El nacimiento de la granja vertical
¿Rascacielos para cerdos?
En las afueras de la ciudad de Ezhou, a orillas del río Yangtsé, en China, se alza un edificio que desafía cualquier imagen tradicional asociada a lo que puede ser una granja: 26 plantas de hormigón y acero, cada una dedicada a una etapa de la vida de los cerdos, desde la gestación hasta su engorde final, todo bajo un mismo techo.
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Lejos de ser una torre de oficinas o un bloque residencial, esta estructura vertical es una granja de altura diseñada para producir más de 1,2 millones de cerdos al año, equipada con sistemas automatizados de alimentación, cámaras de vigilancia de alta definición y controles ambientales que recuerdan más a una fábrica tecnológica que a una explotación agrícola. Construida por la empresa Hubei Zhongxin Kaiwei Modern Animal Husbandry, esta megafinca, donde cada nivel funciona de manera independiente dentro del proceso de cría, forma parte de la respuesta china a la presión por maximizar la producción de carne de cerdo en un país donde se consume casi la mitad de la producción mundial, además de la necesidad de optimizar el uso del espacio.
Estas granjas combinan automatización, control centralizado y sistemas tecnológicos para alimentar, monitorear la salud y gestionar la logística de miles de animales desde una única torre industrializada. Sus defensores argumentan que permiten gran eficiencia en manejo y bioseguridad frente a enfermedades como la peste porcina africana, que devastó millones de cabezas de ganado entre 2018 y 2020 en China y obligó a repensar los modelos productivos.
Sin embargo, el modelo es muy controvertido: organizaciones de bienestar animal y expertos en salud pública han expresado su preocupación por las condiciones de vida de los animales, la acumulación de residuos, los olores y los riesgos de brotes sanitarios en instalaciones tan densamente pobladas. Aunque los operadores sostienen que se emplean filtros de aire, sistemas de ventilación sofisticados y controles ambientales, esta instalación ha recibido denuncias por contaminación atmosférica y alteración de la calidad de vida.
¿Existe este modelo fuera de China?
Hasta ahora la ganadería vertical en altura no ha traspasado las fronteras chinas. Pero sí se ha aplicado la misma lógica para cultivar plantas, con proyectos de agricultura vertical, en los que los cultivos se producen en interior con sistemas de riego inteligentes y tecnologías avanzadas como la automatización, los sensores IoT, el control climático de precisión y el uso de energías renovables, que permiten reducir costes operativos y optimizar recursos.
La automatización y los sensores IoT están en la base de los proyectos de agricultura y ganadería vertical
Hay ejemplos como Nordic Harvest, en Copenhague, considerada una de las mayores granjas verticales europeas, con estructuras que permiten cultivar vegetales durante todo el año sin depender del clima y con un uso mucho menor de agua que la agricultura convencional.
En Suecia, empresas como SweGreen están instalando pequeños sistemas de producción dentro de los supermercados para cultivar hortalizas directamente en los puntos de venta, acortando la cadena de suministro y reduciendo residuos y emisiones. También en Estocolmo existen proyectos de «urban vertical farms» subterráneas que aprovechan espacios infrautilizados (por ejemplo, túneles o cuevas) para cultivar alimentos sin suelo y con hasta 90 % menos agua que la agricultura al aire libre, gracias a sistemas indoor controlados con luz LED y soluciones hidropónicas.
Mientras que este tipo de agricultura se va consolidando poco a poco, es más difícil que los rascacielos para cerdos irrumpan de repente en el paisaje de las ciudades europeas. Una de las razones es el debate sobre la salud pública y el bienestar animal. Concentrar a miles —o incluso cientos de miles— de animales en espacios cerrados exige sistemas extremadamente sofisticados de control sanitario, ventilación y bioseguridad. Aunque en países como China se defiende que estas instalaciones reducen el riesgo de enfermedades al estar altamente controladas, en Europa persisten fuertes dudas éticas y científicas sobre el impacto que tiene este tipo de confinamiento intensivo en la salud de los animales y en la posible propagación de patógenos.
A ello se suma la gestión ambiental de estas infraestructuras. La acumulación de residuos orgánicos, las emisiones asociadas a la ganadería intensiva y los problemas de olores suponen un desafío especialmente sensible en zonas urbanas densamente pobladas.
La salud de los animales, la propagación de patógenos o el consumo de energía son algunos de los elementos polémicos de este tipo de estructuras
El factor energético es otro elemento clave. Las granjas verticales, tanto de cultivos como de ganado, dependen de un consumo constante de energía para climatización, ventilación, iluminación artificial y automatización. En el caso de la agricultura vegetal, este aspecto ya está generando debates sobre su sostenibilidad real si no se combina con fuentes renovables. En la ganadería en altura, donde las necesidades energéticas son aún mayores, la viabilidad económica y ambiental resulta todavía más incierta.
Por último, existe una barrera social y cultural. La aceptación ciudadana de instalaciones ganaderas industriales en el entorno urbano es limitada, especialmente en países donde crece la sensibilidad hacia el bienestar animal y el impacto ambiental del consumo de carne. Más allá de la viabilidad técnica, cualquier intento de implantar este tipo de modelos tendría que enfrentarse a un debate público profundo sobre qué tipo de sistema alimentario se quiere fomentar y hasta qué punto la eficiencia productiva puede imponerse sobre otros valores sociales y ambientales.
La clave para que estas ideas se conviertan en soluciones reales —siempre con el debido análisis técnico y ético— será encontrar un equilibrio entre producción eficiente, sostenibilidad ambiental, bienestar animal y aceptación social.
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