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Ciudades

Una propuesta revolucionaria que no estás dispuesto a aceptar

Si habitar en las grandes ciudades se ha convertido en una carrera de obstáculos para la mayoría de la gente, ¿por qué no demostrar que se puede vivir mucho mejor en los territorios que nuestros antepasados abandonaron sin por ello perder el contacto con los centros de poder político, económico y social?

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17
marzo
2026

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Vivimos en un sistema que se sostiene a medida que genera más y más consumo. En la práctica se trata continuamente de crear vacíos que debemos llenar, que deseamos llenar. La cuestión es que esa mecánica se está volviendo perversa porque el mundo, el planeta mismo, se agota. Y esta sensación de finitud cabalga a lomos de nuestra desazón. Queremos ser felices y lo intentamos, pero hay un mar de fondo que no nos deja caminar aliviados. Sabemos que algo falla, algo que no es concreto ni se manifiesta ya mismo en toda su plenitud, pero que ronronea en nuestras espaldas como un gato aparentemente dócil, aunque, al mismo tiempo, está siempre a punto de saltar a la caza de una presa sin piedad alguna. Hay un sentimiento general no ya de fin de época, sino de límite, de imposibilidad de imaginar siquiera lo deseable, de frustración. Es probable que a la gente más joven le pegue más fuerte, puesto que tiene más futuro que pasado, pero también golpea en la boca del estómago de quienes han decidido ser padres o la vida les ha traído la responsabilidad de ser abuelos. […]

Si, como hemos dicho, estamos habituados a trabajar sobre el vacío, sería bueno echar la vista atrás y revisar qué terrenos que hoy están poblados de la nada misma y que pueden, en cambio, reconvertirse en terreno fértil para un futuro diferente al que estamos imaginando hoy, pero quizás mejor del que podríamos intuir siquiera. Sabemos que la tendencia es que las personas nos sigamos yendo a habitar pisos en grandes capitales porque es allí donde se acumulan mayores bienes y servicios, posibilidades profesionales que nos impulsan y una vida social que parece hacernos sentir que estamos donde debemos estar, que no nos estamos perdiendo nada relevante. Sin embargo, también sabemos que esas ciudades serán insostenibles si no cambiamos el modelo radicalmente y, aun así, no parece viable que un porcentaje absurdamente alto de la población se acumule allí dándole la espalda a lo que realmente pone en pie el sistema, que no es un ordenador último modelo ni un inmenso centro comercial ni las luces que perforan las pantallas, sino, simple y llanamente, el alimento.

La ciudad vive de espaldas al campo, desconectada de lo único relevante para el día a día: comer. Hemos relegado ese hábito a cambio de nuestra libertad. Y, en el fondo, no tiene mucho más anclaje que ese. No ser dueños de la tierra implica no tener la posibilidad de negociar los precios de los alimentos que llegan a una superficie comercial, siempre y cuando toda la cadena funcione como debe. ¿No es un tanto temerario estar a expensas de que nada se fragmente en un mundo tomado por la más absoluta incertidumbre? Lo único que puede salvarte en caso de catástrofe, como ya ocurrió con el Covid- 19, es ser, en buena medida, autónomo en lo elemental. Lo vivimos a nivel país, pero también se podría analizar a nivel particular.

¿No es un tanto temerario estar a expensas de que nada se fragmente en un mundo tomado por la más absoluta incertidumbre?

En mi caso, por circunstancias personales, en el momento en que estalló la pandemia estaba de viaje en España: había venido a dar una conferencia y me iba en apenas veinte días. Por aquella época aún vivía en Buenos Aires. No pude regresar. Me tocó quedarme y lo hice en el pueblito en el que ahora vivo: el de mis abuelos, en el que mis padres han decidido también pasar su vida. En aquellos días plantábamos, ocupábamos nuestro tiempo del mismo modo que habíamos hecho aquí siempre, pero con una diferencia: no era ocio ni una cuidada alimentación para disfrutar de sabores auténticos, sino necesidad vital. No sabíamos qué iba a suceder, pero sí que no nos iba a faltar lo básico. Esa comprensión me hizo replantearme qué era lo que verdaderamente otorgaba la libertad a un ser humano y hacia dónde estaba yo corriendo exactamente en mi carrera laboral: ¿cuál era el premio final? ¿Alienarme aún más a cambio de un sueldo que no me daría nunca la seguridad de la tierra? ¿Trabajar para obtener un dinero que cambiaría por una alimentación que no me pertenece porque ni sabría cómo se cultiva ni estaría asegurada siempre en el súper de turno? Cambió todo un sistema de valores. Y al mismo tiempo sé, justamente por haber nacido nieta de campesinos, que la vida en el campo no es el paraíso.

