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Por una IA ética y humanista

La inteligencia artificial es una herramienta diferencial que puede llevar a la humanidad hasta su siguiente escalón evolutivo, pero ningún progreso tecnológico debe pasar por encima de la defensa de los derechos fundamentales de las personas ni desentenderse de la búsqueda del bien común.

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El descubrimiento y posterior perfeccionamiento de la máquina de vapor, uno de los grandes hitos de la Primera Revolución Industrial, trajo consigo un significativo progreso económico a las naciones más desarrolladas del mundo, especialmente para una industria que vio cómo se multiplicaban su eficiencia y sus beneficios gracias a la automatización del trabajo en fábricas y talleres. La contrapartida a ese inmenso salto cuantitativo en la producción llegó en forma de complejos desafíos sociales y laborales que obligó a esa sociedad en transformación a un enorme esfuerzo de adaptación. Una cara menos amable del progreso que, en cierta forma y salvando las enormes distancias, estamos viviendo en la actualidad.

Tres tecnologías tienen el potencial de reconfigurar la sociedad tal como la conocemos: la inteligencia artificial, la biotecnología y, en una dimensión distinta, la energía de fusión. Aunque aún faltan años para apreciar plenamente el impacto de las dos últimas, ya estamos asistiendo a la irrupción imparable de la primera, un invento cuyos efectos son, por ahora, imprevisibles.

En muy pocos años esta tecnología ha pasado de ser una posibilidad con potencial transformador a una deslumbrante realidad que ya marca el pulso de los negocios y la vida cotidiana de las personas. Por esa razón, resulta fundamental asegurarse de que el factor humano sea una parte esencial de cualquier desarrollo de inteligencia artificial. Solo así lograremos una IA ética que trabaje para las personas y no en sustitución de ellas.

Y es que la innovación tecnológica, literalmente, vuela a lomos de IA, operando evolución tras evolución a velocidad vertiginosa. Y resulta fundamental que la educación, la legislación y las estrategias empresariales sigan el ritmo de esa vibrante evolución para recoger e incorporar esos cambios.

Cualquier avance científico o tecnológico debe contribuir de una manera genuina y visible al bien común y responder con transparencia y eficacia a los desafíos de la sociedad en la que se desarrollan. Y la ética humanística es el elemento que puede contribuir a gestionar esos desafíos. En un universo tecnológico marcado por la exponencialidad, la ética actúa como ese necesario tamiz que pone límites a la inteligencia artificial y orienta su propósito. No para frenar su despegue o cercenar su capacidad, sino para ordenarla de manera que se garantice que sirve a unos principios elementales de buen gobierno.

La innovación tecnológica siempre va varios pasos por delante de las estrategias empresariales, la educación y la legislación

En la medida en que la IA afecta al conjunto de la sociedad, tanto si se es usuario de ella como si no, sus normas de diseño y funcionamiento no deberían ser operadas solo por unos pocos. De ese grupo multidisciplinar deberían formar parte, por supuesto, empresarios y profesionales STEM, pero también educadores, agentes sociales, profesionales de humanidades, expertos en ética, sostenibilidad y gobernanza, administraciones, reguladores y ciudadanía.

Esto no implica arrebatar a las empresas su soberanía digital ni su legítimo derecho a tomar sus propias decisiones acerca de sus productos y servicios, sino la necesidad de marcar unas normas de juego claras que delimiten lo que la IA puede o no puede hacer y pongan coto a la impunidad de unos algoritmos opacos e imprevisibles.

La IA se posiciona como una de las más poderosas palancas de la excelencia empresarial. Su capacidad para recoger, analizar y procesar ingentes cantidades de datos en tiempo real, anticipar escenarios o automatizar tareas con enorme velocidad y precisión queda fuera de toda cuestión. Su concurso está siendo ya diferencial en múltiples actividades humanas. Desde mejorar y acelerar los diagnósticos médicos, hasta optimizar la respuesta ante emergencias, prevenir desastres naturales, hacer más accesible la educación, impulsar la investigación científica, contribuir a una gestión más eficiente de los recursos públicos o ayudar en la lucha contra la emergencia climática. En el mundo de los negocios, esas aportaciones también son muy relevantes en sectores tan diversos como las finanzas, el comercio electrónico, la logística o la producción industrial, erigiéndose como una clara ventaja competitiva para sus empresas.

Sin embargo, la lucha por la competitividad no puede librarse a cualquier precio. Cualquier riesgo de que esas deslumbrantes prestaciones de la tecnología vulneren la privacidad de las personas, su derecho a una información veraz y transparente, manipulen conductas o generen situaciones de discriminación debe ser regulado y sancionado.

Aplicar principios éticos a estos diseños no debe ser entendido como una cortapisa a la innovación. Al contrario, una IA diseñada bajo principios humanos, más ética, responsable, autoexplicable y transparente, tendrá más opciones de contar con el respaldo de la ciudadanía, lo que le conferirá una mayor autoridad y capacidad de generar un impacto positivo en el entorno. Ya se trate de mejorar el sistema sanitario, luchar contra el cambio climático, agilizar la administración electrónica o aquilatar procesos industriales, sus aplicaciones ganarán en alcance en la medida en que generen confianza y no recelos entre los distintos grupos de interés.

La ética humanística actúa como ese necesario tamiz que pone límites a la inteligencia artificial y orienta su propósito

Una normativa clara, en línea con el reciente Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial (AI Act, Reglamento UE 2024/1689); políticas formativas sistemáticas que redoblen los esfuerzos por vencer la brecha tecnológica en todos los estamentos sociales; mecanismos eficaces de control interno en empresas y administraciones; y un compromiso claro de sus dirigentes para trabajar por una IA responsable son ingredientes indispensables de esa vía hacia una tecnología que sirva a las personas desde la ética humanista.

Al fin y al cabo, como defiende Daron Acemoglu, galardonado con el Premio Nobel de Economía, el progreso no tiene una dirección predeterminada: depende de las elecciones que tomemos como sociedad sobre el rumbo de la tecnología.

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