La accesibilidad que no se ve
La accesibilidad universal tiene dimensiones distintas: la física, la cognitiva, la sensorial, la digital, la comunicativa o la actitudinal.
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La accesibilidad es la condición que permite a cualquier persona usar, comprender y disfrutar un entorno, un producto o un servicio en igualdad de condiciones. Durante décadas, ese principio se ha materializado en rampas, ascensores, baños adaptados, escalones rebajados. Pero un mundo atravesado por pantallas, webs, papeleo administrativo y lenguajes técnicos ya no se puede reducir al espacio físico.
Plena Inclusión, la confederación que agrupa a más de 150.000 personas con discapacidad intelectual y a sus familias, la define como la cualidad que tienen las cosas, los espacios o los textos cuando los entienden todas las personas. La ley española, tras la reforma de 2022, recoge esta visión amplia y reconoce explícitamente que la accesibilidad universal tiene dimensiones distintas: la física, la cognitiva, la sensorial, la digital, la comunicativa o la actitudinal. Existen, en realidad, tantas accesibilidades como obstáculos puede encontrar una persona para participar de la vida común.
La accesibilidad cognitiva se ocupa de que entornos, trámites y textos puedan ser comprendidos por todo el mundo. Un prospecto típico dice: «El comprimido debe administrarse por vía oral, preferentemente en ayunas, ingiriéndolo con una cantidad suficiente de líquido». El mismo prospecto, adaptado a lectura fácil, dice: «Toma la pastilla por la boca. Es mejor tomarla antes de comer. Bébete un vaso de agua con la pastilla».
Otro tipo de accesibilidad es la sensorial, que agrupa lo visual y lo auditivo: braille en los botones del ascensor, semáforos sonoros, audiodescripción de películas, subtitulado, lengua de signos o bucle magnético en una sala de conciertos. En España hay cerca de 71.000 personas afiliadas a la ONCE y más de 1,2 millones con algún grado de discapacidad auditiva, según el INE. Para todas ellas, una serie sin subtítulos bien hechos o una urgencia hospitalaria sin intérprete supone una barrera tan real como unas escaleras sin rampa.
Una urgencia hospitalaria sin intérprete supone una barrera tan real como unas escaleras sin rampa
Cada vez más decisiva es la accesibilidad digital, que en el fondo es la traducción de la sensorial al lenguaje de las pantallas. Si una imagen en una web no lleva texto alternativo, una persona ciega que use un lector de pantalla no la «ve»; si los formularios no están etiquetados, no podrá rellenarlos; si los subtítulos automáticos no van sincronizados, una persona sorda quedará tres frases por detrás del informativo. Las barreras digitales son hoy las más numerosas y, a la vez, las más fáciles de eliminar: muchas se corrigen en pocas horas de trabajo de un desarrollador.
España legisla la accesibilidad universal desde 2003, pero el salto cualitativo llegó en 2022, cuando una reforma de la Ley General de Derechos de las Personas con Discapacidad incorporó por primera vez la accesibilidad cognitiva como dimensión explícita. En paralelo, Europa ha redibujado el mapa de la accesibilidad digital con la conocida como European Accessibility Act, que entró en vigor el año pasado y obliga, por primera vez, no solo al sector público sino también al privado a garantizar que sus productos y servicios sean accesibles. España tiene, además, el régimen sancionador más duro de la Unión: hasta un millón de euros por infracciones muy graves.
Sobre el papel, el armazón es ambicioso. En la práctica, los diagnósticos externos pintan otro cuadro. El Barómetro de Accesibilidad Web 2025, elaborado por Tech4access, Everycode e inSuit sobre 204 webs privadas de gran tráfico en España, concluye que solo el 2% de las empresas auditadas cumple plenamente la nueva normativa europea, y que el 24% no supera siquiera los criterios técnicos básicos. El último informe del CERMI sobre derechos humanos y discapacidad, publicado en abril de 2026, sitúa la accesibilidad a la cabeza de los derechos vulnerados en España, por delante de la educación y el empleo.
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