa que la forma del sentido interno, esto es, del intuirnos a nosotros mismos y nuestro estado interno», afirma Kant en Crítica de la razón pura. Ttiempo y espacio no existen como algo independiente, sino como formas puras de nuestra sensibilidad. Para él, la sensibilidad es la facultad pasiva mediante la que recibimos representaciones que se nos dan como intuiciones, mientras que el entendimiento es la facultad activa que organiza esas intuiciones a través de conceptos. Las intuiciones pueden ser externas o internas, y pueden ser empíricas, cuando provienen de los sentidos, o puras, cuando no derivan de la experiencia sino de la estructura que nuestra mente utiliza para ordenar lo que percibe. Esa estructura no proviene del mundo, sino del sujeto, y está formada por el espacio —que nos permite situar lo externo— y el tiempo —que organiza tanto lo externo como lo interno—. Sin ellas, estas formas, las percepciones no tendrían coherencia. El tiempo funciona, por tanto, como una intuición a priori: no deriva de la experiencia, sino que es la condición previa que hace posible que percibamos cualquier cambio o sucesión.
También Hegel afirma que «el tiempo es, como el espacio, una pura forma de la sensibilidad o de la intuición». Pero da un paso más: el espacio expresa la objetividad abstracta y el tiempo, la subjetividad abstracta, el principio mismo del yo. Por eso, el tiempo está ligado al espíritu, aunque este no queda sometido a él. «El tiempo es el ser que, mientras es, no es, y mientras no es, es; el devenir intuido», afirma Hegel.
En su primera etapa, el pensamiento de Simone Weil y su perspectiva del tiempo están también influenciados por las teorías de Kant. Como señala el filósofo Juan Manuel Ruiz Jiménez, Weil considera que «es a través del tiempo que accedemos a la realidad y a toda posibilidad de sentido en esta». Esa perspectiva se intensifica en su reflexión sobre el trabajo: el tiempo es una mediación entre cuerpo y mente, un intervalo en el que lo real se revela a través de la espera, la atención o el esfuerzo. Para Weil, existe «un lazo entre el trabajo y el yo, lazo que pasa por el tiempo, definido por ella como la separación entre lo que soy y lo que quiero ser, de tal manera que el único camino, de mí hacia mí, es el trabajo», explica la filósofa Pamela Jijón.
Si en la Edad Media el tiempo se concebía de forma lineal, en Hannah Arendt se vuelve mucho más complejo: se mezclan acción, historia y política. Fernando Bárcena explica que en Arendt encontramos «una filosofía de la historia en la que ya no cabe pensar la Historia según las categorías fundacionales de la modernidad —continuidad, causalidad y progreso—, sino más bien como discontinuidad y ruptura». Para Arendt, la esencia de la existencia humana no está en la muerte, sino en el nacimiento. Nacer significa que el mundo recibe a alguien capaz de iniciar algo nuevo.
Pero, seguramente, lo que más nos asusta del tiempo es saber que el nuestro es finito. Las referencias al paso del tiempo están en canciones, poemas, libros, películas y fotografías. Sin embargo, tiende a ocultarse la vejez. Se habla de la muerte, de la vida fugaz, de la rapidez con la que el presente se convierte en recuerdo, pero nos asusta pensarnos como personas viejas. Simone de Beauvoir, en su libro La vejez, reflexionó sobre esto cuando el concepto de «edadismo» aún era nuevo. Para De Beauvoir, la vejez «tiene una dimensión existencial: modifica la relación del individuo con el tiempo, por lo tanto, su relación con el mundo y su propia historia». El envejecimiento está ligado a la idea de cambio: «la ley de la vida es cambiar. Lo que caracteriza al envejecimiento es cierto tipo de cambio y desfavorable, una declinación», afirma de Beauvoir.
Quizás por ese temor a envejecer, también nos asuste no aprovechar nuestro tiempo. «El verdadero tiempo solo puede ser perdido», escribió Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo. Para esta filósofa, «ese tiempo que buscamos alcanzar y apropiarnos parece esquivar nuestra espera». Hemos fragmentado nuestros días en horarios y obligaciones. «Nos gusta decir: “ahorré tiempo”, como si pudiéramos ganarnos un plus de vida», señala Dufourmantelle. Este deseo de acumular tiempo y el ritmo acelerado nos alejan de nuestra esencia.
Al final, el tiempo es lo único que tenemos y perdemos sin darnos cuenta. Lo único que podemos hacer es vivirlo.
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