Cambio Climático

«En España bordeamos varias veces el desastre, pero no hay conciencia»

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27
mayo
2024

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Doctor en Física Teórica, experto en océanos, en política energética y economía e investigador en el Instituto de Ciencias del Mar (CSIC), en Barcelona, Antonio Turiel (León, 1970) ejerce de profeta incómodo. No preconiza el fin de los tiempos, pero sí el fin de la abundancia, expresión que le debemos a Emmanuel Macron. Se habla de racionamiento, enmascarado bajo el membrete de «medidas de ahorro», se nacionalizan empresas estratégicas, los totalitarismos neoliberales de ultraderecha tomaron cuerpo, la guerra se sostiene y el genocidio se televisa. Se advierte taimadamente de que vienen «tiempos nuevos, tiempos salvajes», como cantase Jorge Ilegales. Turiel aborda estos y otros asuntos en ‘¿El final de las estaciones? Razones para el decrecimiento y para la rebelión de la ciencia’ (CTXT), escrito junto a Juan Bordera y Fernando Valladares.


El fin de la abundancia, ¿es una buena noticia?

Depende de cómo se gestione. «El fin de la abundancia» es una expresión que utilizó Macron para referirse al problema de la falta de agua en Francia. Él empezó a hablar de esto, pero los tiempos de la abundancia ya han pasado. La discusión que nos toca es qué modelo de gestión del fin de la abundancia queremos. El problema principal es que se está produciendo de una manera muy marcada el fin de los combustibles fósiles…

Pero esto es algo que se sabía desde hace cincuenta años…

Exacto, desde hace cincuenta años, pero es un asunto que a los economistas clásicos no les gusta nada abordar, y han tendido a minimizarlo y a ridiculizarlo. Pero no se trata de especulaciones: su techo geológico es una observación. Ya se ha visto que muchos países han llegado a su máximo de extracción de petróleo, algo que ahora sucede en el conjunto del planeta. En el caso del petróleo, el punto máximo de extracción –hablamos de crudo convencional– fue en 2005, hace 19 años. Diecinueve años, insisto, no es una novedad. En aquel momento, se extraían 70 millones de barriles diarios; ahora mismo, esa cifra se reduce a 60 millones. Ha caído un 12 por ciento, y se va acelerando.

Pero surgieron los sucedáneos del petróleo…

Sí, como faltaba petróleo crudo convencional, se introdujeron sucedáneos. Gracias a ciertos tratamientos y procesos, se obtiene algo que, más o menos, funciona como petróleo, pero es más caro de producir, y tiene un peor rendimiento económico y energético. Con esos sucedáneos hemos ido tirando hasta 2018, el año de máxima producción conjunta de petróleo convencional y sucedáneos. Desde entonces, esa producción ha caído un 4% respecto de 2018, y sigue bajando rápidamente. Arabia Saudita ha dicho que retira sus planes de ampliar la producción, porque no le merece la pena, cuesta cada vez más extraer petróleo. Es obvio: si gastas más energía de la que vas a recibir, no te compensa, ni energética ni económicamente. Esto ocurre con cualquier materia prima.

¿También con el uranio, que pareciera imprescindible?

Incluido el uranio. Los defensores de la energía nuclear no entienden que, de todas las materias primas no renovables energéticas, la que peor se comporta es el uranio, que llegó a su máximo en 2016 y ahora ha caído un 23%. Es la materia que más rápido cae, por sus características geológicas. Nos dicen que el planeta tiene reservas enormes de uranio. Pero eso es como decir: «Mira, hay mucha sequía, pero no pasa nada, porque en el aire hay contenida mucha agua, solo tienes que condensarla y utilizarla». El coste energético que requiere eso es descomunal, no sale a cuenta. Esto mismo pasa con el uranio. Hay mucho en la naturaleza, es cierto, pero la dificultad de extraerlo es inmensa, está disperso y, además, uno sabe que no se puede pagar cualquier precio por la energía, porque la economía quiebra. Como soy físico, lo explicaré de otro modo: si gastas más energía de la que te devuelve al hacerlo, no compensa.

«El crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos es una estupidez, aparte de una imposibilidad»

Es decir, que los recursos se acaban, pero no lo harán de golpe.

