Siglo XXI

Los fantasmas de la sobrepoblación

A partir de 2080, el número de habitantes de la Tierra empezará a declinar. El planeta mostrará entonces su verdadero problema: ¿será el exceso de habitantes o la inequidad y el desigual reparto de los recursos?

Ilustración

Eugenia Loli
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23
Ene
2023
sobrepoblación

Ilustración

Eugenia Loli

Voces de inminente fatalidad y desolación se extendieron a través del capitalismo cuando Naciones Unidas anunció el pasado 15 de noviembre que la población de la Tierra había alcanzado los 8.000 millones de habitantes. Incluso CNN avanzó el armagedón: «Un mayor número de personas en el mundo añade una mayor presión sobre la naturaleza, […] la gente competirá con la fauna salvaje por el agua, la comida, el espacio».

Casi desde los Padres Fundadores, Estados Unidos ha tenido un pánico irreal a lo que ellos entienden como sobrepoblación. En 1967, The New York Times publicaba un anuncio, pagado por la campaña privada Check The Population Explosion, en el que se escuchaba cabalgar a los cuatro jinetes del Apocalipsis: «La bomba de la población amenaza la paz del mundo. ¿Qué vamos a hacer?». La Tierra contaba entonces con 3.475 millones de almas y Estados Unidos, de hecho, acogía a poco más de 197 millones.

La respuesta había comenzado décadas antes. Entre 1907 y 1932, unos 32 estados aprobaron leyes basadas en la eugenesia que permitían al Gobierno esterilizar a los «locos», los «dependientes», los «débiles mentales» y los «enfermos»: todos eran declarados incapaces de tomar decisiones propias sobre reproducción. Solo en el periodo situado entre 1947 y 1948, por ejemplo, el 7% de las mujeres puertorriqueñas fueron esterilizadas. En algunos estados, la ley se prolongó –con horribles consecuencias– hasta los años setenta.

Según Engels, «la distribución del hambre no se debe a la abundancia de los pobres, sino a una distribución demasiado pobre de la abundancia»

Nada de esto hubiera sucedido si en 1798 Thomas Robert Maltus, un clérigo y economista británico aficionado al pesimismo, no hubiera escrito en El principio de la población que el número de habitantes de la Tierra pronto superaría los recursos necesarios para mantener la vida humana, lo que provocaría tremendas hambrunas. Una de sus soluciones era eliminar la ayuda a los pobres para reducir el número de habitantes. El filósofo Friedrich Engels le contestaría en 1844 sin dejarle una rendija: «Bajo el capitalismo, la distribución del hambre en la población no se debe a la abundancia de los pobres, sino a una distribución demasiado pobre de la abundancia de la sociedad».

A pesar de perdurar con variaciones a través de las décadas, el neomalthusianismo demostró ser un desastre, aunque la histeria provocada por estas ideas ha sido muy contestada. La forma más admirable puede que se encuentre en ¿Demasiados niños? El mito de la explosión demográfica, un ensayo de 1960 escrito por el político socialista Joseph Hansen. «Un número de eminentes dignatarios y autoridades científicas ha tratado de despertar a un público aletargado sobre una gran amenaza. […] Un enemigo de características formidables, quizá el más peligroso al que jamás se ha enfrentado Estados Unidos. Este enemigo ya ha ocupado las cunas, las guarderías y los parques infantiles», ironizaba Hansen.

Los mensajeros del desastre semejan un género literario propio. Son como Casandra, la sacerdotisa troyana maldecida con el objeto de que nadie creyera sus profecías. En The Population Bomb, el clásico de 1968 publicado por el Club de Roma, el biólogo Paul Ehrlich profetizaba que «en la década de los setenta, cientos de millones de personas morirán de hambre a pesar de los programas de choque que se emprendan ahora». No era el único agorero: en Los límites del crecimiento, publicado en 1972, un grupo de 17 científicos liderados por la biofísica Donella Meadows predecían que el mundo se quedaría sin oro (en 1981), mercurio (1985), estaño (1987), zinc (1990), petróleo (1992) y gas natural (1993). Desde luego que los recursos del planeta son finitos, pero nadie sabe con certeza dónde están los límites (ni, por supuesto, cuál es la población ideal o su frontera). La capacidad de carga es el método más citado para, a través de una ecuación matemática, encontrar la población humana máxima que puede albergar un ecosistema, pero resulta muy imperfecta, ya que no tiene en cuenta la innovación o la tecnología. Cálculos, en todo caso, que traen consigo un eco malthusiano y de eugenesia. 

