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La tecnificación del lenguaje

La modernidad puede entenderse como una larga mudanza de lenguajes, pues no cambian solo las instituciones o las formas de vida, también lo hace el idioma con el que una época se explica a sí misma sus conflictos fundamentales.

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25
septiembre
2026

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La modernidad puede entenderse como una larga mudanza de lenguajes, pues no cambian solo las instituciones o las formas de vida, también lo hace el idioma con el que una época se explica a sí misma sus conflictos fundamentales. Al menos así lo había pensado Carl Schmitt en La era de las neutralizaciones y las despolitizaciones (1929), ensayo en el que expone que las grandes y antiguas disputas humanas se habrían ido reformulando dentro de distintas esferas de sentido, esto es, de ámbitos dominantes diversos —la teología, la metafísica, la moral, la economía o la técnica— que proporcionan a cada tiempo sus criterios propios de verdad y sus modos concretos de legitimarse.

La tesis es sencilla pero fecunda y dice así: los conflictos humanos, lejos de desaparecer, cambian de vocabulario, de modo que cada época cree haber hallado un ámbito más neutral que el anterior, menos inflamado, quizá, por creencias últimas y más apto para producir acuerdos. En cada transición de estas esferas, se prometía, de algún modo, pacificar el mundo, intentando domesticarlo, acaso, hacerlo más administrable y menos expuesto al desacuerdo. En el siglo XX, esta promesa encontró, a juicio de Schmitt, su forma más acabada en la técnica, presentada como un ámbito de lo más objetivo, donde los viejos conflictos humanos podrían dirimirse como problemas de organización o si acaso, de eficacia.  Pero en realidad, se trataba esta de una vana ilusión pues la supuesta neutralidad técnica lejos de eliminar el conflicto, lo traducía a un frío procedimiento, velando la presencia misma del problema, que aún permanecía latente.

Ahora, el vocabulario de la administración más salvajemente burocrática ha terminado por mezclarse en una jerga única, extraordinariamente eficaz para nombrarlo todo sin llegar casi nunca al corazón de nada. De esa mezcla procede una fría jerga gerencial que ya no sobresalta la sensibilidad del hablante medio porque se ha vuelto el aire mismo que respiramos en la conversación pública. Esta particular mutación la advertimos, con especial clarividencia, en el lenguaje con el que nos referimos de las relaciones amorosas. Veamos algunos casos.

No podemos tratar lo más íntimo como algo a optimizarse ni mucho menos a protocolizarse

Por ejemplo, alguien decide «retomar una relación», pero esta fórmula presupone algo más problemático, a saber, que la relación ha permanecido disponible durante la interrupción, como si el tiempo no hubiera ejercido su tiránico poder sobre ella. Retomar implica, antes incluso de pensarlo, que aquello a lo que se vuelve sigue siendo sustancialmente lo mismo. Pero ¿es que acaso estamos renovando el DNI? Retomar implica que la relación es un objeto estático, ontologizado; una tarea que se deja a medias y que puede reanudarse en cualquier momento, como el que completa una tabla de Excel que por descuido ha dejado a medias. No podemos tratar lo más íntimo como algo a optimizarse ni mucho menos a protocolizarse.

Pero ¿qué es la técnica? Desde luego, como Heidegger ya había hecho notar, es más que un conjunto de instrumentos, y conforma el modo particular de dilucidar una realidad, que comparece ahora bajo la figura de lo disponible y lo calculable. Sin embargo, si hay algo que no es calculable son las pasiones, tan inciertas, levantiscas, refractarias. Los gurús de la psicología nos impelen por doquier a «gestionarlas», con ese peculiar vocabulario de oficina con el que clasificamos carpetas. Fijémonos: gestionar, del latín gerere, es decir, ejecutar. Lo que me remite inmediatamente a esos extensos repositorios documentales.

Disponemos ya por otra parte, en tal catálogo, del concepto de «vínculo», cuyo uso tan distendido se emplea para referirse a la relación erótico-amorosa de cualquier tipo, y que presupone ya que la unión entre personas es parecida a la de aquella conexión bluetooth con la que dos dispositivos se emparejan. De todas, esta última produce una extraña asepsia. Se usa hoy como sustitutivo de la tradicional «pareja», quizá por mor de aquella llamada «responsabilidad afectiva» cuya reflexión particular merece una disquisición aparte.

Habermas llamó «colonización del mundo de la vida» a ese proceso por el cual las formas propias del sistema terminan parasitando los espacios de la comunicación cotidiana, donde somos padres, hijos, amantes, amigos. Lo privativo de las pasiones es que no se dejan anticipar. Ellas vienen en legión, de antiguo, portando su desorden propio, y resultan insoportables para una época que quisiera tenerlo todo pactado de antemano. Sospecho que, por este motivo, la psicología popular, oscurece, con su siniestro vocabulario lo que, por este medio, quisiera hacer más disponible, acaso para creer controlarlo más eficazmente. Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo. Toda esa hueste de pasiones que Lope de Vega convocó como ejército nos parece ya inadmisible. Mejor será, nos dicen, negociar límites, acordar exclusividad, revisar vínculos, validar emociones o activar contacto cero y sabe Dios cuántas más términos de tufillo de coaching. Ahítos de aseguramientos, queremos, en definitiva, ser absueltos de un dolor que, por lo demás, será inevitable. Tengámoslo por seguro.

Pero llegar al hueso de esta cuestión nos exige, por tanto, no confundir esta proliferación burocrática con una verdadera hondura moral, pues si inventamos esta jerga es porque no toleramos la indocilidad del mundo y su inherente zozobra. Poner sobre la mesa estas observaciones, por tanto, no se trata de una mera escaramuza de filólogos, aunque no faltarán quienes nos acusen de pacatos por detenernos en estos asuntos, convencidos, para mayor tranquilidad de su espíritu, de poseer un dominio impecable sobre aquello que dicen.

Olvidan que el lenguaje no es un espejo pasivo de la realidad sino su artífice. Lo sabemos a ciencia cierta —y mucho antes— desde que Humboldt, a finales del siglo XVIII, comparara distintas lenguas y observara cómo su estructura condiciona nuestra percepción del mundo. El lenguaje modifica nuestra sensibilidad y cada idioma configura una cosmovisión (Weltanschauung) esto es, un modo único y particular de habitar el mundo. La degeneración idiomática acota el vasto territorio de lo imaginable, mutilando sin piedad lo que reste de nuestra sensibilidad, encerrando cada vez más los horizontes de nuestra experiencia.

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