No, en absoluto, esto no se acaba de golpe, estamos entrando en un proceso de caída que se alargará. Estamos en un proceso de declive energético y material inevitable, que viene dado por la geología y la termodinámica. Hay límites al rendimiento máximo que no se puede detener, no es una cuestión de tecnología. También hay un esfuerzo inmenso por negarlo, porque esta realidad tiene consecuencias para el modelo de transición renovable que se propone, pero es así. Lo que estamos viviendo y viendo sabíamos que iba a pasar, el problema es cómo lo gestionamos. De momento, parece que impera la idea neoliberal formulada por Juan Bordera: «Sálvese quien tenga». Esto es una barbaridad. Los que hablamos del decrecimiento, sabemos que ha de ser planificado y democrático. La inflación no es decrecimiento, es empobrecimiento. Hay que decrecer, sobre todo los países opulentos, porque los del Sur, en todo caso, tendrán que crecer, y nosotros bajar el ritmo para darles sitio. ¿Cómo gestionaremos estos recursos menguantes, sin que la sociedad se resienta? Se puede hacer, es posible. Nosotros alzamos la voz para proponer y nos llaman colapsistas. Técnicamente es posible gestionar esto, mantenernos con los recursos existentes con un nivel parecido al de ahora; es un problema social, cultural, del modelo de sociedad que tenemos. La razón última de no querer verlo es mantener el capitalismo. Que este sistema ha de ser reemplazado por otro es un tema tabú. El capitalismo requiere la lógica del crecimiento sostenido, pero el crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos es una estupidez, aparte de una imposibilidad.

Salvador Illa, hace un par de semanas, aseguró, ante la sequía que padece Cataluña, que «el diagnóstico no puede ser el decrecimiento».

Claro, claro, lo que él propone son los Juegos Olímpicos de Invierno, construir un casino, y hacer una tercera pista al lado del mar. Esa es su propuesta. Pero está bien que se hable del decrecimiento, aunque sea para burlarse de él, porque eso significa que estamos en el buen camino.

Que las distintas cumbres del clima estén patrocinadas por grandes empresas, ¿es una irresponsabilidad, un cinismo, un delirio?

Es una demostración de la inutilidad práctica de las cumbres. De la última COP no esperaba nada, pero consiguió decepcionarme. Lo de menos ya es el tema de los patrocinios, lo de más es que el lobby de los combustibles fósiles formaba la delegación más numerosa, lo de más es que el presidente de la COP fuera el  CEO de una compañía petrolera. Así, sin disimulo ninguno. Es decepcionante y es gravísimo. Estamos en un momento extraordinariamente crítico, hemos cerrado 2023 con una temperatura media, con respecto a niveles preindustriales, 1,5 ºC por encima. Por no hablar de la temperatura de la superficie del mar, que está muy desviada de sus registros medios.

«Estamos en un proceso de declive energético y material inevitable, que viene dado por la geología y la termodinámica»

Eso, la temperatura del mar, que es de extrema gravedad, apenas ocupa espacio en los medios de comunicación…

Pero de una gravedad enorme, el mar es la componente lenta del sistema climático. El mar absorbe dos terceras partes del CO2 que se emite a la atmósfera y el 90% del exceso de calor asociado al cambio climático. El mar no puede más. Y no, nadie habla de ello. Qué sentido tiene documentar el desastre, si no se hace nada. El mar solo tiene una vía de liberación de energía, a través de la atmósfera, a través de tempestades. Están pasando cosas alucinantes, como la tormenta Daniel, que es de las más duras que han ocurrido en los últimos años. Comenzó como una tormenta, se fue a Grecia y allí descargó mil litros de agua por metro cuadrado en dos días, el equivalente a dos años de precipitaciones. En dos días. Destruyó el 25% de las tierras de cultivo de Grecia, algunas de ellas ya irrecuperables por las escorrentías. Aparte de los muertos. A continuación, pasó por el Mediterráneo, dirección Libia. Al atravesar una zona en la que la temperatura del mar estaba a 31 ºC, se intensificó, convirtiéndose en medicán, un ciclón tropical mediterráneo. Cuando tienes una tormenta bien estructurada verticalmente, sin tendencia a desmontarse, y pasa por zonas en las que la temperatura del mar está por encima de 28 ºC, se produce un proceso de retroalimentación en el que el mar transfiere energía y la tormenta se convierte en huracán. Los huracanas se hacen en el mar. Estas tormentas se convierten cada vez con más frecuencia en huracán. Hace veinte años, este fenómeno, el medicán, era una mera posibilidad científica. Hace diez años, se produjo el primero en América; hace siete, ya hubo algunos. Daniel entró en Libia, descargó 400 litros por metro cuadrado en seis horas, en Libia, un territorio arrasado por la guerra civil, y reventó dos presas, arrastró casas enteras al mar. Causó trece mil muertos y diez mil desaparecidos. Es un ejemplo. Podemos hablar de la tormenta Otis, que arrasó Acapulco. El mismo proceso, comenzó como tormenta tropical, pasó por una zona de mar con altas temperaturas y, en 24 horas, se convirtió en un huracán de categoría cinco, la máxima posible, con vientos sostenidos de 260 km por hora y ráfagas de 310. Impactó en Acapulco, la destruyó; aún no hay balance de muertos, aunque son miles. En España bordeamos varias veces el desastre, pero no hay conciencia.

