Siglo XXI

La televisión ha muerto, ¿viva la televisión?

La televisión decae de forma constante: cada vez más menores de 30 años prefieren ver contenidos a través de plataformas como Youtube en móviles, ‘tablets’ y ordenadores. Sin embargo, este cambio en el patrón de consumo lleva a los nuevos formatos a disputarse el liderazgo de una forma peculiar: copiando los vicios de la ‘caja tonta’ (y, en algunos casos, empeorándolos).

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19
Oct
2022

Ya no es una caja, aunque en cierto modo siga siendo tonta: a pesar de verse cada vez más refinada, la televisión no es tan delicada como pudiera parecer desde fuera. Al menos desde ciertas perspectivas. Es lo que opina el sociólogo Pierre Bourdieu, que en 1996 la atacaba con contundencia en una conferencia recogida en Sobre la televisión (Anagrama): «La televisión pone en muy serio peligro las diferentes esferas de la producción cultural: arte, literatura, ciencia, filosofía, derecho. […] Creo, incluso, que pone en un peligro no menor la vida política y la democracia». 

Hoy la televisión decae de forma constante, aunque paulatina: entre 2005 y 2021, el porcentaje de hogares españoles que poseen una televisión ha bajado desde el 99,6% hasta el 98,6%. No solo eso: este septiembre ha sido el peor de la historia para el consumo televisivo, superado el pasado mes de febrero por internet. Fue la primera vez en su historia.

Estos datos dan lugar a una pregunta lógica: ¿se está muriendo la televisión, antaño icono del progreso tecnológico, y para muchos, un parlante e inanimado animal de compañía? Según la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, cada vez más menores de 30 años prefieren ver contenidos a través de plataformas de vídeos como Youtube frente a la televisión tradicional, lo que favorece a los ordenadores, tablets o los móviles, fácilmente transportables.

Eso sin contar con las plataformas de streaming como Twitch, cuyas visitas diarias alcanzaron en 2021 los 26,5 millones, que erosionan una narrativa –informativa, cultural o de entretenimiento– antes jerarquizada desde la televisión, un aparato que no dejaba apenas hueco a la elección, puesto que el contenido estaba dispuesto y organizado de antemano por las cadenas.

¿Un funeral alegre?

La brecha generacional entre dispositivos y formas de consumo responde a la misma fórmula de éxito narrativa de la televisión promulgada por David Foster Wallace en E Unibus Pluram: «La razón de ser de la televisión es reflejar lo que la gente quiere ver: es como un espejo, un espejo del baño donde un adolescente observa sus bíceps y determina cuál es su mejor perfil». La televisión, añadía, «es una cuestión de deseo para una especie que desea ver sin ser vista».

Una idea que se refleja cada vez más sobre nosotros, cuando los dispositivos que utilizamos –especialmente el smartphone– se individualizan, lo que favorece una personalización y diversificación del contenido, al igual que ocurrió con el transistor y la radio, según explicaba Tony Judt en Posguerra. Por entonces la televisión actuaba a forma de hoguera; es decir, del lugar alrededor del que los individuos podían reunirse en casa para disfrutar de su contenido predilecto a ciertas horas del día.

Wallace: «La razón de ser de la televisión es reflejar lo que la gente quiere ver: es como un espejo donde un adolescente observa sus bíceps y determina cuál es su mejor perfil»

No se trata de ninguna exageración: según datos recogidos por eMarketer, el tiempo que se mira el móvil supera en Estados Unidos al tiempo utilizado en ver la televisión. En España, de acuerdo con los datos recogidos en 2018, el consumo de contenido entre tablet, ordenador y móvil suma hasta cuatro horas al día.

Hay un pecado que comparten todos los dispositivos: el voyeurismo, tal y como lo definió Foster Wallace. Pero también existe una diferencia entre la televisión y el resto; el ordenador, la tablet y el móvil nos permiten practicarlo desde cualquier punto del planeta (y en cualquier momento), ya sea en la calle, en el trabajo, en el baño, en un funeral o en un avión. La legitimación recae en lo mismo: el mercado.

«Los índices de audiencia se traducen en una mayor presión de la urgencia», escribía el sociólogo sobre la naturaleza informativa, que se preguntaba si se podía realmente «pensar atenazado por la velocidad». La televisión, sostenía, «no resulta muy favorable para la expresión del pensamiento: establece un vínculo negativo entre la urgencia y el pensamiento». 

Según la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, cada vez más menores de 30 años prefieren ver contenidos a través de plataformas de vídeos como Youtube

Es lo que denominaba fast thinkers: personas –habitualmente contertulios que forman «un mundo cerrado de relaciones mutuas y autobombo»– que pensaban (o piensan) mediante «ideas preconcebidas, es decir, mediante tópicos». Una clase de «ideas de las que habla Flaubert: ideas que todo el mundo ha recibido porque flotan en el ambiente, banales, convencionales, corrientes». El pensamiento, señalaba, era todo lo contrario: subversivo, debiendo «desbaratar las ideas preconcebidas y demostrar las propias». Y si bien hablaba de periodistas audiovisuales, el paralelismo salta a la vista: ¿puede un streamer escapar a la etiqueta?

No en materia de tiempo, al menos: el streamer medio trabaja de lunes a domingo, durante diez horas al día, para lograr un sueldo de 25.000 euros al año (es decir, algo menos que el sueldo medio en España). Así lo explicaba a eldiario.es la streamer Jen Herranz: «Si descansas, el algoritmo te penaliza». Al igual que ocurría con los índices de audiencia en la televisión, la presión desciende sobre el streamer –independientemente del tipo de contenido que produzca– bajo la sombra del algoritmo, el monopolio corporativo y el número de visualizaciones. 

La televisión no deja apenas hueco a la elección, puesto que el contenido está dispuesto y organizado de antemano por las cadenas

En cuanto al contenido, también hay diferencias. Sometidos a largas jornadas, y con un gran número de espectadores en algunos casos, los temas durante el streaming pueden saltar de un extremo a otro de forma especialmente superficial (y en ocasiones, por ello, contraproducente): desde la política liberal hasta la salud mental en adolescentes o la violencia contra las personas transexuales.

Desde una posición similar a la del presentador de un programa tradicional, el streamer puede llegar a hablar a menudo con una certeza infundada sobre temas cuya complejidad sobrepasa la improvisación alimentada por la necesidad de rellenar horas vacías. El problema, en cambio, lo ofrece la postura de autoridad: en las retransmisiones más clásicas, que cuentan tan solo con su figura, es esta la única capaz de ofrecer un parecer (y, por tanto, la que pontifica voluntaria o involuntariamente).

Lo mismo ocurre con los influencers y otras figuras mediáticas de las redes sociales, sometidas a la imposición instantánea de casi todos los sucesos: ¿pueden youtubers e instagramers como Devermut hablar de pronto con la precisión necesaria, en medio de la velocidad impuesta por los likes, de la guerra en Ucrania, las violaciones masivas en una cárcel en Indiana o los intentos chinos por controlar el clima? De hecho, ¿podría algo ser explicado en un improvisado hilo a través de Twitter? En la mayoría de los casos, la propia inmediatez resuelve la cuestión: ¿cómo hablar con certeza de algo que aún no podemos conocer de forma adecuada? Puede que la respuesta a este impulso se encuentre en el ensayo escrito por Foster Wallace: «El deseo es como el azúcar en la sangre humana».

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