Sociedad

Stuart Mill, el individualismo y sus reglas

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15
Mar
2023

John Stuart Mill publicó en 1859 Sobre la libertad, tan solo un año después de la muerte de su mujer, Harriet Taylor, con quien escribió el tratado. El mismo Mill afirma en su autobiografía que Sobre la libertad es, junto con su primer trabajo, su obra más preciada: «Sobrevivirá, probablemente, a todas mis obras, con la posible excepción de la Lógica». En el cuarto capítulo, De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo, encontramos la siguiente afirmación, en la que se concentran algunas de las ideas principales de su propuesta política: «Ninguna persona, ni tampoco un grupo de ellas, tiene legitimidad para decirle a otro ser humano en edad madura qué no debe hacer con su vida, por su propio beneficio, lo que elija hacer con ella. No hay nadie más interesado que él en su propio bienestar». En esta sentencia se incluyen las dos nociones fundamentales que articulan la idea que da título a la obra: la libertad no puede entenderse sin individualismo y sin el principio de mayor felicidad.

Mill deja claro desde el primer párrafo que la libertad de la que habla no entraña el problema del libre albedrío. No se trata de discutir si el ser humano puede obrar a voluntad o si está determinado, sino que la libertad se plantea en un sentido estrictamente sociológico, no metafísico. La cuestión que Mill quiere analizar es el conflicto que plantea la autoridad política, «la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo». Así, el individualismo adquiere un significado central en su propuesta, entendiéndose como la primacía moral de los individuos sobre las exigencias de cualquier grupo social.

El otro gran pilar de su propuesta es el principio de utilidad, de acuerdo con el cual toda acción debe orientarse hacia la persecución de la felicidad de las personas. Stuart Mill aquí es heredero de su maestro, Jeremy Bentham, quien había participado en la rigurosísima –casi monstruosa– educación que James Mill había procurado a su hijo: con tan solo tres años se le introdujo en el griego antiguo, con ocho ya había leído a Platón y a otros clásicos y con doce se le enseñaba lógica escolástica, química, ciencias naturales y economía política. Aquella despiadada instrucción desembocó en una profunda crisis existencial que sufrió a los veinte años. Así la describe, atormentado, en su autobiografía: «En este punto, mi corazón se hundió conmigo: toda la base sobre la que mi vida fue construida se derrumbó. Toda mi felicidad tendría que haber sido encontrada en la continua persecución de este fin. El fin cesó de tener encanto, por lo que, ¿cómo podría volver a tener algún interés el medio? Parecía que no quedaba nada por lo que mereciese la pena vivir. Al principio pensaba que la nube se acabaría yendo por sí misma, pero no lo hizo».

El individualismo de Mill consiste precisamente en afirmar la potestad sobre las propias acciones, asumiendo que sólo uno mismo debe hacerse responsable de ellas

Habían convertido al joven Mill en una máquina del pensamiento, pero a un alto precio. Tampoco ayudó que se le cargara con grandes responsabilidades muy tempranamente. Con tan solo diecisiete años comenzó a trabajar junto con su padre para la Compañía de las Indias Orientales, donde llegaría a ser jefe de la Oficina para las Relaciones con los Estados Indios, ocupando al mismo tiempo un asiento en el Parlamento Británico por el Partido Liberal.

Esa crisis vital que sufrió permite entender mejor algunos de sus planteamientos. El joven Mill había sufrido las consecuencias de que otros, y no él, trazasen su camino. Su idea del individualismo consiste precisamente en afirmar la potestad sobre las propias acciones, asumiendo que sólo uno mismo debe hacerse responsable de ellas. Y el sentido que deberán tomar esas acciones será siempre la búsqueda de la felicidad. En este punto, Mill parte de las ideas de Bentham, padre del utilitarismo, si bien al mismo tiempo se distancia de ellas. Según Mill, su maestro tuvo la intención de fundamentar el concepto de naturaleza humana en una idea que en realidad era estrecha e insuficiente: «El hombre, ese ser tan extraordinariamente complejo, es para Bentham un ser muy simple». Para este último autor, el ser humano es un ser profundamente egoísta cuyos actos vienen siempre motivados por la persecución del placer y la evitación del dolor. Desde esa empatía o antipatía hacia todo lo que nos rodea se podría explicar cualquier fenómeno humano, así como toda relación que el hombre establezca con su entorno. Bentham llega a plantear una negación de la voluntad a través de una determinación que viene dada por el principio de placer-dolor al que el ser humano está condenado. Además, el principio de mayor felicidad se plantea con pretensiones de ser empírico, medible.

Aunque Mill coincide con Bentham al considerar que el utilitarismo y la persecución de la felicidad deben atender al principio de placer-dolor, y que las acciones justas son aquellas que maximizan la felicidad, se distancia de él al defender que ese principio debe entenderse de forma distinta. El error de Bentham consiste, según Mill, en que solamente había considerado el placer como un problema de carácter cuantitativo, y no cualitativo: Mill niega la homogeneidad de todos los placeres, así como la de la naturaleza humana, que según él no puede ser siempre la misma, ya que sus facultades están indefectiblemente sujetas a evolución. La satisfacción de los placeres más fundamentales –como la comida o el sueño– no sería suficiente para alcanzar la felicidad. Existe, según Mill, una jerarquía de los placeres, de forma que habría placeres inferiores y superiores. La felicidad no podrá alcanzarse en ningún caso al satisfacer simplemente las necesidades básicas, sino que deberá incluir también esos placeres que considera superiores, vinculados a unas facultades más elevadas. Sería el caso de todo aquello que tenga que ver con ciertas necesidades morales, creativas, intelectuales y, en definitiva, con cierto tipo de cultura o gusto refinado.