La sobrepoblación (y sus siniestras fantasías)

Según Naciones Unidas, la población mundial tardó 11 años en pasar de 7.000 a 8.000 millones de habitantes, si bien tardará otros 15 años hasta alcanzar los 9.000 millones (a lo que habría que sumar aproximadamente 22 años para superar la barrera de los 10.000). A partir de ahí, y hasta el final del presente siglo, todo girará más lento. El demógrafo Liz Allen, de hecho, calcula que las muertes superarán a los nacimientos en 2080 (desde 2019, por ejemplo, la tasa de crecimiento de los habitantes del mundo ha caído por debajo del 1%). Será innecesario buscar refugio en las estrellas. 

El demógrafo Liz Allen calcula que las muertes superarán a los nacimientos en 2080

Los números van disolviendo el manoseado cuento infantil que constituye la sobrepoblación. «El crecimiento demográfico es un signo de desarrollo. Durante miles de años no lo tuvimos porque la gente moría pronto. Hoy vive más», reflexionaba recientemente Wolfgang Fengler, economista jefe para el sur de África del Banco Mundial. Contar con menos muertes debería ser una buena noticia, pero la condición humana esconde habitaciones oscuras: «Todavía existen algunas personas, sobre todo mayores y acomodadas, a quienes les preocupa que haya demasiada gente en el planeta, aunque ese grupo resulta cada vez más reducido», sostiene Danny Dorling, profesor de Geografía Humana en la Universidad de Oxford.

El problema, en realidad, es el reloj: hay 783 millones de personas con más de 65 años en el mundo, cifra que se duplicará en dos décadas. Queda buscar una mayor fertilidad, pero para tener un impacto notable en Europa necesitamos al menos dos generaciones (o lo que es lo mismo, más de 50 años): falta tiempo. La tasa de fertilidad mundial, que mide cuántos hijos espera tener en su vida una mujer, ha caído de un 3.3 en 1990 al actual 2.3, cifra tan solo ligeramente superior al índice de reemplazo (2.1) que permite mantener la población constante. La Tierra, por tanto, hace equilibrios sobre el acantilado demográfico, y lo hace incluso en áreas como el África subsahariana, cuyos países han sido históricamente muy fértiles. A corto plazo, cualquiera pensaría en los migrantes, pero estos se suelen adaptar al número de hijos del país donde residen, tal como aclara Diego Ramiro, director del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC. Un ensayo publicado en 2021 en la revista The Lancet reveló que el acceso a los sistemas modernos de contracepción y la educación de las mujeres y las niñas han contribuido al descenso de la natalidad. Níger tenía el índice de fertilidad más alto del mundo en 2017, con una media de siete hijos; en 2100, sin embargo se calcula que la media caiga por debajo de dos. 

Una cuestión de progreso

La sobrepoblación no debería preocupar al planeta: en el periodo de tiempo en que el número de habitantes pasó de 1.000 a 8.000 millones, la renta per cápita aumentó un 2.500%. Cuantos más seres humanos existan, mayor capacidad de innovar y crear tendremos. Esta es la teoría que Marian Tupy –investigador en el think tank Instituto Cato– y Gale Pooley –profesor en la universidad Brigham Young de Hawái– defienden en su libro Superabundance.

El problema, en realidad, es el reloj: hay 783 millones de personas con más de 65 años en el mundo, cifra que se duplicará en dos décadas

Al debate también se ha unido el Twitter de Elon Musk: «La población colapsa debido a la baja tasa de nacimientos. Es un mayor peligro para la civilización que el cambio climático». El magnate al frente de Tesla utiliza su propia álgebra: menos personas, más escasez de talento. El economista Julian Simon llamaba al ingenio del hombre el «recurso supremo». Simon, de hecho, creía que el aumento de la población era el bálsamo de Fierabrás a los desafíos del medio ambiente y la falta de recursos. En una posición similar se encuentra la prestigiosa economista e historiadora Deirdre McCloskey: según ella, los recursos no dependen de lo que hay en el suelo sino de la creatividad humana para inventar nuevas formas de utilizarlos.

