Internacional

Putin: el arquetipo

En ‘La era de los líderes autoritarios’ (Crítica), el periodista Gideon Rachman analiza de manera global el nuevo nacionalismo a través de la figura de dirigentes como Putin, Trump, Bolsonaro o Erdogan.

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05
Ene
2023
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Vladímir Putin estaba molesto, o puede que solo aburrido. El líder ruso había estado respondiendo pacientemente a las preguntas de un reducido grupo de periodistas internacionales en el restaurante de un modesto hotel de Davos. Entonces, una de las preguntas pareció irritarlo. Se quedó mirando a la periodista estadounidense y, por medio de un intérprete, dijo lentamente: «Responderé en un minuto, pero primero déjeme preguntarle por el extraordinario anillo que lleva en el dedo». Todas las cabezas allí presentes se volvieron. «¿Por qué es tan grande la piedra?» Algunos miembros del grupo se echaron a reír, y la periodista, cuyo anillo estaba siendo escrutado por todos, parecía incómoda. Putin adoptó un tono de fingida comprensión y añadió: «Imagino que no le importará que se lo pregunte, porque no llevaría algo así a menos que esté intentando llamar la atención deliberadamente». Hubo más risas. Para entonces, la pregunta original había caído en el olvido. Fue una clase magistral de distracción y acoso.

Corría el año 2009 y Putin llevaba casi una década en el poder. Pero ese fue mi primer encuentro personal con el líder ruso durante su visita al Foro Económico Mundial. La capacidad de Putin para mostrarse amenazador sin levantar la voz era sorprendente. Fue un recordatorio de su trayectoria en el KGB, el servicio secreto de la Unión Soviética, unos años formativos que siguen siendo cruciales para su carácter, su mística y su comportamiento en el cargo. Es, como dice uno de los mejores libros dedicados a su figura, un «agente en el Kremlin».

En muchos sentidos, Putin es a la vez el arquetipo y el modelo para la actual generación de líderes fuertes. Es sumamente simbólico que subiera al poder la víspera de Año Nuevo de 1999, a comienzos del siglo XXI. Hasta que Xi Jinping ocupó el cargo en Pekín en 2012, el estilo del líder ruso parecía una curiosa anomalía entre los mandatarios de las grandes potencias del mundo. Su autoritarismo viril y el fomento del culto a la personalidad parecían fuera de lugar en una era tecno- crática en la que las figuras políticas dominantes eran frías y sutiles, como Hu Jintao en China, Angela Merkel en Alemania o Barack Obama en la Casa Blanca.

Cuando Putin se convirtió en líder de Rusia no era obvio que fuera a durar mucho en el puesto, y menos aún que fuera a constituir un nuevo modelo de liderazgo autoritario

De hecho, cuando Putin se convirtió en líder de Rusia no era obvio que fuera a durar mucho en el puesto, y menos aún que fuera a constituir un nuevo modelo de liderazgo autoritario. Cuando la caótica etapa de Yeltsin en los años noventa tocó a su fin, el ascenso de Putin se vio facilitado por sus antiguos compañeros del KGB. Pero también contaba con la aprobación de la gente más rica y poderosa de Rusia, los oligarcas, que lo veían como una figura poco amenazadora: un administrador capaz y «unas manos seguras» que no pondrían en peligro los intereses establecidos.

Visto desde Occidente, Putin parecía una figura relativamente tranquilizadora. En su primer discurso televisado desde el Kremlin, pronunciado en la Nochevieja de 1999, solo unas horas después de reemplazar a Yeltsin, Putin prometió «proteger la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad de los medios de masas y los derechos de propiedad, los elementos de una sociedad civilizada». En marzo de 2000, tras ganar sus primeras elecciones presidenciales, aseguró con orgullo: «Hemos demostrado que Rusia se está convirtiendo en un estado democrático moderno».

Observadores experimentados de las elecciones rusas argumentaron que todo el proceso había sido cuidadosamente orquestado. Putin apenas se había molestado en hacer campaña. Pero aun así era importante que sintiera la necesidad de asegurar que Rusia estaba convirtiéndose en una democracia liberal moderna. Veinte años después, todavía en el Kremlin, adoptaría una línea muy distinta, afirmando con deleite que «la idea liberal ha quedado obsoleta». Rusia, decía ahora, no tenía nada que aprender de Occidente. Los liberales «no pueden dictar nada a nadie como han intentado hacer en las últimas décadas».

