Santiago Ávila
Tontocracia
Se cuenta que, al oír elogiar a Salvador de Madariaga por hablar cinco idiomas, Ortega y Gasset respondió con su habitual ironía: «Eso lo único que significa es que don Salvador es tonto en cinco idiomas».
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La primera estación de nuestro particular recorrido se encuentra en el mundo de la empresa, un pilar fundamental de la economía de un país y crisol donde confluyen y se encarnan muchos de nuestros personajes. Allí conviven tontos, estúpidos, necios y mediocres con aquellos que lo son a veces —los fijos discontinuos, ¿recuerda?—.
Como advierte Cipolla en su segunda ley:
«La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona».
Por tanto, no debe extrañarse de que la tontuna se reparta por igual entre los distintos niveles y departamentos de cualquier organización. Bien es cierto que no todos cargan con la misma responsabilidad, y ahí radica un factor de diferencia esencial.
Abundando en la idea, y antes de proseguir con la narrativa, conviene traer a colación una anécdota atribuida con frecuencia a una tertulia de intelectuales y políticos españoles de principios del siglo XX.
Se cuenta que, al oír elogiar a Salvador de Madariaga por hablar cinco idiomas, Ortega y Gasset respondió con su habitual ironía: «Eso lo único que significa es que don Salvador es tonto en cinco idiomas».
Lo cierto es que no todos los tontos, «bobotontos» o tontos elevados a la enésima potencia soportan el mismo peso de responsabilidad.
Traducido al castellano paladino: las posibilidades de que un director general o el presidente de una sociedad sea un estúpido son exactamente las mismas que las de un empleado de base. La diferencia estriba, como ya ha quedado dicho, en la responsabilidad. Y es ahí donde la estupidez, apalancada en el poder, se vuelve devastadora: no tropieza sola, arrastra estructuras, decisiones y, a veces, hasta la empresa misma.
(…).
Síntomas en los líderes
Llegados a este punto, conviene fijar un concepto tan escurridizo como el de líder. Vayamos con parsimonia.
Todos los jefes ejercen el poder porque dirigen, pero no todos los jefes son líderes.
De ahí nace una confusión: se asocia «dirigir» —el verbo— con quien desempeña el cargo, el directivo. Y, por extensión, se concluye que quien está al frente de una organización o un equipo, por el mero hecho de «liderar» (el verbo), ya es un líder (el sujeto). Craso error.
El líder —y son muy muy pocos los que existen— juega en otra liga. Entre los jefes que no son líderes —la mayoría—, conviven dos especies: el buen jefe, que organiza, controla, administra y da un trato correcto; y el mal jefe, que es autoritario, inseguro y a menudo… inútil. Sí, un inútil con todas las de la ley.
Todos los jefes ejercen el poder porque dirigen, pero no todos los jefes son líderes
El contraste es brutal. Mientras que los primeros permiten y animan a que se exprese la motivación de los colaboradores, los segundos la apagan y solo estorban.
Se puede ser un buen jefe sin ser líder. Y se puede ser líder sin ser jefe. La condición de líder no la da el cargo, sino la conducta, que es honesta y respetuosa con los demás, incluso cuando sea necesaria la corrección o el despido.
De ahí las diferencias —abismales— que se producen entre un jefe líder (líder de verdad) y un jefe merluzo, categoría que sintetiza a todos los especímenes que, siendo jefes, reinan y habitan en Tontocracia.
A lo largo de mi trayectoria laboral he conocido a muchos tipos de jefes: soberbios, gritones, narcisistas, ejemplares que, en charla coloquial, podrían catalogarse como propios de esa «especie marina» . Y también, por supuesto, a buena gente.
Pero solo en contadas ocasiones he tenido la inmensa suerte de compartir espacio con personas excepcionales que, por la grandeza de su condición, arrinconan el error y el defecto a un segundo plano.
Y no, no me refiero a ese tipo de «líder» hipnótico y manipulador —ese impostor de cartón piedra— que subyuga a quienes lo rodean; hablo del que reconoce en el otro a un igual y lo trata como lo que es: una persona completa en su dignidad.
Este texto es un extracto de ‘Tontocracia’ (Vergara, 2026), Santiago Ávila.
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