ENTREVISTAS

«No soy capaz de renunciar a un espacio educativo donde todos quepamos»

Resulta insólito conversar con un político y que no esparza consignas, que no se altere, que escuche y responda a la pregunta, que no incurra en continuos anacolutos. Ethic entrevista a Ángel Gabilondo.

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16
May
2014

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Resulta insólito conversar con un político y que no esparza consignas, que no se altere, que escuche y responda a la pregunta, que no incurra en continuos anacolutos. Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949) es catedrático de Metafísica en la Universidad Autónoma de Madrid y preside la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas. Su vocación es la enseñanza. Fue ministro de Educación entre 2009 y 2011. Hizo lo que pudo y estuvo al borde del milagro: conseguir ese gran acuerdo educativo que desterrase la práctica de remover, cada cambio de ejecutivo, los planes de estudio. Después de una generosa bibliografía, presenta una condensación de ideas, imágenes, tratados. ‘Por si acaso. Máximas y mínimas’ (Espasa).

¿Cuando un razonamiento, un juicio, una experiencia, se condensa en una máxima, qué se pierde por el camino?
Un aforismo, aunque lo mío no llega a tanto, es un corte, una incisión; creerse que un corte o incisión es todo sería un error mayúsculo. Cuando incides en algo lo subrayas y, cuando lo subrayas, lo haces sangrar, pero por el camino se queda casi todo. Mejor así, no me gusta la gente que se cree que lo sabe todo o que lo ha dicho todo.

¿Cómo se diferencia una máxima, una mínima, un aforismo de una consigna?
La consigna tiene voluntad proselitista, trata de convocar o de convencer al otro, intenta llamarle a que te siga, o que siga tus ideas; yo no tengo voluntad alguna de que nadie siga lo que digo, en todo caso quiero que prosiga su propio pensamiento, pero no convocarlo a ninguna tarea, no son recetas para generar sectas.

«El mundo se encuentra en la dificultad de ser otro, aunque nosotros somos cada vez más los mismos». ¿Y así nos va?

Sí, a veces hablamos del mundo, de la gente, como si nosotros no tuviéramos que ver con eso, de la transformación de la realidad como si eso no nos incidiera. Tenemos que transformar el mundo, queremos que la realidad sea de otra manera, pero nosotros permanecemos igual. Hay en esto una arrogancia, una sensación de que estamos bien y de que el problema lo tienen los otros, lo que llamamos despectivamente ‘la gente’. «La gente no lee», por ejemplo, decimos. Y estas consideraciones son desconsideradas, y no me gustan; hay que implicarse más en lo que uno dice y no sólo llamar a que los demás sean otros. También uno debe llamarse a sí mismo a ser otro.

Las generalizaciones, entonces, son «sofisticadas maneras de equivocarse»…

Sí. Hablamos de ‘los japoneses’, de ‘los españoles’, de ‘las mujeres’… se puede hablar genéricamente, pero hay que tener cuidado porque muchas veces caemos en la injusticia. En todos los ámbitos hay personas extraordinarias. Excepciones. Con esto no quiero decir que no se pueda hablar en plural sino que hay que hacerlo con cuidado, saber que hay injusticia en esa pluralidad.

En este libro, como en los anteriores, hay un llamamiento a reconocernos en los otros, y a experimentar que el otro somos nosotros. Sin embargo, hechos como los que están ocurriendo en Melilla entronizan lo contrario, que el otro es el enemigo.
Uno es otro para sí mismo, también; saber que uno es extraño y extranjero para sí mismo es importante porque a veces la primera xenofobia comienza por no aceptar que tú también eres otro para ti. Desde luego, es un asunto determinante, el desafío de nuestro tiempo, el olvido del otro, la desconsideración para con la alteridad y la diferencia del otro; en tiempos de crisis cada uno lo suyo, se instituye el ‘sálvese quien pueda’, y por eso el otro se nos vuelve un contrincante, un enemigo, un obstáculo, un problema. Por eso hago una llamada también a hospitalidad para con el otro.