Se habla de las muertes causadas por la emergencia climática (fenómenos extremos, desplazamientos forzosos, sequías, hambrunas…) pero, ¿cuál es la incidencia en la salud mental?

Soy físico, no soy especialista en salud mental, pero puedo decirte que, además de lo que has mencionado, que también deja una huella en la salud mental, está el propio estrés climático, que sufrimos todos esas noches tropicales en las que uno no descansa, la angustia que provoca esta situación de incertidumbre en los lugares en los que ha acontecido un fenómeno extremo, como Daniel, y, por supuesto, la ecoansiedad que padecen los científicos y expertos que están todo el día investigando y acumulando datos sobre la emergencia climática.

«La desobediencia civil pone el foco de la atención mediática allí donde nadie mira»

A lo largo del libro, hay una constante llamada a la desobediencia civil. ¿Cómo se articula? ¿Cómo establecer esos necesarios procesos de reconstrucción y autogestión?

Hay intervenciones, como la realizada por quince miembros de Rebelión Científica, que arrojaron pintura en el Congreso de los Diputados y que se enfrentaron a 21 meses de prisión por daños al patrimonio y por haber interrumpido la sesión parlamentaria, algo que, gracias a Meritxell Batet, entonces presidenta del Congreso, se demostró que era falso. Es una acción muy tibia; de hecho, llevaron agua para limpiarlo. Ahora se está investigando a Rebelión Científica como organización criminal. Los quince compañeros han salido en libertad, con cargos. Están a la espera de juicio. Hay un nivel de represión muy fuerte, avanza hacia el totalitarismo. La gente se extraña, piensa que son gamberradas, excentricidades… pero acciones así abren el debate. La desobediencia civil pone el foco de la atención mediática allí donde nadie mira. Rosa Parks decidió no ceder su asiento a un blanco, estuvo un día en el calabozo, pero cambió las cosas. Abrió el debate, un asunto sobre el que nadie hasta entonces se había atrevido a tantear. Desobedeció. Cuando hablo de desobediencia civil, aludo a la necesidad de incrementar la participación de la sociedad civil en la toma de decisiones sobre temas que son cruciales. Una de las concesiones de Macron durante la crisis de los «chalecos amarillos» fue la convocatoria de asambleas ciudadanas: cien ciudadanos escogidos al azar para deliberar sobre un tema, escuchando a diferentes expertos, y tomando decisiones. España ya tuvo una asamblea ciudadana por el clima, pero nadie se enteró. Sus conclusiones no eran vinculantes, pero sí muy sensatas. Es que la gente no es tonta. Si a la gente le das información, y puede contrastarla, y escucha a expertos y científicos saca sus propias conclusiones. Una de las resoluciones de esta asamblea, apoyada por el 87% de la misma, es que se tenía que hacer pedagogía sobre el decrecimiento, algo que no se escuchó. La gente informada toma decisiones en beneficio de la mayoría pero en contra de los intereses cortoplacistas del sistema poderes económicos. La sociedad civil ha de recuperar los espacios de participación y diálogo allí donde se tomen decisiones, sin estar mediatizada por poderes económicos que solo piensan en su beneficio.