Según Mill, la felicidad no podrá alcanzarse al satisfacer simplemente las necesidades básicas: deberá incluir también esos placeres vinculados a unas facultades más elevadas

El criterio de Mill queda sintetizado como «dignidad humana», que diferencia al hombre del resto de animales. Se comprende así su célebre cita: «Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho». La justificación de Mill para la defensa de esos valores que considera más elevados consiste en afirmar que su satisfacción, a diferencia de la del resto, alberga una utilidad marginal creciente. Esto significa que cuanto más se cultiven esos valores más satisfacción nos proporcionarán. Justamente lo contrario ocurriría con los placeres inferiores, cuya utilidad marginal decreciente provocaría que, ante una satisfacción continuada, esta dejaría progresivamente de tener un efecto placentero.

Una sociedad feliz será entonces aquella que permita el desarrollo y la satisfacción de las facultades superiores, que no pueden entenderse sin el avance y el progreso de la libertad individual. Es en este sentido en el que Mill concibe una sociedad liberal como la más adecuada: el Estado liberal será aquel que procure una limitación de su propia soberanía y que garantice en términos jurídicos la libertad de todos los individuos. Ese Estado habrá de someter todas sus leyes al principio de utilidad, pero siempre atendiendo al contexto histórico en el que las aplica. La forma de gobierno más perfecta es por tanto la democracia, siempre que el marco histórico y cultural lo permita. Es decir, de acuerdo con Mill, la democracia solamente es apropiada en aquellas sociedades que gocen de un alto avance civilizatorio, pero no tanto en aquellas que se encuentren en «estado de barbarie». A pesar de que Mill rechaza el paternalismo de Bentham, al defender que la mayoría social no es siempre infalible al dictaminar lo que es justo o bueno para los individuos, de algún modo justificó la implementación de un gobierno con tintes de despotismo en las sociedades que consideraba incivilizadas. El objetivo de estos gobiernos debía ser, según él, garantizar las condiciones materiales suficientes como para que el pueblo en cuestión pudiera escapar del estado de incivilización y poder regirse después democráticamente. De esta manera, Mill justifica una suerte de misión civilizatoria que, en su contexto, se traduce en el colonialismo británico, focalizado sobre todo en la India.

De acuerdo con Mill, la democracia solo es apropiada en sociedades con un alto avance civilizatorio, pero no tanto en aquellas que se encuentren en «estado de barbarie»

Para el británico, el interés es lo que determina la ideología, razón por la cual la legitimación de determinados intereses o deseos es esencial en su propuesta política. Estimar si determinados intereses son adecuados para el conjunto de una sociedad es algo solamente accesible a aquellos que se encuentren en «plena madurez de sus facultades», pues «aquellos que están en edad de reclamar todavía los cuidados de otros, deben ser protegidos, tanto contra los demás, como contra ellos mismos. Por la misma razón podemos excluir las sociedades nacientes y atrasadas, en que la raza debe ser considerada como menor de edad. […] Así, todo soberano, con espíritu de progreso, está autorizado a servirse de cuantos medios le lleven a este fin, cosa que de otra manera, raramente lograría. […] El despotismo es una forma legítima de gobierno, cuando los gobernados están todavía por civilizar, siempre que el fin propuesto sea su progreso y que los medios se justifiquen al atender realmente este fin».

El proceso que conduce al avance civilizatorio sería siempre el producto de la individualidad. Para el inglés, en cada época existe un reducido número de personas cuyas ideas permiten la mejora de las prácticas establecidas. A su juicio, «es preciso poner de manifiesto, además, que estos seres humanos desarrollados son de alguna utilidad para los que no están desarrollados. […] Sugeriría que pueden aprender de ellos». Llega a afirmar Mill, en su defensa de este elitismo, que de no haber una sucesión de personas con una gran originalidad transmitida al mundo, las sociedades tenderían a desaparecer, como ocurrió, según sus palabras, con el Imperio Bizantino. El principal servicio que ofrece la originalidad es abrir los ojos, permitiendo que los demás individuos sean originales por ellos mismos.

Si recuperamos los planteamientos que se exponían al inicio, nos daremos cuenta de que existe un fuerte contraste: el paternalismo de Bentham del que Mill reniega es recuperado después en la filosofía política que afecta a las sociedades que considera incivilizadas. Que nadie tenga legitimidad para exigirle a otra persona, ni a un grupo de ellas, qué rumbo debe tomar su vida, tal como defiende al inicio de Sobre la libertad, es algo que parece irse diluyendo cuando se trata de política exterior. Que no haya nadie más interesado que uno mismo en su propio bienestar es una idea que se vuelve profundamente paternalista desde el momento en el que se consideran insuficientes las facultades de la mayoría de seres humanos. Si sólo unos pocos hombres originales, como dice Mill, de gusto refinado y altos valores pudieran asumir el papel de dueños de sí mismos, entonces esa regla que parecía haberse planteado como una ley universal se convertiría en una rara excepción. El liberalismo de Stuart Mill parece ser, más que un individualismo de carácter extensivo y con pretensiones de ser asumido autónomamente por cualquiera, un particularismo difícil de transmitir. Una originalidad verdadera, por mucho que Mill soñase con difundir la suya, no puede ser exportable de unos individuos a otros, ni de unas sociedades a otras. Resulta más razonable pensar que la originalidad, en caso de serlo realmente, debe nacer de una espontaneidad incompatible con la imposición de un determinado modelo que, en el intento de ajustarlo a contextos sociales diversos, incurrirá inevitablemente en contradicciones insalvables.

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