ENTREVISTAS

Arancha González Laya

«La Unión Europea es una criatura que nada a contracorriente de la Historia»

Fotografías

Gustavo Tolaba
¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
19
octubre
2026

Fotografías

Gustavo Tolaba

Las amenazas de Donald Trump de retirar su apoyo a Europa en materia de seguridad y defensa ha puesto de manifiesto la necesidad europea de desarrollar una sólida capacidad defensiva. En su libro ‘Solos en el mundo’ (Arpa, 2026), la exministra de Asuntos Exteriores, decana de Sciences Po y defensora acérrima del proyecto europeo Arancha González Laya (San Sebastián, 1969) aborda los principales retos a los que se enfrenta el Viejo Continente. Conversamos con ella sobre este tema en las oficinas del European Council on Foreign Relations de Madrid.


El libro hace hincapié en la postura que debe mantener Europa en estos tiempos de grandes cambios geopolíticos. El mayor, tal vez, sea el giro de actitud en la relación transatlántica con Estados Unidos, su principal socio —y protector— y arquitecto del orden internacional imperante.

La llegada de Donald Trump ha supuesto la vulnerabilidad de Europa, algo muy peligroso, porque nosotros somos una criatura que nada a contracorriente de la Historia: nuestro ADN es vaciar de contenido el Estado-nación para hacer un proyecto europeo fuerte. Y cuando uno es una especie única en la fauna y la flora mundial, el sentirse vulnerable es más peligroso. Además, esa vulnerabilidad ha tomado una forma agresiva y zafia.

«Ya hay un ejército europeo: la OTAN»

Trump ha amenazado también a otros países. ¿Esa vulnerabilidad es solo nuestra?

Nosotros tenemos características específicas. Tenemos una alianza con Estados Unidos. La situación más cercana que podamos imaginar es Canadá, con la diferencia de que ellos comparten miles de kilómetros de frontera terrestre con Estados Unidos y cuando Trump dice que va a anexionarse Canadá para ellos es algo muy cercano. Para nosotros esa vulnerabilidad tiene dos elementos: uno, que no somos un Estado-nación, sino la suma de voluntades de veintisiete países y, otro, que hemos construido esta Unión Europea con el apoyo y enorme capital de Estados Unidos. Que ahora Estados Unidos escriba en su Estrategia de Seguridad Nacional que quiere acabar con la Unión Europea y tratar con cada uno de los Estados-nación nos hace vulnerables.

Una de las cosas que reitera Trump es retirarnos su protección, algo que ha dejado al descubierto la necesidad de una defensa europea sólida. ¿Implica desarrollar nuestro propio ejército o reforzar la OTAN?

Empezar una discusión sobre la capacidad de disuasión de Europa desde la noción de un ejército es equivocado. Ya hay un ejército europeo. No lo llamamos así, pero cada vez que hay una misión de la OTAN patrullando el flanco este es un ejército multinacional compuesto por militares de distintos Estados de la OTAN. La única cosa que no tenemos en la OTAN es el comando de las operaciones militares, cuya última palabra la tiene Estados Unidos. La discusión debe ser cómo construimos capacidad de disuasión sin, o incluso contra, Estados Unidos.

¿Contra?

Hemos vivido una situación en la que el presidente de Estados Unidos ha amenazado con hacerse con Groenlandia: eso es contra la Unión Europea. Este episodio marcó un antes y un después en nuestra relación con la Administración de Estados Unidos. Yo me reúno mucho con estadounidenses —demócratas, republicanos, magas— y a todos les pregunto si se han percatado de la gran fractura que se crea con esta amenaza de tomar por la fuerza Groenlandia.

¿Existe una voz europea unánime, común contra esta actitud de Estados Unidos?

Sí, por boca de la primera ministra danesa, que es quien fijó posición. Pero esto de que Europa hable con una sola voz no funciona. Somos veintisiete, Europa es coral y esa coralidad a veces suena mejor, cuando alineamos los mensajes, y a veces un poco desafinada, cuando los mensajes tienen distintas tonalidades. Y es normal que las tenga, porque estas veintisiete voces tienen veintisiete experiencias históricas distintas con veintisiete contextos nacionales y políticos distintos. En el caso de Groenlandia, la voz la marcó con mucha firmeza la primera ministra de Dinamarca, junto con el primer ministro de Groenlandia. Entonces se endureció el discurso de todos los europeos y se empezó a hablar del uso del instrumento anticoerción europeo contra Estados Unidos, algo impensable.

«La mayor oposición al presidente de Estados Unidos han sido los mercados financieros»

Y esta unión sirvió para frenar un poco a Trump.