Puede que sea que la sociedad no se encuentre preparada para la desaceleración. Colectivamente estamos envejeciendo, pero el crecimiento de la esperanza de vida alcanzó su máximo en 1981. Entonces, la gente vivía de media cinco años más que durante 1971 (es decir, 61 años en lugar de 56), pero ya no envejeceremos cada vez más: el ritmo de aumento lleva 40 años ralentizándose en todo el planeta.

No obstante, que ya exista tal número de gente oculta que el verdadero malthusianismo de nuestro tiempo es la inequidad, la codicia o el consumo irracional. «El número de personas que la Tierra puede sustentar depende en gran medida del cuidado con que se gestionen los recursos del mundo y de la equidad con la que se compartan», explica John Wilmoth, director de la División de Población de Naciones Unidas. ¿Y qué sucede entre el vínculo de la emergencia climática y la superpoblación? 

La huella de carbono anual de las 125 personas más ricas del planeta equivale a la de toda Francia

Lo cierto es que, a pesar de lo que pueda parecer, más habitantes no es sinónimo de mayor cantidad de carbono vertido a la atmósfera. Otro mito. Carbon Billonaires, un estudio publicado en noviembre por la oenegé Oxfam Intermon, calcula que la huella de carbono anual –lo que incluye yates, aviones privados y las emisiones generadas por sus carteras de inversión– de las 125 personas más ricas del planeta equivale a la de Francia y sus 67 millones de habitantes. Esto supone una media de 3,1 millones de toneladas por multimillonario frente a las 2,76 toneladas de alguien dentro del 90% más pobre de la humanidad. Según indica Naciones Unidas, a partir de 2020, los países con ingresos altos y medios-altos –que suman la mitad de la población mundial– han sido responsables del 85% del CO2 añadido cada año a la atmósfera. 

No todos los expertos comparten esta visión inocua. Algunos, en efecto, sostienen que el futuro de los seres humanos depende de frenar la curva de la sobrepoblación. Un millón de animales y plantas están amenazadas de extinción según la ONU, lo que se suma al hecho de que consumimos los recursos de 1,7 planetas Tierra. Como sostenía el científico James Lovelock, quien no viera la conexión entre clima y población «era un ignorante o se escondía de la verdad». Cierto: vamos camino de añadir otros 2.400 millones de personas en los próximos 65 años, pero la buena noticia, tal como anticipa la oenegé Population Matters, es que en las naciones donde el crecimiento demográfico es mayor se pueden implantar medidas que por sí solas mejoran la vida de las personas: aportar anticonceptivos, lograr la igualdad de género, garantizar una educación de calidad para todos y acabar con la pobreza y la desigualdad. También hay quienes avisan de otras alertas, como que convertir la emergencia climática en una cuestión de mayor o menor consumo es una excusa pensada por los países ricos para no reducir lo suficiente su población.

Un hombre por la extinción

Les Knight es el fundador del movimiento Voluntary Human Extinction (en castellano, «Extinción humana voluntaria»). Su nombre ofrece una pista evidente: reúne en él a un grupo de personas que piensa que lo mejor que pueden hacer los humanos para ayudar a la Tierra es dejar de tener hijos. Knight, que ha sido profesor de instituto en Portland y que tiene 75 años, siempre utiliza la palabra «voluntario» en la conversación por correo electrónico. Su grupo no apoya el suicidio, el control obligatorio de la natalidad o los asesinatos en masa.

Su espíritu, en cambio, se refleja en su lema: «Vivir una existencia larga y extinguirnos». No es el único eslogan. Otro de los que usa en algunas presentaciones, por ejemplo, reza «gracias por no reproducirse». «La humanidad lleva décadas superando nuestra capacidad de carga, […] revertir el aumento de la población resulta fundamental para el bienestar y la biosfera», narra. El exdocente, que se sometió a una vasectomía en 1973, con 25 años, y no tiene hijos, entiende que su idea de la «extinción humana voluntaria» genere reproches de ecofascismo o malthusianismo. Pero recuerda el proverbio: los perros ladran, la caravana avanza. «La gente menciona la música, el arte, la literatura y otras grandes cosas que hemos hecho. Es gracioso que nunca señalen las malas». Así lo sostiene en The New York Times: «No creo que a las ballenas les importen mucho nuestras canciones». Entonan las propias.

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