Internacional

El retroceso de Irán

El descontento se dejó ver desde el comienzo de las protestas, cuando los manifestantes pasaron de exigir reformas políticas y sociales a desear el fin de la teocracia iraní. El régimen, sin embargo, continúa ejerciendo una represión cada vez más dura, y lo que es peor: no parece que esta vaya a parar.

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10
Oct
2022
irán
Ali Khamenei durante un discurso.

Morir a cuenta de la vestimenta que uno lleve resulta una posibilidad absurda en cualquier rincón de Occidente. No así en Irán: desde 1981, con el ascenso al poder dos años antes del ayatolá Khomeini –un popular clérigo que despreciaba las enseñanzas del islam clásico y que instauró una república teocrática, absoluta y fundamentalista–, la ley obliga a que las mujeres lleven velo y que su ropa cubra adecuadamente las formas del cuerpo femenino, consideradas pecaminosas por el grupo de ayatolás que gobiernan el país.

De vigilar el cumplimiento de esta norma se encarga la llamada policía de la moralidad. Solo parecen exentos de su supervisión los acaudalados barrios del norte de Teherán o la ciudad –un nódulo de celebrities– de Lavasán: lugares donde las mujeres de la élite pueden combinar, dentro de los locales, sus bolsos de Gucci con melenas al descubierto o trajes que descubren el ombligo. En el resto del país, la policía de la moralidad reprime el pecado sin mayor dilación, actuando en grupos mixtos que patrullan las calles en sus furgonetas Mitsubishi blancas y que deciden si el infractor ha de ser amonestado, multado, arrestado o apaleado.

Esta represión cultural alcanzó un mortífero clímax en los primeros años de la nueva república, si bien recientemente parecía haberse relajado: el presidente Hassan Rohaní, moderado dentro del abanico de radicalismo que caracteriza a los prohombres del régimen, había dado orden de relajar la imposición de la ley en lo que tocaba a ciertos detalles, como la manera en que las iraníes pudieran llevar al velo. Cada vez más mujeres se maquillaban de forma notoria y los colores aparecían en su ropaje. Algunas, incluso, se quitaban el velo en coches o restaurantes.

Desde 1981, la ley obliga a que las mujeres lleven velo y que su ropa cubra adecuadamente las formas del cuerpo femenino

Todo esto acabó cuando Rohaní terminó su mandato. En el sistema político iraní, el presidente y el Parlamento son elegidos democráticamente, aunque sus poderes están sometidos al Líder Supremo que gobierna dictatorialmente el país. El fanático Khomeini ocupó el cargo hasta su muerte en 1989 y, desde entonces, le sustituye el también conservador Ali Khamenei. Llegadas las elecciones de 2021, los moderados se vieron muy debilitados de cara a sus electores, dado que el presidente americano Donald Trump había retirado su apoyo al pacto nuclear que Rohaní había negociado en su día con Barack Obama. Y el propio Líder Supremo, Khamenei, dañó aún más su causa prohibiendo a varios moderados presentarse como candidatos. Todo ello hizo que la victoria fuese a parar a un defensor de la línea dura, Ebrahim Raisi, conocido entre otras cosas por haber formado parte del comité que envió de forma sumaria al paredón a unos 5.000 enemigos del Estado a finales de los años ochenta, cuando Irán se hallaba enzarzada en una sangrienta guerra con el Irak de Saddam Hussein.

El relevo presidencial de 2021 implicó, así, un regreso al rigor doctrinario a la hora de cumplir los códigos de vestimenta. Los cafés que permitían quitarse el velo fueron cerrados, y las palizas y arrestos volvieron al repertorio de la omnipresente policía de la moralidad.

Precisamente fue esto lo que le ocurrió a Mahsa Amini, una joven de 22 años natural de una pequeña ciudad del Kurdistán iraní llamada Saqez. El día 14 de septiembre fue arrestada según salía del metro en Teherán, acompañada de su hermano. Ambos alegaron, durante aquellos instantes dramáticos,  que no conocían las normas de vestimenta de la capital, pero sus súplicas no fueron escuchadas. 48 horas después, su hermano la esperó fuera del centro de detención, pero solo vio llegar la ambulancia que la transferiría directamente al hospital de Kasra. Masha estaba muerta.

Los doctores recibieron instrucciones de no mostrarle los datos de la radiografía a la familia, que tampoco pudo ver el cadáver al descubierto, más allá de una pierna cubierta de moretones que asomaba bajo la sábana de la morgue. Las autoridades afirmaron que Masha se había desplomado súbitamente a causa de un ataque al corazón en medio del centro de detención –e incluso proporcionaron imágenes de vídeo algo dudosas al respecto–, pero la familia negó que la joven tuviera una enfermedad cardiaca (algo ciertamente improbable, dada su edad). La telaraña de rumores, siempre omnipresente en Irán, genera continuas (y confusas) versiones de los hechos, pero parece evidente que Masha fue apaleada –ya fuera en la furgoneta o en el centro de detención– y que las contusiones internas le provocaron la muerte.

Irán ha vivido cientos de protestas en estos últimos años, con una inflación de más del 50% y unos índices de pobreza nada envidiables

Las protestas estallaron el mismo día de su fallecimiento, multiplicándose como un reguero de pólvora hasta afectar a las 31 provincias del país. Hay que tener en cuenta que Irán ha vivido cientos de protestas en estos últimos años, dado que la economía (y con ella, las precarias condiciones de vida de muchos iraníes) se resiente a causa del impacto de la pandemia, las sanciones americanas a cuenta del programa nuclear iraní y –factor nada desdeñable– la propia ineptitud y cleptocracia de la élite gobernante, que ha propiciado una inflación de más del 50% y unos índices de pobreza nada envidiables. Ahora, todo ello parece combinarse con el rechazo que suscita la dura legislación fundamentalista que rige las costumbres sociales entre los jóvenes y los iraníes progresistas. En otras palabras, el régimen iba a hacer frente a una tormenta perfecta.