Pero ¿estamos analizando bien las posibilidades que tenemos hoy en día con los avances que podemos lograr para generar vidas felices en entornos que pueden ser mucho más confortables de lo que pueden llegar a serlo en el contexto actual las grandes capitales? ¿Por qué no usamos la tecnología a nuestro favor en vez de pegarnos tiros en el pie? ¿Por qué dejamos que otros la usen para instalar en nosotros un individualismo feroz que solo decanta en un miedo que, a su vez, nos vuelve a meter en la trampa de darlo todo a cambio de una seguridad que no es tal? ¿Por qué entonces no le damos la vuelta e innovamos para que la fuente de la vida, que es el campo, genere condiciones saludables y apetecibles para que tanta gente que se siente perdida y frustrada encuentre un camino de buen vivir ahí donde nadie mira?

La generación de mis abuelos solo quería que sus hijos y sus nietos pudieran estudiar o, en cualquier caso, encontrar un trabajo lejos de las penurias del campo, siempre a expensas del clima o de una mala cosecha por razones diversas. Ese campo suyo apenas estaba mecanizado y mucho menos tecnologizado, ni podía adelantarse a las inclemencias del tiempo con sistemas de previsión, más allá de los rudimentarios. Pasaron hambre, frío y carecían de perspectivas. No querían eso para sus hijos. Mi propia abuela perdió una hija por las circunstancias adversas en las que nació: apenas un bebé y muerta, así, sin más, sin réplica para nada. ¿Quién quiere vivir algo así? Por supuesto que tenían toda la razón en hacer lo posible para que sus descendientes se fueran en búsqueda de una vida más amable, confortable y supuestamente feliz. Acuciados por ese sentimiento generalizado y visualizando el desarrollismo que se estaba dando en la industria en España, hubo un gran éxodo que fue dejando desiertas las zonas que antes se dedicaban a la agricultura y a la ganadería. A partir de los años cincuenta, el campo se quedó tembloroso y solitario y, poco a poco, con el paso de los años, se convertiría en un lugar felizmente fotografiable al que regresar solo en verano, en el mejor de los casos, o en los puentes que la vida laboral intensa permitiese destronar de la barbarie capitalina en la que todo es para ayer y no es posible atemperar los nervios ya con otra cosa que no sea Prozac.

La pregunta es ¿y si le damos la vuelta? ¿Y si los grandes centros neurálgicos son justo eso, lugares en los que compartir aprendizajes y desarrollo, pero como excepción y no como regla? Si habitar en las grandes capitales se ha convertido en una carrera de obstáculos para la mayoría de la gente, ¿por qué no demostrar que se puede vivir mucho mejor en los territorios que nuestros antepasados abandonaron sin por ello perder el contacto con los centros de poder político, económico y social? Sería, además, una gran solución para varias cuestiones: la primera, la lucha contra el reloj biológico de la propia tierra maltratada por nuestro consumo desmesurado e inconsciente. Es curioso cómo tratamos de tapar el sol con un dedo cuando es imposible que el astro rey se oculte. Esa es la actitud vital que tenemos hoy, y no es que sea grave, es que es temeraria y estúpida. Hay muchos ejemplos de señales de alerta claras que nos están poniendo frente a los ojos. Uno muy didáctico y útil es El libro de la huerta. Agroecología para la autonomía alimentaria, una obra fundamental del argentino y médico veterinario Guillermo Schnitman, con prólogo de Vandana Shiva. En él no solo da ideas de cómo y por qué cultivar tu propio huerto, sino que explica las razones por las que esta idea, que hace unos años era tal vez solo una decisión personal, hoy, en cambio, se ha convertido en una cura para el planeta.

«La agricultura orgánica regenerativa, libre de combustibles fósiles y basada en la biodiversidad, maximiza la fotosíntesis, la tecnología que emplea la naturaleza para capturar carbono y que a la vez produce alimentos y oxígenos. Es la misma tecnología natural que regula el clima y que ha estado enfriando el planeta durante más de cuatro mil millones de años. La agricultura ecológica basada en la biodiversidad intensifica la fotosíntesis y es una solución a la vez climática y alimentaria. […] Trabajar de acuerdo con las leyes de la naturaleza, intensificar la biodiversidad y regenerar el suelo a través de la agricultura ecológica —sin agroquímicos fósiles— puede cerrar la brecha de las emisiones y contribuir a emisiones negativas, extrayendo dióxido de carbono del aire y almacenando en las plantas y el suelo, produciendo alimentos abundantes y abordando al mismo tiempo el problema climático. […] Es en la huerta donde empezamos a abordar la crisis planetaria. Somos parte de una Tierra viva,  interconectada. Nuestras acciones locales producen impactos más allá del ámbito local. Podémos regenerar el oikos, nuestro hogar común, la tierra viva, cultivando huertas de esperanza, huertas de vida, huertas de libertad», esto es solo un fragmento del libro.

Y esto, en pleno siglo XXI, no es ser hippie, es ser responsable con el momento histórico que estamos viviendo.


Violeta Serrano es escritora y fundadora de SAVIA

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