En su primer año en el cargo actuó de inmediato para controlar a las fuentes de poder independientes

No obstante, aunque Putin al principio juzgó conveniente emplear la retórica de la democracia liberal, sus primeras medidas como presidente no tardaron en revelar a un tipo duro con una vertiente autoritaria. En su primer año en el cargo actuó de inmediato para controlar a las fuentes de poder independientes, ejercer la autoridad central del Estado y utilizar la guerra para mejorar su posición personal, acciones que se convertirían en sellos distintivos del putinismo. La escalada de la guerra en Chechenia situó a Putin como un héroe nacionalista que defendía los intereses rusos y protegía al ciudadano corriente del terrorismo.

En un primer movimiento que alarmó a los liberales, el nuevo presidente reinstauró el viejo himno nacional soviético. También atacó a algunos de los hombres más ricos de Rusia. Es llamativo que los primeros oligarcas contra los que arremetió fueran los que controlaban los medios independientes: Vladímir Gusinski y Boris Berezovski. Un año después de la subida al poder de Putin, ambos habían huido del país. En 2013, Berezovski, que había respaldado a Putin como presidente, murió en extrañas circunstancias en el Reino Unido.

La promesa que había hecho Putin de proteger la libertad de prensa resultó vacía. Las pocas cadenas de televisión independientes que existían en Rusia pronto fueron sometidas al control del gobierno. Al actuar con rapidez para controlar a los medios, Putin creó un patrón para otros hombres fuertes de todo el mundo.

La velocidad con la que Putin consolidó su poder era equiparable a la de su ascenso en el sistema ruso. Solo diez años antes de convertirse en jefe de Estado era una figura modesta en los servicios de es- pionaje. Trabajaba como agente del KGB en Dresde, Alemania Oriental. No era un cargo glamuroso o importante. El principal puesto de avanzada del KGB en Alemania Oriental se encontraba en Berlín. Dresde era una ciudad de provincias. Catherine Belton, la biógrafa de Putin, afirma que es posible que tuviera un papel más delicado y perverso de lo que denota ese cargo relativamente menor, y ha presentado pruebas de que ejerció de enlace con grupos terroristas que actuaban en Alemania Occidental. Aun así, los colegas de Putin no lo veían como un personaje especialmente contundente. «Nunca intentaba avanzar. Nunca estuvo en la línea del frente. Siempre fue muy amable», recordaba un miembro de la Stasi, el servicio secreto de Alemania Oriental.

La velocidad con la que Putin consolidó su poder era equiparable a la de su ascenso en el sistema ruso

Desde Dresde, Putin presenció de cerca la debacle del imperio soviético tras la caída del Muro de Berlín en 1989. En un conocido pasaje de sus memorias, recordaba su desesperanza a medida que el dominio comunista se desmoronaba a su alrededor. Había solicitado instrucciones a Moscú, «pero Moscú guardó silencio». Para un patriota soviético como Putin, lo peor estaba por llegar. La Nochebuena de 1991, la propia Unión Soviética quedó disuelta y la bandera de la hoz y el martillo fue arriada por última vez en el Kremlin y sustituida por los colores de Rusia.

A diferencia de muchos otros miembros anteriores y presentes de los servicios de espionaje rusos, Putin no había nacido en el seno de la clase gobernante de la Unión Soviética. Se crio en un pequeño piso en un desvencijado edificio con servicios comunes situado en Leningrado, la ciudad más grande de Rusia, que ha recuperado su nombre original de San Petersburgo. La familia de Putin se había visto profundamente marcada por la trágica historia de la ciudad, en especial el asedio nazi, que se prolongó novecientos días y causó la muerte de miles de habitantes, ya fuera por hambruna o durante los bombardeos. Su padre, también llamado Vladímir, perteneció a un batallón vinculado a la policía secreta que combatió detrás de las líneas alemanas. Víktor, el hermano mayor de Putin, murió durante el sitio a la edad de cinco años.

Vladímir nació en 1952 y se crio en un entorno condicionado por las privaciones y los sacrificios de la «Gran Guerra Patriótica». Desde una temprana edad demostró una marcada devoción por el sistema soviético. De adolescente visitó la rama local del KGB para pedir consejo sobre qué carrera estudiar en la universidad. Curiosamente, le respondieron que derecho. En 1975, Putin se licenció en esa especialidad por la Universidad Estatal de Leningrado y se incorporó inmediatamente al KGB.


Este es un fragmento de ‘La era de los líderes autoritarios‘ (Crítica), por Gideon Rachman.

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