«El peor enemigo de la pobreza es la justicia». Casi duele leerlo.
La pobreza es la gran injusticia, y la mejor manera de combatir la pobreza es traer condiciones de igualdad, oportunidad de equidad y de justicia. No estoy en contra de que se hagan esfuerzos de caridad, de filantropía, pero ha de combatirse la pobreza con la justicia, y no sólo con la admninistración de la justicia, sino con la creación de condiciones de dignidad y de vida justa. Cada vez que estamos luchando por la justicia también luchamos contra la pobreza, en todos los sentidos, porque la pobreza tiene muchas modalidades.

«No pensar en los demás es, antes de nada, carencia de pensamiento». Y, en segunda instancia, ¿psicopatía en tanto que carencia de ponerse en el lugar del otro? ¿Esta crisis la han creado psicópatas?
Un poco sí, la psicopatía es una enfermedad. Cuando Montaigne habla del mundo enfermo elabora una lista interesante de enfermedades, entre ellas la falta de amistad y de comunicación como las máximas expresiones de un mundo enfermo. La pobreza, el sufrimiento, la falta de diálogo, la persecución de la palabra no dejan de ser símbolos de un mundo enfermo, por lo menos de falta de salud social, y el olvido del otro, insisto, es una enfermedad social, al igual que la desconsideración para con la palabra de los demás. Y sí, no sé si técnicamente psicópatas, pero esta crisis la han generado desalmados, lo expresa muy bien el castellano, personas sin espíritu, sin solidaridad ni compasión, incluso diría que con impiedad social y falta de paz para con los otros. Simpatía y compasión son la misma palabra, padecer con el otro, sentir y conmoverse con el otro. Quien no sienta simpatía o compasión por el que sufre, desde luego está enfermo.

«El que la verdad no tenga siempre reportero a mano», ¿se debe a que es discreta, a que sucede de tarde en tarde o a que no conviene que sea noticia?
En general, creo que el periodista ha de contar con tres cualidades: que le importen los otros, que escriba o hable bien y, desde luego, que le importe y ame la verdad. Sólo entonces tendremos noticia.

Pensé que periodismo y verdad podrían ser sinónimos…
Deberían. Por eso me permito el descaro de reivindicar la verdad; a veces no sabemos qué es, y está bien quizás que no lo sepamos, pero uno no puede renunciar a ella, a su búsqueda, y por fortuna siempre hay a mano alguien que deja constancia de lo que es verdadero, aunque a veces la verdad sea discreta y, otras veces, silenciada.

En la búsqueda de la verdad de cada uno, ¿somos más torpes a la hora de hacernos las preguntas correctas o de contestarnos?
Unas buenas respuestas a veces no zanjan la pregunta sino que la replantean de nuevo, la desplazan, llegan a otras preguntas mejores; la filosofía sirve para hacer preguntas, pero también para ofrecer respuestas, pero esas respuestas no siempre agotan las preguntas sino que pueden generar preguntas distintas. Por otro lado, la pasividad en responder entroniza la pregunta, pero no la problematiza, ni la responde ni la desplaza. Sin olvidar que en ocasiones no hacemos las preguntas adecuadas porque no tenemos el valor de dar respuesta a esas preguntas.

¿Qué papel cumple el silencio en todo eso?
Es determinante. A veces lo confundimos con acallar las preguntas, pero el silencio forma parte de la melodía, sin silencio no hay música, sin silencio no hay palabra. El silencio nos da a veces qué decir, y se preserva con alguna palabra, porque también hay palabras que preservan el silencio.

«Ayer me topé con una línea. Ni era roja, ni infranqueable. La traspasé. Me vino bien. Y a ella. Aunque quizás sí fuera insuperable». ¿Cuándo sabe uno que hay que saltarse la norma?