Ocurrió que, además de un clamor por parte de la Unión Europea y su opinión pública, los mercados financieros empezaron a mostrar señales de disconformidad. Ha sido muy interesante ver cómo la mayor oposición al presidente de Estados Unidos han sido los mercados financieros en momentos claves como la guerra arancelaria o el episodio de Groenlandia, donde una serie de fondos de pensiones nórdicos dijeron que se salían del mercado de deuda estadounidense. Eran pequeños fondos de pensiones con pequeño impacto económico-financiero, pero caló el mensaje político y puso en solfa a los mercados.

Luego hay episodios como el ataque de Rusia a Ucrania donde la falta de una postura común sobre cómo actuar hace que algunas voces cuestionen el proyecto europeo. ¿Está en juego?

El proyecto europeo es mortal, construido hace ochenta años como proyecto político por la voluntad de sus miembros de que exista. No es un Estado-nación. La Unión Europea es una criatura que se revela en el siglo XVII contra el Tratado de Westfalia, que establece el orden político de los Estados-nación. Después de la Segunda Guerra Mundial, hay una rebelión contra ese orden establecido que vacía de contenido el Estado-nación y que tiene tres patas: el multilateralismo —los Estados transfieren cuotas de poder a instituciones internacionales para gestionar cuestiones supranacionales—, la globalización y la Unión Europea. Porque inventa una categoría política distinta: no es un Estado ni una confederación de Estados, sino una unión de Estados que deciden transferir cuotas de soberanía de manera voluntaria y compartirla, porque entienden que así son más fuertes.

«La Unión Europea no puede defender la paz si no tiene la capacidad de imponerla»

¿Aprecia hoy esa voluntad de seguir cediendo en pos de la Unión Europea?

Entiendo que todos los Estados entienden que hoy incluso los más grandes dentro de la Unión Europea son pequeños en la escala del mundo. Y entiendo que todos entienden que la única manera de proyectar poder para todos es con más unión. Pero también veo que avanzar en esa transferencia de mayores cuotas de soberanía es difícil.

¿Por qué?

Porque las fuerzas neonacionalistas están también dentro de la Unión Europea. Tenemos fuerzas políticas que quieren vaciar de contenido a la Unión Europea. Antes querían salirse, pero cuando han visto lo que le ha ocurrido al Reino Unido, quieren los beneficios de la Unión Europea sin los costes. No es posible. Ese choque entre fuerzas integracionistas y neonacionalistas dificulta avanzar. Por eso, un elemento muy importante para hacerlo es el debate y el diálogo con los ciudadanos.

Como con la cuestión de una política de defensa, aspecto clave si queremos ser un actor de peso. Teniendo en cuenta que el proyecto europeo se basa en la paz y la prosperidad, ¿cómo le explicamos esto a la ciudadanía?

Primero tenemos que debatirlo. A finales de 2025, participando en un debate ciudadano con un discurso sobre la necesidad de Europa de rearmarse, un ciudadano me interpeló y me explicó que era pacifista, que creía en la Unión Europea como un proyecto de paz y que ahora luchaba contra sí mismo, porque una parte sabía que solo podremos mantener la paz si nuestro país se rearma. Este es el gran dilema al que se enfrentan muchos ciudadanos y creo que esto hay que discutirlo. No quiero transformar a Europa en un proyecto de guerra, pero no creo que la Unión Europea pueda seguir ambicionando ser una defensora de la paz si no tiene la capacidad de imponer esa paz, incluyendo la capacidad de defenderse frente a quien hoy le está atacando.

«Tenemos fuerzas políticas que quieren vaciar de contenido a la Unión Europea»

Lo cual nos obliga a cambiar el contrato social europeo. ¿Qué características debería entonces tener dicho contrato?

Debemos entender que no podemos disociar el bienestar de la seguridad, pues no tendremos bienestar si no podemos garantizar nuestra seguridad. No se trata de elegir entre cañones y mantequilla. No tendremos bienestar si somos vasallos de una Rusia que decide cómo se cambian las fronteras de nuestros países o si no podemos garantizar la seguridad de nuestras infraestructuras energéticas. No se trata de elegir, sino de ver cómo aunamos bienestar y seguridad.

Precisamente la guerra de Ucrania puso de manifiesto que la energía tenía un coste, que el Green Deal tenía fallos y que Europa necesitaba una autonomía estratégica. ¿Puede hoy el bloque garantizar la autonomía energética y la descarbonización?