«La sociedad civil ha de recuperar los espacios de participación y diálogo allí donde se tomen decisiones»

Como en un juego de prestidigitación, en la emergencia climática se coloca el acento en las emisiones de CO2 o en las tasas de retorno energético, no siendo lo más acuciante, y al tiempo nos colocan cepos lingüísticos, como el «capitalismo verde»

Lo hacen para vender un relato que se acomode a los intereses del gran capital, la cuestión siempre es esta, cómo hacer las cosas de manera que no perjudiquen al gran capital económico. Parece que el único problema ambiental que tenemos es el cambio climático. De acuerdo con el trabajo desarrollado por el Centro de Resiliencia de Estocolmo (SRC por sus siglas en inglés), en el que han trabajado 16.000 investigadores para analizar los límites planetarios, aquellos que, de ser sobrepasados, se pondría en cuestión la continuidad de la especie humana, resulta que, de los nueve límites planetarios delimitados, hemos sobrepasado seis. El cambio climático, siempre extremadamente grave, no es el peor. El primer punto de gravedad es la contaminación química, la de los plásticos, metales pesados y los contaminantes orgánicos persistentes; el segundo problema más grave tampoco es el cambio climático, sino la pérdida de biodiversidad, de lo que se habla poco. El tercer peor problema tampoco es el cambio climático, sino la creación de los ciclos biogeoquímicos, que afectan al crecimiento de las algas y de las plantas, causan el desequilibrio en el fósforo y el nitrógeno y crean zonas muertas en el océano. Tenemos el caso de Murcia. También empobrecen la tierra. No todos los problemas medioambientales son el cambio climático, y desde luego la lucha contra él no consiste solo en reducir la emisiones; hay que reducirlas, pero hay que hacer muchas más cosas, y no se trata de mantener la actividad emitiendo menos, sino quizás de rebajar el nivel de actividad.

«De los nueve límites planetarios delimitados, hemos sobrepasado seis»

También nos enfrentamos con la mentira, la mentira de que la única manera de lograr la descarbonización es invertir en un cierto modelo de sustitución energética hacia las energías renovables. Se apuesta por la renovable eléctrica industrial, cuando se sabe ya que no funciona. El consumo de electricidad en España, Europa y la OCDE lleva cayendo desde 2008. Cada vez consumimos menos, pero instalamos más sistemas para producir electricidad; el mercado está saturado. ¿Cómo sube, entonces, el precio de la luz? Hay sobreoferta y seguimos instalando sistemas de electricidad. La generación de renovables, eólica y fotovoltaica, tiene muchas limitaciones, empezando por la calidad. La gente piensa que se puede sustituir el actual mix eléctrico por las renovables, pero es mentira, las renovables son intermitentes, a veces hay, a veces no hay. El problema es que entran y salen, generan picos de producción y se necesita una central que pueda responder pronto a esos picos de producción para estabilizar la tensión, que no son fáciles de gestionar. Para ello, se requeriría, solo en España, el 80% del litio del mundo. Estamos practicando un modo de transición que no funciona. Lo que es objetivo es el encarecimiento de las materias primas porque el diésel está cada vez más caro, pero resulta que, además, los generadores grandes se rompen, y seguimos vendiendo el hidrógeno verde y el coche eléctrico, y el coche eléctrico no se puede masificar, así como el hidrógeno verde no puede sustituir a los combustibles fósiles porque es muy ineficiente, no es una fuente de energía, se gasta mucha energía para producirlo, y se pierde mucha en el proceso y, dependiendo del uso, se sigue perdiendo. Apostamos por este modelo porque es la única esperanza del capitalismo de continuar, gana tiempo a ver si se produce un milagro tecnocientífico que permita seguir con el ritmo. Pretendemos que la energía renovable se comporte como la energía fósil y eso es imposible. Eso sí, las renovables son una energía más democrática, se reparten más o menos por todos los lados, pero en poquita cantidad; intentan concentrarlas con grandes pérdidas, ineficiencias y luego las transportan con más perdidas aún. No, no funciona. No nos engañemos. El año pasado, pese a que la instalación de renovables tuvo un récord histórico, también hubo récord en emisiones de CO2. No se está compensando nada. Se trata de mantener las empresas que se dedican a la construcción, no olvidemos que estamos en el país de los aeropuertos sin aviones y las autopistas sin coches, con parques renovables abandonados. Lo importante es construir. Y se construye con Fondos de Next Generation, 146 millones de euros, olvidándonos de que la mitad son subvenciones y la otra mitad, créditos. No miramos más allá del enorme cortoplacismo, y obviamos las evidencias acumuladas de que el modelo no funciona.

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