No sé, ni siquiera sé si la línea es exactamente una norma, se suele hablar de ‘Moby Dick’ y el capitán Ahap cuando existe una necesidad de salir al encuentro de un desafío, de salir al encuentro incluso de tu propio morir y de tu propio vivir; cuando hablo de la línea no lo hago tanto como norma sino en cuanto a la necesidad de ir hacia esa línea que es un horizonte y que por tanto nunca se alcanza, salir a dar la mejor versión de nosotros mismos, de alguna manera, y aceptando que cuando franqueas una determinada línea, cuando respondes a un desafío viene otro distnto. No sé cuándo uno debe franquear algo, pero sé que ha de hacerlo teniendo en cuenta la búsqueda de la justicia. No siempre coinciden legalidad y justicia, pero tampoco podemos utilizar este hecho como coartada para no cumplir las leyes.

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Al capitán Ahap le mueve la venganza. ¿Qué importancia tiene la motivación de nuestro pasos?
Es absolutamente importante. Verá, amo una palabra latina, mouere, de la que provienen una serie interesante de palabras: mover, movilizar, motivar y emocionar. Esas palabras tienen que ir juntas. Al hablar, cuando damos buenos motivos, también movilizamos mucho, y además podemos emocionar, y tener conmociones es compartir con el otro motivos. Motivar es dar contenido lógico, ofrecer buenas razones, y dirigirse a la inteligencia del otro, porque la inteligencia es emocionante.

Volvamos a la línea roja. ¿El Estado de Bienestar la ha traspasado, estamos en un punto de no retorno?
El Estado de Bienestar es el triunfo de la mesura, y la mesura no es la mediocridad ni la medianía, sino eso que llamamos las clases medias; significa combatir los extremismos, que nadie haga acopio de bienes mientras otros pasan hambre, tienen vulnerabilidad e indefensión. El Estado de Bienestar combate la desigualdad. No estoy en contra de la riqueza, lo que me parece mal es que tengan unos sí y otros no, y que la tengan unos a costa de otros. El Estado del Bienestar es el impulso de los derechos y condiciones de vida para todos, de ahí el crecimiento de las clases medias, y está vinculado a la educación, la sanidad y las políticas sociales. Estos tres campos, en el mundo, en Europa y en España en concreto, están siendo cada vez más desatendidos. Saldremos de la crisis, sí, sin duda, pero hay que tener cuidado y sopesar a qué precio, de qué manera y con qué víctimas y derechos cortados.

«Quien está contento tiene menos tendencia a buscar culpables». Atendiendo a esta máxima, nuestra clase política es dichosísima, puesto que no sólo no busca (ni encuentra) culpables, sino que ni siquiera halla responsables…

Es importante esa distinción entre responsabilidad y culpabilidad, ser responsable de algo no significa que se sea culpable de ello; yo he asumido responsabilidades de muchas cosas de las que no me siento culpable. La gente que no se sorporta a sí misma ve a los demás insoportables, los que no se soportan son insoportables por lo general y, cuando uno no está bien, no se gusta, no se encuentra a sí mismo y tiende a echar la culpa a los demás. No digo que el ámbito de la política no necesite un replanteamiento profundo, pero me llama la atención esta tendencia social a sacar de sí toda responsabilidad y culpar y proyectarla en grupos: los periodistas, los políticos…

Sin ánimo de ser impertinente esta respuesta ha resultado muy ‘política’. Esos recortes de los que hablábamos antes, que producen víctimas, los aplican determinados centros de poder.
No estoy en contra de los recortes. En una familia, cuando entra menos dinero, se recorta, se hace uno más austero. Se trata de aplicar cierta sensatez en aquello en lo que uno decide recortar. Desde luego, por seguir con el ejemplo, si uno de los miembros de la familia se queda en paro y entra un solo sueldo a casa, se dejará de ir al cine o al teatro, pero no se dejará de comprar leche para los niños ni las medicinas para el abuelo. Por eso creo que los recortes no son inocentes. Recortar en Educación no reporta mejora alguna. Al contrario, ahonda en la desigualdad, porque se resienten programas fundamentales (y justos) como los de la inclusión de las personas con discapacidad o de los inmigrantes que requieren una ayuda para seguir el ritmo de la clase. Creo que se debería controlar el gasto, pero Educación y Sanidad no son los terrenos adecuados para podar la inversión.