El error con el Green Deal no fue el [propio tratado], sino no hablar de la factura del Green Deal. Porque tiene unos costes que hay que hacer compatibles con la competitividad. Es decir, el error fue elegir solo un objetivo y no equilibrarlo con los otros dos, pues se trata de un triángulo: descarbonización, competitividad con cohesión social y seguridad.

Hablemos de China, un actor de peso en el tablero geopolítico que está jugando muy bien sus cartas. Desde que Trump volvió a la Casa Blanca, Estados Unidos está saliendo de muchas agencias y organismos internacionales, dejando un espacio que China está sabiendo llenar sabiamente.

La ambición de China no es reemplazar a Estados Unidos y ser el nuevo poder hegemónico, porque entiende que eso tiene unos costes y no está interesada en pagarlos. Lo que hace es ocupar aquellos espacios que le interesan de una manera selectiva e invertir en un sistema de reglas internacional. Quiere que las reglas se parezcan más a sus intereses, pero no quiere destruir, como Rusia. Busca estabilidad, porque su desarrollo económico y su progresión social funcionan mejor así que con inestabilidad. Por eso invierte en el sistema internacional.

«No podemos disociar el bienestar de la seguridad»

Entonces, ¿qué postura debemos mantener con China?

Esta es la gran disyuntiva que está sin resolver. Apenas comienzan los Estados miembro a hacerse cargo de la dificultad de definir una estrategia con respecto a China. Esta estrategia tiene un espacio de cooperación que se va estrechando y dos puntos de conflicto claros y complejos. Uno, el apoyo indirecto de China a Rusia para que haga la guerra en Ucrania, que es nuestro problema existencial. Una de las principales dificultades es cómo conseguir que China sea una fuerza que modere la agresividad rusa hacia Ucrania y el continente europeo. Dos, el desequilibrio estructural en la economía china: representa un tercio de la capacidad de producción industrial del mundo, pero tiene un consumo doméstico muy limitado, lo cual significa que utiliza los mercados externos como variable de ajuste. Como el mercado americano se ha cerrado, la variable de ajuste es Europa. El gran problema es que este exceso de capacidad productiva china se da en sectores donde nosotros también queremos basar nuestra competitividad a futuro: tecnologías verdes, biocombustibles, bioquímica, química, el espacio. Estamos llegando a un punto de fricción políticamente difícil para la Unión Europea.

Otro frente abierto es el conflicto de Estados Unidos con Irán. ¿Cómo afecta esto a Europa? ¿Qué lecciones podemos sacar?

La debilidad de Estados Unidos nos afecta de forma negativa, porque es nuestro aliado en una alianza militar, el principal accionista, y si está débil, a nosotros nos va mal. Creo que también supone reforzar políticamente un régimen teocrático que tiene ambiciones nucleares, misiles balísticos y proxys en la región y que ha mostrado una capacidad para articularlos todos y generar un gran desorden regional en una zona que está en las puertas de la Unión Europea, no de Estados Unidos. El Golfo es nuestro vecindario mediterráneo y nudo logístico y energético fundamental para la economía mundial. Pero ¿qué ocurriría si estas rutas comerciales que pasan por nuestra puerta de este a oeste —el estrecho de Gibraltar, el Mediterráneo, el canal de Suez— lo hicieran por el Ártico? ¿Si esas rutas se rediseñan en esta confluencia del cambio climático con la geopolítica? Ahí tenemos mucho que perder.

«Estamos solos, pero esta soledad puede ser un vacío que nos desempodere o un revulsivo para la acción»

Efectivamente, una de las cosas que nos ha demostrado el cierre de Ormuz es la importancia del comercio marítimo. El deshielo del Ártico está brindando la posibilidad de trazar rutas marítimas por ahí. Rusia, China, Estados Unidos se empiezan a hacer fuertes. ¿Y Europa?

Europa está también fortaleciendo su músculo ártico. De hecho, está obligando a unos países del norte de Europa a replantearse la cuestión de su pertenencia a la Unión Europea. Es el caso claro de Islandia, que abandonó las negociaciones de adhesión justo después de la crisis financiera de 2008 y que vuelve a plantearse un referendo nacional. Visto lo ocurrido en Groenlandia, la pregunta es: ¿puede Islandia mantenerse flotando en el Ártico? La misma pregunta se están haciendo en Noruega, otra potencia del Ártico.

¿Podría entonces lo que parece una amenaza de Trump convertirse en una oportunidad para reforzar el proyecto europeo?

Ahí es donde yo hablo de esta idea de soledad fértil. Porque estamos solos. Pero esta soledad puede ser un vacío que nos desempodere o un revulsivo para la acción. Esa es la disyuntiva de la Unión Europea.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME