El fin del mérito humano
¿Qué ocurre con la ética del esfuerzo cuando las máquinas producen resultados que antes requerían años de estudio, talento o práctica? ¿Qué sentido tiene hablar de mérito si la creatividad, la escritura o la composición musical se automatizan en segundos?
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Durante siglos, la civilización occidental ha sostenido una fe silenciosa pero poderosa: la del mérito. Desde Aristóteles, que entendía la areté (virtud) como la excelencia alcanzada mediante el hábito, hasta la ética protestante analizada por Max Weber, el mérito se convirtió en la piedra angular de la modernidad. Trabajar, esforzarse, superarse: esas palabras no solo describían una conducta, sino un ideal moral. El mérito era la evidencia de que el individuo podía escribir su propio destino.
Pero ese relato, tan arraigado en nuestras biografías, parece tambalearse en la era de la inteligencia artificial. ¿Qué ocurre con la ética del esfuerzo cuando las máquinas producen resultados que antes requerían años de estudio, talento o práctica? ¿Qué sentido tiene hablar de mérito si la creatividad, la escritura o la composición musical se automatizan en segundos?
Los algoritmos no descansan ni fracasan. No sienten la frustración ni la esperanza, pero aprenden más rápido que nosotros. En ese contraste se revela una herida cultural profunda: la que separa el valor del resultado del valor del proceso. En la sociedad del rendimiento que describía Byung-Chul Han, el individuo era ya una máquina de autoexplotación, un sujeto que debía producir sin cesar para demostrar su mérito. Ahora, las inteligencias artificiales amenazan incluso con apropiarse de esa última función.
El mérito como mito moderno
La meritocracia fue, en su origen, una utopía ilustrada. Frente a las jerarquías del linaje o la cuna, el mérito ofrecía una justicia racional: ascender por talento y esfuerzo, no por nacimiento. Sin embargo, como advirtió Michael Sandel, ese ideal se ha convertido en una trampa moral. La meritocracia produce arrogancia en los ganadores y humillación en los perdedores, porque asume que el éxito siempre es merecido.
¿Qué ocurre con la ética del esfuerzo cuando las máquinas producen resultados que antes requerían años de estudio, talento o práctica?
La irrupción de la inteligencia artificial lleva esta paradoja al extremo. Si una red neuronal puede pintar como Rembrandt o escribir ensayos sobre Kant sin haber vivido, ¿cómo seguimos valorando el talento humano? ¿Qué significa «merecer» algo cuando la inteligencia, que creíamos el último bastión del mérito, puede replicarse en una máquina?
Foucault nos enseñó que cada época produce sus propios dispositivos de poder. La meritocracia fue uno de ellos: una tecnología social que organizaba la obediencia mediante la promesa del ascenso. Hoy, el nuevo dispositivo es algorítmico. En lugar de medirnos por la educación o el esfuerzo, seremos evaluados por nuestra capacidad de interactuar con sistemas que piensan por nosotros. El mérito ya no consiste en saber, sino en saber usar.
El desplazamiento del talento
Durante siglos, el talento fue el espacio sagrado del individuo. Desde el genio romántico hasta el emprendedor contemporáneo, creíamos que la chispa de la creatividad era intransferible. Sin embargo, los grandes modelos de lenguaje y las inteligencias generativas cuestionan esa idea: producen belleza sin experiencia, sentido sin biografía.
Umberto Eco decía que la cultura es una forma de memoria colectiva. Pero ¿qué ocurre cuando esa memoria es procesada por máquinas sin conciencia, capaces de recombinar todo el archivo de la humanidad en nuevas formas? El arte generado por IA —desde las sinfonías de AIVA hasta las pinturas de Midjourney— plantea una inquietante posibilidad: que el talento ya no dependa de un sujeto, sino de un sistema.
En este nuevo escenario, el mérito humano se vuelve una categoría poética más que práctica. Si la destreza ya no nos distingue, quizás debamos redefinir qué significa ser valiosos. Tal vez, como sugería Hannah Arendt, el sentido de la acción humana no está en el resultado, sino en la capacidad de iniciar algo nuevo, de interrumpir la inercia. Esa dimensión política y existencial del hacer —el poder de comenzar— es algo que ninguna máquina puede imitar.
La ética del límite
Yuval Noah Harari ha advertido que el siglo XXI no será una lucha entre clases, sino entre especies cognitivas: los humanos biológicos y las inteligencias no orgánicas. Pero esa visión, más que un destino, debería servirnos como espejo. La cuestión no es competir con la máquina, sino recordar qué significa ser humano cuando la eficiencia deja de ser nuestra virtud más alta.
Quizás el nuevo mérito consista precisamente en saber detenerse
Quizás el nuevo mérito consista precisamente en saber detenerse. En una época dominada por la optimización y la automatización, el acto más radical puede ser el de resistirse a la velocidad. Walter Benjamin decía que «no hay documento de cultura que no sea también un documento de barbarie». Tal vez los logros algorítmicos, si no los acompañamos de reflexión ética, se conviertan en monumentos de nuestra propia obsolescencia moral.
Hacia una nueva dignidad
El mérito, tal como lo conocimos, está agotado. Pero eso no significa que debamos renunciar al sentido del esfuerzo. Quizás debamos traducirlo en otra clave: la de la responsabilidad, la conciencia y el cuidado. Frente al rendimiento automático, el verdadero talento será aquel que sepa integrar la inteligencia técnica con la sabiduría ética.
En definitiva, la inteligencia artificial no destruye el mérito humano: lo desnuda. Nos obliga a preguntarnos qué valoramos realmente del esfuerzo: ¿su utilidad o su humanidad? Y tal vez, en esa pregunta, esté la posibilidad de un nuevo humanismo. Un humanismo que no mida al individuo por su productividad, sino por su capacidad de crear significado en un mundo donde las máquinas sólo producen datos.
Porque el mérito del futuro no será vencer a la inteligencia artificial. Será recordar, en medio de su perfección inhumana, que la imperfección sigue siendo el lugar donde habita lo humano.
Antonio Guerrero Ruiz es un filósofo, escritor y divulgador cultural español
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