Usted, que estuvo al borde del milagro, me podrá responder. ¿Qué cosas ha habido en su paso por la política que le han hecho claudicar?
Una manera interesante de preguntar por algo sobre lo que muchos me preguntan y no suelo contestar… Primero, he aprendido en mi casa que la vida es lucha, austeridad, exigencia, comunicación, comunidad, esos valores que reconocen la resignación, distinta a la asunción de cosas que ocurren y frente a las que nada puede hacerse. Segundo, y hablando del proyecto educativo, creo que es importantísimo y que no debe renunciarse a él jamás, habrá que llegar a un acuerdo, buscar consenso, porque la estabilidad normativa es decisiva, e implicar a toda la comunidad educativa y a todos los territorios… la educación y la cultura combaten la miseria e ignorancia del mundo. No quiero renunicar a ese proyecto conjunto de construir un espacio educativo donde todos quepamos.

«También es un insomnio erótico no dormir por una palabra que nos falta». ¿Qué palabra le quita el sueño a Ángel Gabilondo?
Muchas, a veces tengo dolor de palabra, y es verdad que uno puede no dormir por una palabra que le falta; en algún momento dormía con un papel en la mesilla de noche para apuntar aquello que me asaltaba, pero he aprendido a perderlas y a vivir con lo que me falta, incluso con las palabras.

«Nos pasamos la vida tratando de aprender a vivirla». ¿Y al final la vivimos bien?
Nos cuesta mucho, aprender a vivir es tarea de una vida entera, no se aprende de pequeño, cada día uno tiene que resucitarse, revivir; los grecolatinos lo explicaron muy bien exhortándonos a «vivir cada día como si fuera el último, cada instante como si fuera el último; vivir cada día como si todas las estaciones del año pasaran en él, como si un día tuviera la primavera, el verano, el otoño y el invierno», acabar el día, como apuntaba Séneca, «con la sensación de haber vivido intensa y densamente».Vivir es eso, tratar de vivir, acaso.

¿Y qué nos dice la muerte de nuestra vida?
Me suele gustar decir que no se trata tanto de pensar en la muerte sino de pensar como un mortal, no es tanto pensar en el amor, sino como un enamorado, pensar en la verdad sino desde ella, ser tenido por la verdad. Vivir como mortal nos enseña que somos seres efímeros, seres de un día, cotidianos, y vivimos un poco al día, lo que nos permite vivir con mucha intensidad y amar la vida y que en cada instante lata la eternidad, habitar el instante. No deduzco del ser mortales nada lúgubre ni tristón, al contrario, es la clave para vivir una vida gozosa y dichosa.

¿Y por qué tendemos a recrearnos en el dolor, como si tuviera más densidad?
Es cierto, siempre nos parece que una persona que cuenta catástrofes es más sincera que quien cuenta buenas noticias, que una persona que en una reunión es poco ciudadosa es más sincera que quien lo es.

Y por ello la bondad parece que ha de justificarse…
Sí, si alguien aparece como bueno creemos que nos está engañando, si habla bien, que nos está timando, si es amable, despierta la sospecha…

Estas máximas, o mínimas, resultan estupendas para Twitter…
Siempre que se observa que las máximas no zanjan las conversación nos que hablar. En los espacios vacíos es donde reposa la posibilidad.

Un modo muy zen de acabar esta charla…
Sí, es que despertarse lleva a veces años, y no hay una palabra que valga por todas, ni sentencia que acabe con las demás…

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