Medio Ambiente

Ozono, una brecha cada vez más pequeña

El agujero de esta capa atmosférica es una de las consecuencias más famosas de la contaminación humana. Si seguimos al mismo ritmo de recuperación, este estará cerrado para 2060, pero ¿qué significa esto para la crisis climática y qué esperanzas depara para el futuro de nuestra especie?

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24
Ene
2023
ozono

Desde su descubrimiento a finales de los años setenta, el agujero de la capa de ozono –capa que actúa como filtro o escudo protector ante las radiaciones nocivas que llegan a la Tierra– ha sido uno de los fenómenos climáticos más relevantes y estudiados por la comunidad científica. Las reducciones de la concentración de ozono en esta capa de la atmósfera, especialmente en la zona de la Antártida, se atribuyeron al aumento de la concentración de cloro y bromo en la estratosfera causada por las emisiones de compuestos químicos con origen humano. Los compuestos clorofluorocarbonados (CFC), utilizados como fluido refrigerante en la mayoría de los hogares pero también por parte de grandes cadenas de suministro, fueron uno de los principales causantes. El agujero de la capa de ozono no es solo un ejemplo indudable de la contaminación causada por la acción humana en el planeta, sino un ejemplo simbólico de nuestra capacidad destructiva del medio ambiente.

Fue un informe de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos lo que mostró la primera evidencia sobre el agujero de la capa de ozono. Lo hizo en 1976, y a partir de entonces, Canadá, Suecia, Noruega y Estados Unidos lideraron las primeras iniciativas para la reducción de las emisiones de compuestos clorofluorocarbonados. Se articularon muchas respuestas, pero ninguna de tal envergadura como la del Protocolo de Montreal, elaborado en 1987 y en el que se estableció la reducción de la producción y el consumo de estos gases contaminantes para proteger la capa, ya menguante. Su éxito es indudable: hasta la fecha, el Protocolo de Montreal se considera el acuerdo medioambiental internacional de mayor eficacia. 

El agujero récord se dio sobre la región antártica en 2020, entre los meses de agosto y diciembre, después de una etapa excepcional en la que las condiciones meteorológicas naturales y la presencia de contaminantes que agotan el ozono se concentraron en esta región del planeta. El 20 de septiembre de 2020, de hecho, fue el día en que el agujero alcanzó su máximo, con casi 25 kilómetros cuadrados sobre el mencionado continente. Los cambios en la capa no surgen de forma repentina: se generan por los vientos y las diferencias de temperatura entre latitudes. De este modo, cuando el vórtice polar es fuerte genera un efecto «barrera» que evita el intercambio entre latitudes polares y templadas; cuando es débil, en cambio, genera el efecto contrario. Por ello en invierno, cuando las masas de aire se encuentran aisladas de las latitudes polares, el agujero se reduce. 

La capa de ozono impide que los rayos solares y ultravioleta lleguen a los seres vivos

Los últimos datos recogidos por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) sugieren que el agujero se está recuperando a buen ritmo, hasta el punto de que para 2040 se predice que podría haberse regenerado en la mayor parte del mundo, en 2045 sobre el Ártico y en 2066 sobre la Antártida, foco donde en la actualidad presenta una mayor extensión. Como es posible deducir, es una reducción lenta: la comunidad científica ya ha alertado de que, aunque se trate de una buena noticia, no debemos bajar la guardia.

Paradójicamente, de esta recuperación también se extraen efectos adversos: los gases clorofluorocarbonados, prohibidos por el Protocolo de Montreal, fueron sustituidos en gran medida por gases hidrofluorocarbonados (HTC), y aunque estos no dañan la capa de ozono, sí contribuyen notablemente al aumento de la temperatura global. Por ello, en la actualidad, mientras se recupera la capa de ozono, se contamina el resto del atmósfera, generando un efecto invernadero mayor. El informe de la OMM resalta a este respecto medidas de ingeniería de emergencia para paliar los efectos adversos de los gases HTC, como la inyección de aerosol estratosférico, pero hay dudas entre la comunidad científica sobre su conveniencia para el bienestar global y agregado del planeta y nuestros ecosistemas.

Aunque la noticia del cierre del agujero de la capa de ozono es un hecho a celebrar, sus aproximaciones nos sirven como ejemplo: no todas las soluciones son buenas (al menos a un nivel completo). Por ello, la acción climática debe ser coordinada y gobernada no solo desde una perspectiva holística: en algunos casos, también parece necesario decidir qué luchas merecen una mayor urgencia o prioridad. El caso del agujero de la capa de ozono es uno de los muchos retos que atraviesa nuestro planeta. En un futuro próximo habrá muchas más contradicciones climáticas (y, por tanto, muchas más encrucijadas).

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