Las protestas, de hecho, incluían novedades inquietantes para los avejentados ayatolás que dominan la vida política y social del país. En primer lugar, las mujeres parecían ocupar la primera línea de la protesta, que fue espontánea y que, por el momento, carece de liderazgo claro. Las jóvenes llegaban a quitarse el velo bailando frente a la policía; incluso llegaban a romperlo o lanzarlo a las llamas. Las protestas femeninas a pequeña escala no son un fenómeno nuevo (en 2019, por ejemplo, la joven Sahar Khodayari se inmoló a lo bonzo, lo que llevó a que el régimen permitiera que las mujeres atendieran los partidos de fútbol), pero es la primera vez que las mujeres son las protagonistas de una protesta masiva: el lema más famoso de los manifestantes es «¡Mujer, vida y libertad!». Este protagonismo femenino hizo que las manifestaciones adquirieran tintes feministas y que, por ello, tuvieran una gran repercusión en Occidente, donde las protestas iraníes y su sangrienta represión rara vez despiertan el interés de la opinión pública.

En segundo lugar, los manifestantes pasaron de exigir reformas políticas y sociales a desear a voz en grito el fin de la teocracia como tal. Se hicieron populares los cánticos pidiendo tanto la muerte del Líder Supremo como la de su hijo, considerado el sucesor más probable una vez el anciano clérigo sucumba a sus enfermedades. El régimen, por su parte, hizo oídos sordos ante este clamor, como suele hacer en estos casos. Nada más comenzar la protesta, desplegó a la policía regular –algo más reticente a reprimir a sus conciudadanos– y a la temida milicia Basiji, que desembarcaba rauda de sus motocicletas para apalear y arrestar a los manifestantes. Internet fue cortado total o parcialmente a partir del día 19, lo que terminaría incluyendo cortes de luz en los barrios más conflictivos de la capital.

Es la primera vez que las mujeres son las protagonistas de una protesta masiva

En la Universidad Sharif de Tecnología (Teherán), conocida por ser una incubadora de lo que la población local llama «genios» (sus alumnos son reclutados regularmente por el Massachusetts Institute of Technology), los estudiantes organizaron una sentada pacífica el 2 de octubre. Las fuerzas gubernamentales rodearon el lugar, mientras que los guardias de seguridad del campus llegaron a chocar con ellas para cerrar las verjas y evitar la entrada de la policía y los Basiji. Fue precisamente la milicia Basiji la que disparó a través de la verja con rifles de pelotas, hiriendo a los jóvenes en medio de un caos sanguinolento. Decenas de profesores acudieron en su auxilio, formando un círculo protector y gritando que los Basiji habrían de matarles antes que arrestar a sus alumnos. Un grupo de docentes que trató de negociar con la milicia recibió una paliza en el acto. Los estudiantes, entonces, trataron de escapar por un garaje que conectaba con el exterior, pero la milicia les estaba esperando allí: no tardaron en encontrarse con una nueva ráfaga de pelotas de goma y una persecución que acabó en palos y patadas, con la ronda habitual de arrestos como colofón de la malograda protesta.

En otros lugares se han dado casos donde los manifestantes han recurrido a acciones más contundentes, pateando a miembros de las fuerzas del orden e incendiando locales de la policía de la moralidad. De las muchas docenas de muertos que han producido estas semanas de ira, cinco de ellos pertenecen al bando gubernamental. Pero el régimen, ocurra lo que ocurra, no parece decidido a dar muestras de debilidad, aunque el presidente Raisi haya dado a entender que quizás podría aprobarse alguna reforma relativa a las demandas populares. La fuerza del Gobierno, por ahora, es indiscutible. Cuenta aún con apoyos sociales –que explota en forma de manifestaciones afines– y, en el extranjero, tiene a Rusia como aliado principal y a China y la Unión Europea como socios comerciales; de estos, solo la UE ha presionado al régimen por su represión de las protestas.

En todo caso, la respuesta oficial ha sido la de recurrir a la clásica denuncia de una conspiración extranjera, señalando a Estados Unidos y a algunos países europeos: el día 6 de octubre, dos ciudadanos franceses fueron arrestados y confesaron frente a la cámara una supuesta acción de espionaje. París ha recomendado a sus ciudadanos salir del país ante el riesgo de ser detenidos arbitrariamente.

Las acusaciones del régimen se han extendido a los grupos opositores kurdos. Mahsa Amini pertenecía a esta etnia, que vive principalmente en el noroeste del país, y las protestas han sido particularmente virulentas en su región natal. Es el caso de la ciudad fronteriza de Oshnavieh, tomada brevemente por los manifestantes del 24 al 25 de septiembre. Dos días después, la Guardia Revolucionaria, el extenso cuerpo de pretorianos del régimen, inició una campaña de bombardeos contra los grupos de la oposición kurda afincados en Irak que dejaron 17 muertos entre los escombros de aldeas y campos de refugiados.

Mientras tanto, en Teherán, las calles están oscurecidas y alfombradas de cristales rotos, con policías de paisano a los que delatan sus cortes de pelo y que vigilan, atentos, para ver quién compra medicamentos en las farmacias a altas horas de la madrugada. Los cafés están cerrados. La república de Irán, por ahora, no parece temer a las masas. En 2019, otra ola de protestas masivas por los precios de la gasolina acabó con 1.500 civiles siendo asesinados. Eso ocurrió bajo el moderado presidente Rohaní; ahora, con Ebrahim Raisi en el poder, parece evidente que al régimen aún le queda mucho margen para la represión.

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