Muchas de las figuras más destacadas del fútbol mundial han saltado al terreno del juego en los últimos días con motivo de los cuartos de final y semifinales del Mundial masculino de la FIFA. Sin embargo, para muchos aficionados, las hazañas de jugadores como Lionel Messi, Kylian Mbappé y Erling Haaland quedaron eclipsadas por las actuaciones de un personaje inesperado: el árbitro.
Dos decisiones polémicas empañaron la victoria de Inglaterra por 2-1 sobre Noruega: una que anuló un gol noruego debido a una falta previa, y otra que validó un gol inglés a pesar de una aparente colisión previa entre el balón y un cable aéreo. Del mismo modo, la victoria de Argentina sobre Suiza nunca pareció ponerse en duda cuando el videoarbitraje acarreó una segunda tarjeta amarilla al delantero suizo Breel Embolo. Una intervención que revirtió la decisión inicial del árbrito y decantó el devenir del partido.
En el centro de estas tres decisiones polémicas se encontraban tecnologías diseñadas precisamente para acabar con las decisiones polémicas. La FIFA validó el gol inglés apoyándose en el dispositivo snicko, que detecta el contacto y que estaba acoplado al balón. Las otras dos decisiones se basaron en el poco apreciado videoasistente (VAR), un panel de colegiados fuera del terreno de juego capaz de ver repeticiones y asesorar al árbitro sobre el terreno de juego.
Estas fueron solo las últimas de una serie de intervenciones cuestionadas del VAR en esta Copa del Mundo. Entonces, ¿por qué un sistema de alta tecnología diseñado para reducir la injusticia y los errores arbitrales ha acabado provocando más de las mismas polémicas que se suponía que debía zanjar?
Los hechos son importantes, pero también lo es el criterio
El fútbol es un deporte rápido y complejo, cuyas reglas se han ido desarrollando a lo largo de más de 160 años.
La tecnología puede ayudar a los árbitros a resolver algunas cuestiones objetivas, como si el balón ha cruzado la línea de gol o qué jugador lo tocó por última vez antes de que saliera del terreno de juego.
Sin embargo, muchas decisiones relacionadas con faltas, penaltis y manos dependen de cuestiones de criterio y de cómo aplicar las reglas. A menudo, incluso los expertos mejor informados discrepan sobre cuál es la decisión correcta.
Algunas disputas se refieren a márgenes de milímetros revelados por las repeticiones; otras en las que incluso el VAR parece haber pasado por alto una falta clara; y otras en las que una decisión técnicamente correcta resulta, sin embargo, injusta.
El VAR puede reproducir las imágenes para volver a examinar las decisiones y revisarlas. En teoría, esto debería ayudar a reducir los errores.
A pesar de que ahora las revisiones cuentan con más pruebas en las que basarse, muchos consideran que la toma de decisiones real es muy inconsistente
Sin embargo, a pesar de que ahora las revisiones cuentan con más pruebas en las que basarse, muchos consideran que la toma de decisiones real es muy inconsistente.
En parte, esto se debe a que el árbitro sobre el terreno de juego tiene discrecionalidad a la hora de aplicar con mayor o menor rigor ciertas reglas, como por ejemplo, hasta qué punto el contacto entre jugadores puede considerarse una falta. Según Pierluigi Collina, responsable de árbitros de la FIFA, el VAR tiene que adaptarse a la forma en que se arbitra el partido. Si el árbitro permite un contacto fuerte en el terreno de juego, el VAR debería adaptarse en consecuencia, y encontrar el punto de equilibrio para mantener la coherencia es todo un reto.
Los problemas fundamentales persisten
No es probable que más tecnología y más intervención resuelvan algunos de los problemas fundamentales.
Un partido disputado en febrero entre la Juventus y el Inter de Milán en la Serie A italiana ilustra el problema. Un jugador de la Juventus tuvo un contacto mínimo con un jugador del Inter, quien exageró el contacto y se cayó.
El árbitro mostró una tarjeta amarilla –por una falta grave– al jugador de la Juventus. Era la segunda tarjeta amarilla del jugador, lo que significaba que debía abandonar el terreno de juego durante el resto del partido.
Se podría pensar que era la ocasión perfecta para que el VAR revisara la jugada y aclarara la situación. Sin embargo, las normas del VAR impedían su uso para intervenir en situaciones de segunda tarjeta amarilla.
Cuando posteriormente se modificó la norma, no todo el mundo quedó satisfecho, incluido el jefe de árbitros de la liga italiana, Gianluca Rocchi, quien advirtió contra el «mayor uso de la tecnología». Al mismo tiempo, señaló que este tipo de incidentes no se producirían si «los jugadores se centran en jugar al fútbol y, por lo tanto, facilitan el trabajo al árbitro».
Más tecnología, más exigencias
Incluso cuando el sistema funciona, puede que no aumente la confianza de los aficionados en él.
En un partido del Mundial celebrado en junio entre Catar y Suiza, una decisión crucial sobre un penalti pareció depender de una señal de fuera de juego, que es precisamente para lo que está pensado el VAR.
Normalmente, tras una revisión del VAR, se muestra una infografía que detalla el resultado, pero en este caso no se mostró nada y se procedió a lanzar el penalti.
Los aficionados y los comentaristas se mostraron descontentos con la falta de información, afirmando que generaba desconfianza en la tecnología. Posteriormente, la FIFA declaró que la revisión del VAR se había llevado a cabo con éxito, pero que un problema técnico había impedido que se mostrara la infografía.
Así pues, incluso cuando se hace justicia, también debe verse que se hace. Cuanto más avanzada sea la tecnología, más se reducirá el margen de error y más exigirá el público transparencia. Al mismo tiempo, las posibilidades de fallo no harán más que aumentar.
Incluso cuando la tecnología funciona, puede convertir el fútbol en un juego de milímetros en aquellos casos en los que la posición de las puntas de los pies de un jugador pueda determinar una decisión de fuera de juego que cambie el rumbo del partido.
Este método puede parecer objetivo y basado en hechos, pero corre el riesgo de eliminar precisamente la emoción que atrae a los aficionados al fútbol. Es más, presupone que las mediciones son perfectamente precisas y exactas, sin errores.
Problemas mucho más allá del terreno de juego
El sistema VAR también ha tenido problemas fuera del campo. Un árbitro del VAR fue sorprendido visitando páginas de apuestas mientras trabajaba durante un partido. Otro fue suspendido por amaño de partidos. Se ha investigado a un responsable arbitral por influir indebidamente en las revisiones del VAR.
Y, a un nivel muy por encima del terreno de juego, la propia FIFA ha sido criticada por suspender la sanción impuesta a un jugador estadounidense sin una explicación clara y tras la intervención del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Esto podría haber abierto la puerta a una injerencia política más amplia, y ya hemos visto cómo otros países han solicitado un trato similar.
Quizá fuera inútil esperar que un sistema técnico pudiera poner fin a disputas fundamentalmente humanas en torno a un deporte que siempre ha sido más arte que ciencia.
Mientras tanto, se han invertido millones de dólares en la tecnología y el funcionamiento del VAR. Ahora, los errores conllevan una factura enorme, lo que los hace menos aceptables. Y esa misma inversión significa que es muy probable que el VAR haya llegado para quedarse, nos guste o no.
Bikesh Raj Upreti es lecturer in Business Information Systems, The University of Queensland; Federico Iannacci es senior Lecturer in Management, University of Sussex Business School, University of Sussex y Stan Karanasios es professor in Information Systems, The University of Queensland. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
COMENTARIOS