Ben Tarnoff y Quinn Slobodian
Muskismo
El personaje que Musk representa en internet suele malinterpretarse. Sus críticos perciben en él inmadurez o maldad; sus fans lo ven genuino o conectado con ellos. Ninguno de ellos se da cuenta de que, en el muskismo, el troleo es infraestructura.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Todo el mundo tiene una opinión forjada sobre Elon Musk. Es un genio emprendedor que catapulta a la humanidad hacia un futuro de ciencia ficción. O un rey de los memes colocado de ketamina, que hincha burbujas y suelta rollos sobre tasas de natalidad. O, más recientemente, un pelele de la extrema derecha con el cerebro podrido por Twitter y por oscuras profecías sobre invasiones de migrantes.
Los veredictos difieren, pero comparten una cosa: tratan a Musk en cuanto individuo. Un salvador, un payaso, un malvado, un adicto. Pero la buena historia va más allá de la psique particular. Cuando nosotros —un historiador y un escritor sobre tecnología— empezamos a trabajar juntos, pensamos que la cuestión más apropiada no era «¿quién es Musk?», sino «¿de qué es síntoma Musk?».
Hace un siglo, Henry Ford escribió su exitoso libro de memorias Mi vida y mi obra. Poco después, la gente acuñó el término «fordismo». De un solo hombre surgió una nueva visión de la realidad. El fordismo era algo más que coches que salían de cadenas de montaje; pasó a ser sinónimo del capitalismo del siglo XX , basado en la asociación de la producción en masa con el consumo en masa.
Nosotros tratamos a Musk de la misma manera. Como otros han sugerido, no es solo un hombre, sino también el avatar de una visión del mundo: el muskismo. Este término no es suyo, igual que Ford nunca habló de fordismo. Si el fordismo fue el sistema operativo del siglo XX, nosotros sostenemos que el muskismo ofrece un posible sistema operativo para el XXI.
Como el fordismo, el muskismo es un proyecto modernizador. Sin embargo, el fordismo reescribió el contrato social con la promesa de elevar los estándares de vida para todo el mundo: habría coches en todos los garajes y neveras en todas las cocinas, y los salarios se incrementarían con la productividad. El muskismo no distribuye las recompensas de forma universal; lo que promete es la soberanía gracias a la tecnología.
Musk no se limita a vender coches, cohetes o satélites. Vende la fantasía de que, en un mundo cada vez más inestable, tanto los estados como los individuos pueden fortalecer su autosuficiencia conectándose a sus infraestructuras. La paradoja es que, al hacer eso, uno se vuelve dependiente de él. Lo que se vende como tecnosoberanía es entrar en el jardín amurallado de Musk, y él tiene la llave de ese jardín. Tanto el Pentágono como la NASA dependen de SpaceX; Starlink se ha vuelto indispensable en los campos de batalla y en la naturaleza salvaje; X y Grok se entretejen con el Estado. Al intentar desconectarse de Musk, uno se da cuenta de que él es el dueño del enchufe.
Lo que se vende como tecnosoberanía es entrar en el jardín amurallado de Musk, y él tiene la llave de ese jardín
Esta tecnosoberanía es también selectiva. Ofrece autonomía para unos y exclusión para otros. Las hordas de migrantes y los progresistas que hacen posible su venida son vectores del «virus mental woke», que debe ser rastreado, contenido y neutralizado. El muskismo ve el mundo como un código corrupto. La empatía por otros seres humanos es un exploit —una vulnerabilidad en nuestro software mental— manipulada por agentes nocivos para empujar a Occidente hacia el «suicidio de la civilización». «La empatía suicida es como una enfermedad autoinmune —dice Musk—; el cuerpo se ataca a sí mismo».
Si una cara del muskismo es la tecnosoberanía, la otra es la expulsión. Entre las contramedidas, encontramos la purga de las redes sociales, la limpieza ideológica de modelos de inteligencia artificial y las deportaciones en masa de foráneos de otras etnias. El objetivo final es conseguir una comunidad purificada definida por la pertenencia cultural y genética a un Occidente europeo y blanco escudado por una tecnología superior: una fortificación que proteja lo mejor de la humanidad frente a lo peor. Las tecnologías del jardín amurallado del muskismo fortalecerán los muros de la nación y del hogar. Endurece tu corazón, endurece tus fronteras y depura la base de código. «Si la tolerancia supone el fin de la civilización occidental —publicó para sus 225 millones de seguidores en 2025—, entonces no podemos ser tolerantes».
¿Qué sentido tiene hablar de muskismo y no de Musk? Para empezar, el muskismo ayuda a esclarecer a Musk. Muchos todavía creen que es un libertario que desprecia el Gobierno; nosotros pensamos que la realidad es justo la contraria: Musk ha construido su imperio fusionándose con el Estado. Habla con frecuencia de su deseo de colonizar Marte, cosa que describe como la obra de su vida. La lógica del muskismo revela que Marte nunca fue un plan de escape serio, sino una moneda de cambio, un medio para perseguir ulteriores propósitos tecnosoberanistas. El personaje que Musk representa en internet suele malinterpretarse de modo semejante. Sus críticos perciben en él inmadurez o maldad; sus fans lo ven genuino o conectado con ellos. Ninguno de ellos se da cuenta de que, en el muskismo, el troleo es infraestructura. Cada chiste, cada encuesta es una prueba de resistencia para comprobar la reactividad. ¿Todavía puede mover mercados con una publicación? ¿Puede supervisar el algoritmo y los datos de entrenamiento subyacentes para llevarlo más a la derecha? ¿Puede simular una democracia con un plebiscito de reply-guys (opinólogos en redes)? No está jugando, sino haciendo experimentos. A sabiendas o no, Musk está midiendo y manipulando la elasticidad de la atención, el ancho de banda de la creencia.
Este texto es un extracto de ‘Muskismo’ (Taurus), de Ben Tarnoff y Quinn Slobodian.
COMENTARIOS