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Mary Midgley contra el gen egoísta

Medio siglo después de ‘El gen egoísta’, vale la pena rescatar a Mary Midgley, que vio en el libro de Dawkins una vieja trampa, la de vestir de ciencia una metafísica sobre lo que somos. «La moral no nos separa de la naturaleza», dijo, «brota de ella». En España casi no se la conoce.

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24
julio
2026

Este año El gen egoísta cumple medio siglo y Oxford lo celebra con una edición conmemorativa y un epílogo nuevo del propio Dawkins. El libro alcanzó fama mundial, pero poco se recuerda la crítica que una filósofa le dedicó tres años después. Su objeción no apuntaba a la ciencia de Dawkins. Le preocupaba algo más escurridizo, la vieja costumbre de vestir de ciencia una doctrina sobre la condición humana. Hablamos de Mary Midgley (1919-2018), porque medio siglo después su reparo sigue en pie.

Detrás de su enfado había una disonancia antropológica. Aceptamos que descendemos de los primates, que compartimos la mayor parte del genoma con el chimpancé y buena parte con el ratón, que la selección natural modeló nuestro cuerpo, nuestro cerebro y nuestras emociones. Pero cuando llega el momento de pensar la moral el pensamiento se desliga de la evolución y de los cuerpos, como si fuéramos ángeles o espíritus puros. Somos darwinianos de cintura para abajo y cartesianos de cintura para arriba.

Esa disonancia tiene una historia. El darwinismo social del XIX leyó «la lucha por la vida» como un programa político, y de ahí salieron Spencer y la eugenesia y varios horrores de bata blanca. La reacción en contra fue saludable, pero se pasó de frenada. La filosofía moral del siglo XX levantó un cordón sanitario ante la biología, con Hume y Moore por aduana, y el relato de lo que somos quedó para los reduccionistas, del darwinismo social a la sociobiología y a Dawkins. Esa aduana dejó aislada a la ética.

Midgley dedicó su vida a reconstruir el vínculo entre la ética y la realidad

Midgley dedicó su vida a reconstruir el vínculo entre la ética y la realidad. Se formó en el Oxford de los años cuarenta, cuando los hombres estaban en el frente y coincidieron allí cuatro mujeres que cambiarían la filosofía moral británica, Elizabeth Anscombe, Philippa Foot, Iris Murdoch y ella. Frente a la argumentación brillante y vacía, las cuatro volvieron a Aristóteles, y Midgley llevó la ética de las virtudes hasta la biología. Publicó su primer libro pasados los cincuenta y nueve años, con una escritura clara y aguerrida.

La intención de Midgley no era fundamentar la moral en la biología, no quería deducir lo que debemos hacer de lo que la evolución hizo de nosotros. Ese salto del ser al deber ser era lo que reprochaba a Dawkins. Más bien quería comprender las bases naturales de la moral. Su crítica a Dawkins y su naturalismo no se contradicen.

En 1979 publicó un artículo feroz contra El gen egoísta, tan duro que ella misma lo lamentaría después, aunque el fondo sigue en pie. Una cosa es la ciencia y otra el cientificismo. La ciencia describe cómo funcionan los genes; el cientificismo salta de ahí a «somos máquinas de supervivencia gobernadas por el egoísmo». El gen egoísta es una metáfora, y ni siquiera dentro de la biología tiene la última palabra: que la unidad de la selección sea el gen, y no el individuo o el grupo, se discute desde Gould y Lewontin hasta la polémica que en 2010 enfrentó a E. O. Wilson con un centenar de colegas en Nature.

Frente al reduccionismo del gen y al dualismo que nos aparta de los demás animales, Midgley propuso algo más difícil. Somos animales y, a la vez, morales, sin contradicción. Una criatura social, dependiente de los demás durante años, necesitaba el cuidado y la lealtad para vivir en común. Somos, escribió, primates que tienen ética. La moral nace del conflicto entre nuestros muchos impulsos, que rara vez tiran hacia el mismo lado; es el trabajo de arbitrar entre ellos, no la fina capa que, para Dawkins, disimulaba el egoísmo. La continuidad con los animales no rebaja la ética, le da suelo. El propio Darwin lo vio así, y en El origen del hombre trató el sentido moral como el desarrollo de los instintos sociales; fue la tradición posterior la que cortó ese vínculo, asustada por el uso que algunos hicieron de su nombre.

La filosofía, decía, es como la fontanería, las tuberías ocultas bajo el suelo de la casa que solo notamos cuando algo empieza a oler mal. Pocas huelen hoy tan mal como la que separa lo que somos de lo que debemos hacer.

Hay una raíz temprana, y feminista, en todo esto. En los años cincuenta Midgley escribió para la BBC un guion, «Rings and Books», rechazado entonces y emitido solo unos días después de su muerte, sesenta años más tarde. Casi todos los grandes filósofos europeos, decía, habían sido solteros sin hijos, sin experiencia de convivir con una mujer ni de criar. ¿Y si esa vida al margen del cuidado había torcido su idea de lo humano hacia el individuo solitario? Ahí estaba ya lo que opondría a Dawkins, que existimos desde el principio en el vínculo y la dependencia. Su feminismo, más de madre que de académica, apuntaba a algo que la teoría vería después. Quién piensa, y desde qué vida, decide qué cuenta como naturaleza humana.

La crisis ecológica nos obliga a repensar nuestro lugar entre los seres vivos, justo lo que Midgley pedía desde hacía decenios

El asunto es de plena actualidad. La crisis ecológica nos obliga a repensar nuestro lugar entre los seres vivos, justo lo que Midgley pedía desde hacía decenios. El transhumanismo recupera el sueño de vencer a la muerte por la técnica, ese cientificismo con ínfulas de salvación que ella diseccionó. Y el darwinismo social vuelve cuando alguien presenta la desigualdad como ley natural. Sus enemigos no han muerto, se han cambiado de ropa.

Queda preguntarse por qué apenas se la lee en España. De toda su obra solo han llegado tres libros, y los centrales sobre la evolución y la moral siguen sin traducir. Pero hay algo más que un problema editorial. Midgley no cabe en las casillas de siempre. No es de derechas, desmontó la desigualdad disfrazada de ley natural; tampoco de cierta izquierda ilustrada, porque defendió las humanidades frente al cientificismo. Y no vale para un animalismo ingenuo, somos animales pero un hombre no es una lombriz, y criticó a Peter Singer tanto como a Dawkins. Un pensamiento que no da munición a ningún bando se lee mal en tiempos de trinchera.

Su último libro, What Is Philosophy For?, salió en 2018, el año de su muerte, poco antes de cumplir noventa y nueve. Sus memorias se llaman The Owl of Minerva, por la imagen de Hegel, el búho que solo alza el vuelo al anochecer, cuando ya solo cabe entender lo ocurrido. Para Midgley ese anochecer fue el final de una vida larguísima. Para nosotros, que apenas empezamos a leerla mientras el mundo vivo se nos deshace, la cuestión es si la lechuza alza el vuelo aún a tiempo de que sirva de algo.

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