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Seis problemas que la ciencia no puede resolver

La mecánica cuántica nunca deja de fascinar a los medios y al público, porque nos enfrenta a un universo que no se acomoda a las narraciones con las que solemos ordenar la experiencia en las sociedades avanzadas.

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14
agosto
2026

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En 2025 se cumple un siglo desde que la física, al formular los principios de la mecánica cuántica, diera un paso decisivo hacia la disolución de la realidad tal como se había comprendido durante siglos. Al descender al nivel más elemental de la materia, no se encontró allí una base firme, una sustancia última, sino una serie de comportamientos que desafiaban toda categoría establecida por la experiencia. La materia dejó de comportarse como «cosa», y el mundo, ese entramado de permanencias sobre el que se había edificado la ciencia y el sentido común moderno comenzó a desvanecerse como tal. No fue simplemente un avance del conocimiento, sino una ruptura en nuestra relación con lo real.

Para celebrarlo, las Naciones Unidas declaró 2025 como el Año Internacional de la Ciencia y la Tecnología Cuánticas. Como era de esperar, artículos, homenajes y tribunas, en medios científicos y generalistas, recordaron el alcance de aquella revolución silenciosa que, junto con la teoría de la relatividad, desmanteló una visión de la realidad que parecía natural en el mundo moderno y racional: la idea de un universo donde todo ocurre por una causa, donde el tiempo avanza en línea recta, donde cada cosa tiene un lugar y un sentido.

Esta visión, tan intuitiva, tan reconfortante, había servido durante siglos como fondo silencioso de nuestra forma de entender el mundo. En ella, los efectos siguen a las causas como las sombras al cuerpo, el tiempo corre hacia adelante como un río obediente, y el observador puede mirar sin alterar lo que mira. La física cuántica vino a decirnos que nada de eso era del todo cierto. Que la causa puede ser borrosa. Que el futuro y el pasado pueden entrelazarse. Que mirar transforma. Que el mundo, en su profundidad última, no es un escenario estable, sino una posibilidad ondulante.

La física cuántica vino a decirnos que nada de eso era del todo cierto. Que la causa puede ser borrosa

La mecánica cuántica nunca deja de fascinar a los medios y al público, porque nos enfrenta a un universo que no se acomoda a las narraciones con las que solemos ordenar la experiencia en las sociedades avanzadas. Un universo sorprendente, incompleto, a menudo contraintuitivo, que funciona como un contrapunto profundo a nuestras expectativas de claridad, de linealidad, de sentido. Allí donde solemos encontrar consuelo en historias razonables, causa y efecto, pasado y futuro, observador y objeto la mecánica cuántica introduce ambigüedad, simultaneidad, discontinuidad.

En una época dominada por la racionalidad algorítmica, por la promesa de que todo puede convertirse en dato y todo dato en predicción, la física cuántica aparece como una anomalía luminosa. Frente al modelo de pensamiento que sostiene a la inteligencia artificial —modelos que refinan, optimizan, proyectan—, lo cuántico se pliega sobre lo no previsto, lo que no puede calcularse sin desvanecerse.

Donde la tecnología contemporánea ambiciona control y eficiencia, la mecánica cuántica nos recuerda que hay formas de realidad que no se dejan asir sin desaparecer.

Así, la mecánica cuántica se despliega como una revolución interior de la ciencia: no una teoría más, sino una fisura en sus cimientos, un desafío a los propios pilares del pensamiento racional. Una puerta que nadie ha logrado cerrar, porque tras ella no hay oscuridad, sino una claridad inquietante: predicciones que funcionan, tecnologías que transforman el mundo, aplicaciones que sostienen la vida moderna… y, sin embargo, con un sentido que se nos escapa. Un enigma validado por su eficacia, pero aún sin explicación completa.

Lo difícil no es una dificultad técnica, sino un conflicto más profundo: los fenómenos cuánticos más exóticos desafían precisamente la herramienta que nos permitió construir toda la ciencia moderna: la razón. El instrumento que nos hizo cruzar siglos de oscuridad, construir telescopios, cartografiar galaxias, diseñar máquinas… parece, en el reino cuántico, quedarse sin suelo.

Y ahí radica la belleza subversiva de esta teoría: ¿cómo se hace ciencia cuando ya no se puede «entender» en el sentido clásico del término? ¿Cómo se avanza cuando los conceptos de sentido común se disuelven en una niebla de probabilidades? La mecánica cuántica nos obliga a imaginar otro tipo de racionalidad, más sutil, menos total. Un saber que no captura, sino que acompaña.

A pesar de ser una teoría que nadie afirma comprender del todo, la mecánica cuántica se ha convertido en uno de los pilares invisibles de nuestra civilización tecnológica. Su irrupción coincidió con el período más turbulento del siglo XX, y no fue su belleza conceptual lo que le aseguró un lugar en la historia, sino su poder, su instrumentalización.


Este texto es un extracto de ‘Seis problemas que la ciencia no puede resolver’ (Arpa Editores), de Sonia Contera. 

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